Metafísica Sede Central ® | Ana Mercedes Asuaje de Rugeles

En esta época en que las luchas femeninas han logrado trascendentales conquistas, después de tantos años de esfuerzos en diversos campos, me complace hacer un poco de historia sobre su papel en la música.

anamercedes

En el siglo XVIII, cuando se desarrolla aquel gran movimiento calificado por el notable músico uruguayo Curt Lange como «Milagro Musical Americano», en el cual surgen los nombres de Olivares, Velázquez, Caro de Boesi, Carreño, Lamas, Gallardo, Bello, Meserón, Montero, Colón y otros no menos importantes, a la mujer solo se le menciona por su belleza, por la riqueza de sus atavíos, por su talento para la danza y la música. José Antonio Calcaño, en la obra titulada «400 años de música caraqueña» relata lo siguiente:

«Con ocasión de tomar la primera taza de café cosechado en el valle de Caracas, se efectuó una lucida reunión en la hacienda Blandín. Esta fiesta tuvo lugar a fines de 1786. Después de haber bailado por varias horas, los concurrentes tomaron asiento y se entregaron a escuchar el concierto que se había preparado. Se ejecutaron cuartetos de cuerdas y hermosas canciones que entonaron algunas de las damas presentes, acompañadas en el clave o en el arpa francesa».

Este tipo de reuniones era muy frecuentes; veladas musicales y literarias en las cuales tomaban parte las damas que tocaban por afición, por oído o por «fantasía» como se decía entonces. Igualmente les gustaba mucho el baile: las contradanzas, polkas, valses y danzas europeas y criollas, y más tarde también la cuadrilla.

Es en el siglo XIX cuando empieza la mujer venezolana a interesarse seriamente por el arte y a participar en la vida artística del país. Sin embargo, existían todavía grandes limitaciones; por ejemplo, en su libro titulado «La Ciudad y su Música» dice José Antonio Calcaño que en el Reglamento de la Sociedad Filarmónica, creada a principios de ese siglo y la cual realizaba actividades periódicamente, figuraban «conciertos de profesores, privados y puramente de estudio» a los cuales podían asistir los miembros de la Sociedad y los suscriptores «pero no las señoras, así por la razón de ser ensayo, como porque delante de ellas sería muy fuerte y desagradable la menor reprensión».

Ya en la segunda mitad del siglo diecinueve había una relativa abundancia de pianos en Caracas debido, principalmente, a la afición de las jóvenes por este instrumento. Muchas de ellas iniciaban estudios musicales porque apenas aprendían algo más que leer y escribir, las retiraban de las escuelas y el panorama que se les abría se concretaba a los quehaceres domésticos, coser, bordar y soñar con el galán que habría de llegar, esperándolo todas las tardes en la ventana, o suspirando por las prolongadas ausencias…

En 1870 se creo el Conservatorio de Bellas Artes que comprendía la enseñanza musical, y se nombró director al Dr. Felipe Larrazábal, el músico más importante e ilustre que tuvimos en el siglo XIX. En 1877 se fundó el Instituto Nacional de Bellas Artes integrado por tres Academias, de las cuales se establecieron solamente dos: la de Música, y la de Dibujo y Pintura. Diez años después se dispuso una reforma del Instituto. Se le cambió el nombre por el de Academia Nacional de Bellas Artes y se le asignó la casa al lado de la Santa Capilla donde está todavía, hoy con el nombre de Escuela Superior de Música «José Ángel Lamas», después de haberse llamado también, por reforma en el año 1897, Conservatorio de Música y Declamación. En la Escuela de Música no podía haber, por entonces, clases mixtas. La cátedra de piano de Don Salvador Llamozas era sólo para hombres, y la de Doña Rosa de Básalo sólo para mujeres.

Ya en esa época la mujer venezolana interesada en la Música se dedica a estudiarla formalmente, tanto en la Academia como con profesoras particulares, algunas de ellas de gran renombre. Surgen figuras femeninas en los diferentes campos musicales. Empezaré por citar a María de Jesús Montero, perteneciente a la famosa familia Montero del siglo XIX donde el más importante fue José Ángel, autor de la opera «Virginia», la primera que se compuso en Venezuela. María de Jesús Montero ejerció por muchos años la enseñanza de la música en Caracas. Tocaba especialmente el piano, pero también violín, viola, violonchelo, flauta y guitarra.

A fines del siglo diecinueve unas cuantas damas venezolanas habían llegado a ser compositoras de valses, romanzas y otras piezas ligeras. También componían sencillas melodías de carácter mistico, sobre versos de espíritu religioso, que se cantaban en las iglesias, y aún se cantan en las festividades católicas y en las que periódicamente celebraban agrupaciones como las «Hijas de María» y otras. Se recuerda a Isabel Pachano de Maury, María Brito de las Casas, María Montemayor de Letts, Adina Manrique, Amelia Pérez Dupuy, Ada Smith de Iribarren, María Ruiz, Dolores Muñoz-Tébar de Stolk, destacándose entre ellas Sofía Limonta de Mora. Además, empezaban a conocerse muchas pianistas y cantantes.

Estas actividades femeninas en la música también empiezan a realizarse en el interior del país. En Valencia existió en la última década del siglo XIX una pequeña orquesta de muchachas aficionadas, bien conocidas del mundo social valenciano. Esta agrupación se llamaba «El Bello Sexo Artístico» y dieron varios conciertos. Tocaban instrumentos de cuerda, flautas y clarinetes, y una de ellas escogió el bombardino. La Asociación comenzó en 1891 por iniciativa de la señorita Epaminondas López, con la cooperación de Teresa Boggio, Caridad Soler, Isabel González Guinand (presidenta del grupo), las López Pulicanti, Juana García Betancourt, Socorro Lizardo, Esperanza Salom, Luisa Antonia González Guinand, Virginia y Teresa Burgos García, María Isabel Pérez, Felicia Celis Silva, Trinidad Freytes y Ana Luisa Codecido.

En Puerto Cabello también un grupo de mujeres hacía música con el Maestro Don Salvador Llamozas. En Ciudad Bolívar y algunas ciudades de Oriente y Occidente despertaba igualmente la inquietud femenina por la música; lo mismo en los Andes, especialmente en el Estado Táchira; es decir, se demostraba desde entonces lo que se ha confirmado tantas veces, que Venezuela es un país eminentemente musical y en su desarrollo la mujer ha cumplido un papel decisivo. Otro ejemplo que merece destacarse es el movimiento musical femenino en Barquisimeto. Figuraban las Hermanas Álamo Dávila -Berenice y Adriana-, Berenice pianista y compositora, y Adriana cantante; Trina Castillo, Jorgelia Arrivillaga, Manuela Victoria Mujica, Doraliza Jiménez, pianistas; ésta última realizó una fecunda labor como maestra de piano.

Es curioso lo que ocurría en el interior del país. Ese despertar vocacional, esa inquietud seria por la música en la mujer después de haberla cultivado sólo por intuición se debió, en gran parte, al estímulo que recibían de muchos profesores -extranjeros algunos- que desde Caracas iniciaban un peregrinaje por las principales ciudades venezolanas y, descubriendo talentos musicales, se quedaban largo tiempo en la provincia «enseñando y animando su vida cultural». Era entonces muy difícil venirse a Caracas a seguir la carrera formalmente, sobre todo para la mujer. No había más recurso que hacer grandes esfuerzos por estudiar y aprovechar los aportes que en una u otra forma les llegaban. Nombraré a algunos de aquellos maestros: Brindis de Salas, famoso violinista cubano que vivió mucho tiempo en nuestro país; Sebastián Díaz Peña, autor de la conocida «Maricela», pieza obligatoria para los pianistas, y Alfredo Paz Abreu, pianista y compositor.

Trataré ahora de anotar las más destacadas mujeres venezolanas en el campo de la música. Empezaré por Teresa Carreño, la gloriosa venezolana considerada la más grande pianista de su tiempo, la extraordinaria mujer que supo enfrentarse a la adversidad con una actitud heroica sin permitirse jamás flaquear por la hondura de sus penas ni sentirse vencida por la incesante lucha. Teresa Carreño se impuso siempre con su recia personalidad y con el don divino de su arte incomparable. Así como su condición de mujer y madre la hizo derramar tantas lágrimas que enjugo dignamente en el silencio de su soledad -esa soledad que acompaña a las altas cumbres-, así también Teresa cumplió su sagrada misión de pianista por encima de todas las vicisitudes que hicieron de su vida una alternancia permanente entre el dolor y el triunfo. «Fiel a sí misma» como le aconsejara Liszt aquel día de su único encuentro, se mantuvo Teresa Carreño hasta el último instante de su tránsito terrenal, fiel al genio que palpitaba en todo su ser, fiel al compromiso contraído con su conciencia artística, con su irrevocable vocación por la música y con los públicos de las innumerables salas del mundo que la aplaudieron con emoción y fervor ante la excelsitud de su arte y ante la majestad de su belleza. Toda su sabiduría y su amor por el piano los volcó Teresa Carreño con igual pasión en su trabajo creador. En sus páginas vibra su personalidad musical con una gama de exquisitos matices románticos.

Otras pianistas famosas de esa época fueron María Saumell, cuya habilidad para el piano era tal que podía tocarlo sentada de espaldas al instrumento; Concepción Azpúrua de Ponce de León, Josefina Sucre de Acosta, Josefa Victoria Almenar de Arreaza, también compositora de música ligera, y doña Rosa de Basalo, una de las más distinguidas figuras de la docencia musical, quien formó a la mayoría de las pianistas que en las primeras décadas de 1.900 salieron de la Escuela de Música de Caracas.

Es, pues, en el siglo XX cuando la mujer se libera de muchas ataduras y se lanza con gran coraje y decisión a inscribirse en los Liceos con miras a llegar a la Universidad y a través de ella a las ciencias, al campo humanístico y a la política. Por supuesto, las artes también atraen su interés y su vocación. Ya no se conforma con estudiarlas como un adorno, sino que aspira a profundizarlas y perfeccionar sus conocimientos.

En cuanto a las mujeres venezolanas que se han dedicado profesionalmente a la música, voy a citar las más importantes, pues son tantas que resultaría muy largo nombrarlas a todas. Pido perdón de antemano si, involuntariamente, omito alguno de esos nombres. Las ubicaré en sus distintas posiciones: como compositora, como intérprete y como profesora, aunque muchas de ellas han cumplido excelente labor en diferentes áreas de la música.
Una mujer extraordinaria de este siglo XX fue María Luisa Escobar. Nació en Valencia, estudió en París, pero su vida profesional la realizó en Caracas, en diversas actividades intelectuales y artísticas. Fundó el Ateneo de Caracas. Más tarde triunfa en una de las empresas más difíciles que se propuso afrontar: la conquista del derecho de autor, tarea en la cual trabajó hasta su muerte como directora de la AVAC. Y en cuanto a su labor de compositora, es extensa y de gran valor artístico. Sus obras han trascendido las fronteras patrias, sobre todo sus canciones, de una refinada belleza sentimental. Por sus innegables méritos, María Luisa Escobar fue laureada varias veces.

Voy a referirme de nuevo, más detalladamente, a nuestras pianistas. Partiendo de Teresa Carreño y las otras maestras de piano que ya nombré, en el siglo XX creció en tal forma el interés vocacional por este instrumento que hoy podemos considerar que en Venezuela existe una auténtica escuela de piano, de donde han salido notables figuras que han hecho carrera de concertistas dentro y fuera del país, quienes a la vez han compartido su tiempo entre los escenarios y las aulas, pues la labor docente las ha preocupado tanto como conquistar el aplauso del público. Más de una vez he oído decir a pianistas famosas lo mucho que han aprendido a través del trabajo con sus alumnos. Y esto lo podemos decir en todas las áreas docentes: ¡cuánto aprendemos enseñando!

Citaré ahora algunos nombres de nuestras más notables maestras-pianistas: María y Emma Stopello, Elena de Arrarte, Cristina Vidal de Pereira, Gloria Rodríguez de Kucik, Isabel Crema de Padrón, Amelita Bártali de Alvarez, y con ellas, algunas nacidas en otros países pero que desde hace muchos años han vivido en Venezuela convirtiéndola en su segunda patria y donde realizaron una excelente y abnegada labor docente. Fueron ellas: Harriet Serr, Gerty Haas, Gabriela Borota, Lina Parenti, Olga Mondolfi de Del Monte, Cristina Assai y más tarde Monique Duphil, Silvia Eisenstein, Adriana Moraga, y Nina de Iwanek como pianista acompañante. Y entre el numeroso grupo de la siguiente generación de pianistas, muchas de ellas alumnas de las maestras citadas, que hoy son orgullo del país, nombraré a Eva Zuk, Rosario Marciano, Rose Marie Sáder, Carmencita Moleiro, Guiomar Narváez, Olga López, Gioconda Vásquez, Nilyan Pérez de Ioannidis, Madalit Lamazares, Elizabeth Guerrero, Luisa Elena Paesano, Beatriz Giliberti de Castellanos, Valentina Tejera, Gina Balbi, Marisa Romera, Mara Mazzeo, Diana Franklin de Pardo, Erna Mullbauer, Yuyita de Chiossone, Clara Marcano, Mariela Pérez Loreto, Clara Rodríguez, Edith Peña, Gabriela Montero, Elena Abend, Mariantonia Palacios, Yolanda Navarro, Olga Capriles, Elena Riü, Ana Karina Alamo, Alicia Gabriela Martínez, Teresa Cos, Olga Dos Santos, Mariela Guillén, Karin Lechner, Josefina Melgar, Luz Mabel Medina, Coralia Maiolino, Vilma Sánchez, Alba Acone y muchas más. He dejado para última a Judit Jaimes, niña prodigio, eximia pianista de fama internacional y gloria de Venezuela.
Ahora me referiré a las cantantes. Venezuela ha dado voces espléndidas, desde las que en los siglos XVIII y XIX las cultivaban de manera intuitiva, sin conocimientos técnicos pero con sensibilidad musical, hasta las que en el siglo XX han brillado en nuestros escenarios y en el exterior. Empezaré por nombrar a María Irazábal, notable maestra que educó muchas voces en la Escuela Superior de Música; Carmen Felicita León, Angelina Capriles, Consuelo Espejo, Susana Delfino de Lyon Paván, Isabel Hermoso de Pérez Dupuy, Carmen Teresa Arévalo de Hurtado Machado, otra insigne profesora que formó a un gran número de las más destacadas cantantes de nuestro tiempo; Graciela Ramirez y Lucrecia Manzano, famosas voces educadas en Italia; Hllda Jagenberg de Pietri, María Isabel Arévalo de Negretti, Naty Mata de De las Casas, Nydia Fortique, Carmen Margarita Plaza, Carmen Aguirre, Lucía Malavé de Narváez, María Carrasquero, Carmen Boza, Carmen Liendo, Flor Gómez, Gladys Roo, Ana Mercedes Barroeta, Lydia Butturini de Panaro, excelente profesora italiana de larga permanencia en Caracas; Lucy Ferrero, artista cubana residente en Venezuela, que ha realizado una brillante labor como solista y como maestra de canto. Quiero dedicar un especial comentario a Fedora Alemán, una mujer que empezó -como ella misma lo afirma- construyéndose la voz a base de estudio y constancia en su trabajo vocal porque no tenía una materia prima realmente valiosa; era una vocesita, dice ella, pero a fuerza de dedicación y amor por el canto aunado a su talento, llegó a ser la gran figura reconocida y aplaudida internacionalmente; bella mensajera artística venezolana, quien, al retirarse de los escenarios, cumplió una valiosa labor en el área de la docencia musical.
Alumnas de algunas de las maestras de canto que acabo de nombrar fueron: Cecilia Nuñez, Morella Muñoz, Reyna Calanche, Rosita del Castillo, Flor García, Violeta Alemán, Yazmira Ruiz, Isabel Palacios, Ana María Fernaud, Mariela Valladares, Aída Navarro, Nohemi Lugo, Yolanda Cavalieri, Margot Pares Reyna, Laura Alonzo, Maigualida Leandro, Inés Salazar, Sara Catarine, Inés Feo La Cruz, Evelia Lader, Gisela Hollander, Natasha Gutiérrez y otras que omito involuntariamente por fallas de mi anciana memoria. Varias de ellas también viajaron al exterior a realizar cursos de perfeccionamiento, conscientes de que el verdadero artista debe mantenerse en constante estudio y renovacion, tanto en el conocimiento de las nuevas técnicas como en la adquisición del repertorio de todas las épocas, así también interesándose en las diversas manifestaciones del arte y de la cultura en general.

Otro campo de la mujer cantante es el de la Radio y la Televisión. Ejemplo son Mirla Castellanos, Mirthe Pérez, Mirna Ríos, Nachy Acevedo, Mayra Martí, Lila Morillo, Dalila Colombo, Biella Da Costa, María Rivas, Floria Márquez, Soledad Bravo, Cecilia Todd, Lilia Vera, María Teresa Chacín y otras muy conocidas que también han realizada una hermosa labor en el mundo de la canción popular y en el folklore. Anterior a éstas recuerdo a María Teresa Acosta, y con especial afecto menciono ahora el nombre de Conny Méndez, no sólo artista de la música como compositora, pianista, guitarrista y cantante (y también escritora y pintora), sino principalmente por su obra de maestra de Metafísica, muy ligada a la Música, de tan extraordinaria trascendencia en Venezuela y en el exterior, donde miles de personas han encontrado el sendero espiritual a través de sus enseñanzas.

Importante aspecto del arte vocal es el que enfocan los grupos corales, donde también se crea un ambiente de compañerismo y de ideal común muy saludable y de amplias proyecciones. En capítulos separados me refiero a tres coros famosos en nuestra historia musical: el Orfeón Lamas, el Orfeón Universitario y la Schola Cantorum de Caracas, de largas trayectorias y dignísimas actuaciones. De allí han surgido voces extraordinarias que más tarde han llegado a hacer carrera como solistas. Igualmente los coros han sido instrumento para la práctica de la dirección coral y para el montaje de grandes obras sinfónico-corales. Hoy contamos con varias directoras de coros que, después de estudiar todas las materias musicales exigidas y practicar su técnica, han obtenido sus títulos y se encuentran al frente de diferentes coros realizando un intenso trabajo profesional con gran éxito. Mencionaré a María Guinand, Teresa Jaén, Rosa Briceño, Adda Elena de Sauce, Beatriz Bilbao y un nuevo grupo de directoras que ya se ha incorporado a este importante movimiento del arte vocal, entre quienes se encuentran Maibel Troia, Ana María Raga, Irina Capriles, María Fernanda Pereda, Cira Parra, María Cabrera y María Adela Alvarado. Y en la dirección de orquesta se han manifestado, con gran relevancia, profesionales como Teresa Hernández, Rosa Briceño, Isabel Palacios, Carmen Téllez, Natalia Louis, María Guinand, María octavia Issa, en fin, un impresionante grupo femenino que alumbra los escenarios co su impoderable trabajo.

El violín, aunque es un instrumento de gran relieve dentro de la música, ha sido en estos últimos tiempos cuando las mujeres lo han escogido en mayor número. Hasta hace pocos años sólo existían contadas violinistas. Graciela Rousset de Ríos Reyna fue la primera graduada en la Escuela Superior de Música y también formó parte del grupo inicial de la Orquesta Sinfónica Venezuela. También citaré a Adda Elena de Sauce, Nelly Figueroa, Carmen Elena Ochoa, muchachas del interior del país que con gran esfuerzo vinieron a estudiar a Caracas. Otra mujer valiosa de gran trayectoria es doña María Santos de Sánchez, violinista, compositora y luchadora por la educación musical en su tierra tachirense. Hoy, con el trascendental movimiento que a través de las Orquestas Juveniles e Infantiles se está realizando en todo el país, cientos de muchachas estudian y tocan ya no sólo el violín y el violonchelo sino también todos los instrumentos de la Orquesta, integrados al proceso de su formación musical.

El arpa, ese precioso instrumento cuyas sonoridades han sido siempre comparadas con el mundo celestial, también se ha estudiado poco, quizás por ser muy costoso y a la vez por lo difícil de transportarlo. Sin embargo, varias mujeres venezolanas han aprendido a tocarlo. La primera fue Emma Silveira, luego Elena de Arrarte y después, con una completa preparación y habiendo ganado ambas el Primer Premio en el Conservatorio de París, Cecilia de Majo y más tarde Evelia Taborda. Las dos han cumplido excelente labor como profesoras de arpa en las escuelas de Música de Caracas. De sus alumnas se han graduado Alba Quintanilla, Annete León, Zoraida Avila, Marisela González, Clara Mejía y otras más.

La guitarra es otro instrumento preferido de las damas, pero especialmente como acompañante de canciones. No obstante, hemos tenido venezolanas estudiosas de la guitarra en su más alto nivel: Froila Niño de Pacanins y Flaminia Montenegro de De Sola, maestra ésta de muchos alumnos de dicho instrumento. También Mercedes Otero y Salomé Sandoval han sido estudiosas de la guitarra.

La danza ocupa otro ámbito musical que ha tenido muchas devotas en nuestro país. Recordemos a Stephy Staal, gran artista y pionera de la Escuela de Ballet en Venezuela, y a una de sus más destacadas alumnas, Taormina Guevara, quien no sólo bailó muchas veces sino que también fundó una escuela de danza en Barquisimeto. En Caracas también conocemos la famosa escuela de ballet de Lydja Franklin. Otras dos notables profesoras de este arte fueron las hermanas Contreras -Irma y Margot-, de larga trayectoria; y nuestras tres famosas bailarinas que han hecho carrera internacional: Zhandra Rodríguez, María Eugenia Barrios y Sonia Sanoja, creadora ésta última de la danza moderna en nuestro país; y por último, Yolanda Moreno, «la bailarina del pueblo venezolano» como ella se califica, quien con su estilo ha sabido explotar la belleza autóctona de los bailes latinoamericanos. Existen también otros grupos más recientes de jóvenes dedicadas con gran éxito a la danza: «Danza Hoy», «Danza Luz», el Ballet Contempóraneo de Caracas y otros conjuntos cuyos nombres se me escapan en el momento de escribir estas líneas.

Vuelvo a las compositoras. Empezaré por Blanca Estrella de Méscoli, nacida en San Felipe (Yaracuy), alumna del Maestra Sojo y la primera mujer que obtuvo el título de Maestra Compositora en la Escuela Superior de Música en 1948. La trayectoria de Blanca Estrella es de grandes méritos: pedagoga especializada en educación musical infantil, pianista y compositora laureada varias veces y autora de numerosas obras de diversos géneros, de reconocida calidad artística. Después de Blanca Estrella obtuvieron el título de Maestras Compositoras Modesta Sor, quien después se fue a Rusia a seguir estudios de perfeccionamiento con el eminente músico Aram Khachaturian; Nelly Mele Lara, también notable promotora cultural, y Alba Quintanilla, igualmente con estudios especiales en el exterior; las tres han ocupado importantes cargos dentro de nuestro mundo musical. Nazyl Báez Finol, compositora, directora de coros y de orquesta, ha continuado la labor iniciada por el Maestro Sojo de revivir en selectos conciertos las obras de los Maestros de la Colonia. Asimismo, merece destacarse la labor cumplida por la doctora Isabel Aretz de Ramón y Rivera, -argentina-venezolana con muchos años de residencia en el país, donde realizó una valiosísima misión como investigadora y directora del Instituto Interamericano de Etnomusicología y Folklore, a la par que fecunda compositora. En la actualidad una nueva generación de compositoras se presenta con demostraciones inequívocas de talento y de completa formación, realizando a la vez una importante actividad docente. Algunas han estudiado en Caracas y otras en el exterior, incorporándose a las nuevas técnicas de composición, a la música contemporánea. Ejemplo son: Beatriz Bilbao, Diana Arismendi, Adina Izarra y Marianela Arocha, Josefina Benedetti, Mariantonia Palacios, Mercedes Otero, Marianela Machado y otras que ya empiezan a destacarse en ese campo.

Varias de nuestras mujeres músicas han escogida uno de los caminos más delicados dentro del arte musical: la Pedagogía, y especialmente la Pedagogía Musical Infantil. Sin menospreciar los métodos tradicionales, pero en conocimiento de la existencia de nuevos sistemas de enseñanza, más ágiles y acordes con la vida moderna, se empezaron a estudiar y a aplicar dichos métodos en algunas de nuestras escuelas de música con notables resultados. Con grandes esfuerzos y con modestos recursos, algunas maestras de música se fueron a Europa y a los Estados Unidos a estudiar y a especializarse en los métodos Dalcroze, Martenot, Kodaly, Willems, Orff, y regresaron a renovar la vieja escuela con las modernas prácticas y experiencias adquiridas en el exterior. Esas profesoras pioneras de la nueva Pedagogía Musical en Venezuela se llaman: Flor Roffé de Estévez, María Carrasquero, María Luisa Ortiz de Stopello, Nazyl Báez Finol, María Josefina de Martínez, Nancy Felce, Violeta Lares, Rocío Asuaje, Nayda Cordido y Pura Penichet que a la vez se especializó en las Ondas Martenot, original instrumento inventado por el eminente Maestro Maurice Martenot, utilizado por los compositores de nuestro tiempo. Nolita de Plaza fue la primera venezolana interesada en el Método Martenot durante su permanencia en París, no sólo en la música sino también en la pintura, y trajo esa inquietud que logró motivar a quienes después lo estudiaron y lo han seguida empleando en su trabajo docente. Estas profesoras regresaron a Venezuela con un bagaje de conocimientos y un abundante material didáctico para ponerlo al servicio de la educación musical. Al llegar se reunieron con grupas de jóvenes estudiantes avanzadas con vocación para enseñar. De allí han salido, durante todos estos años, valiosas profesoras que han hecho de la docencia musical un apostolado hermoso. También merece citarse la meritoria labor cumplida por Elisa Soteldo con las Voces Blancas. Gracias a los métodos modernos, el trabajo con los niños se realiza como a través de una filigrana tejida a base de juegos que despiertan en ellos su sensibilidad musical. Los niños se sienten felices estudiando música en esta forma, descubriendo el mundo de los sonidos con experiencias gratas, y esa felicidad es un firme eslabón en su desarrollo y en su evolución.

Después de este recorrido histórico por la vida musical de nuestro país -aunque no tan completa como hubiera querido hacerlo- pero sí con el deseo de analizar con justicia el papel que ha desempeñado la mujer, comprendemos muy bien que, en la sala de conciertos, en el aula o en la intimidad de su mundo creador, la mujer venezolana ha sabido conservar su insustituible condición femenina, tanto en el hogar como en sus actividades artísticas, cumpliendo esa doble misión con entrega amorosa, porque es el amor -en su más alta concepción- el que impulsa, fortalece y salva.