Cuando somos estudiantes nos formamos adquiriendo los gestos y formas de quienes más admiramos. Es frecuente que los más grandes sirvan de ejemplo incluso en los más pequeños matices de su personalidad, manera de hablar, gesticular, etc… Así conformamos nuestro mundo, un poco con el de los que admiramos, como si copiarles en algo pudiese traspasarnos lo más profundo de su talento. En el arte de la dirección de orquesta importa la estética del gesto. La gestualidad es un reflejo exterior de una belleza interna que, más que estética es conocimiento de causa. Hay muchas escuelas y teorías que analizan lo necesario o no de tener un buen gesto. El caso es que hay maravillosos maestros con mal gesto y directores aburridos a pesar de sus cualidades plásticas.

Vía: www.codalario.com | Por Aurelio M. Seco

Los brazos de los directores lo dicen todo de sus herencias, defectos y virtudes. Los hay que han dejado más impronta que otros. Los más grandes, sobre todo. Mitropoulos en Bernstein y Celibidache en Barenboim, por ejemplo. Si pensamos en los españoles también notamos claras herencias. No hay más que ver dirigir a Jordi Bernàcer para percibir su admiración por el arte de Lorin Maazel, o a Ramón Tebar, director de gran talento, dibujar sus gestos recordando el perfume del genial Carlos Kleiber. A Karajan lo intuimos en los ojos cerrados y manera de no marcar de Myung-whun Chung, aunque éste haya trabajado al lado de Carlo Maria Giulini, uno de esos maravillosos maestros con mal gesto pero extraordinarias dotes para la dirección. Seguimos: Aldo Ceccato, Juanjo Mena, García Asensio y Ros Marbá respiran del arte de Celibidache, cosa que, curiosamente, no vemos tan clara en Victor Pablo Pérez, director que trabajó sus técnicas pero que ha preferido explorar el espacio más personalmente. En la actitud de Muti está su admiración por Toscanini y, en la atractiva fuerza gestual de Guillermo García Calvo, la simpar energía que emanaba de Furtwangler.

Hay gestos que delatan autoridad meridiana y, otros, que enmascaran cierta dejadez. En una ocasión vi dirigir a Enrique Batiz moviendo sólo la mano derecha, arriba y abajo, abajo y arriba, un tanto aburrido en su propia autoridad. Aquel día, a un miembro de la orquesta se le escapó el arco con el que tocaba y fue a parar al público. Increíble.

A veces se intenta copiar el gesto para reproducir la música y otras la música para reproducir el gesto, pero qué duda cabe que la música del gesto es siempre fundamental y una de las partituras que se practican y mejoran con los años e influencias, ya sea delante de un espejo o en el espejo de los grandes, que es el mejor reflejo que existe por mucho que se diga. Siempre hay que copiar antes de crear.

Si hablamos de gesto y de su estética, la impronta de Claudio Abbado es indudable en la actualidad. Algo más difícil es hallar el camino de su transparencia, musicalidad y naturalidad, pero sus manos, sobre todo la izquierda, todavía existe pura y musical en la de tantos directores de orquesta. La mano izquierda, dicen algunos maestros, es la que aporta matices. La de Abbado es, si hacemos caso a Bruno Ganz, extraordinario actor que encarnó magistralmente a Hitler en El hundimiento y además gran amigo de Abbado, una de las manos más bellas que se han visto sobre una tarima. Fue un director peculiar, Claudio Abbado, como sólo los más grandes pueden llegar a serlo. A veces no nos damos cuenta de que las personas más interesantes, los artistas más profundos suelen caracterizarse más por sus rarezas, enorme nivel de exigencia y peculiaridades que por la normalidad de sus posturas y personalidades. Y es casi obligado respetarlas. Merece un enorme respeto la genialidad.

A la mano izquierda de Abbado le pasaba lo que a tantos grandes actores y personas de ingenio con carisma, que su peculiaridad es tan palpable y distinguida que acabó por imitarse un poco a sí misma, enroscándose hacia dentro, acariciando el aire con dificultad de pose, como el peine del viento de Chillida, de tal forma que parece deformarse en su propia poesía.

También está su gesto facial, tantas veces doliente, sobre todo en sus últimos años, pero es la mano de Abbado la que quizá ha dejado una impronta estética más profunda en muchos de los nuevos directores de orquesta, hasta el punto de que se puede decir que ese gesto tan peculiar e incluso bello ha marcado a todas las generaciones de directores salidas del sistema venezolano, empezando por Gustavo Dudamel y siguiendo por Christian Vázquez, Diego Matheuz o Rodolfo Barráez. También se nota esta herencia en el talentoso Daniel Harding.

Qué  mano tan fresca la de Abbado. Qué rastro tan tierno, doliente y bello ha dejado su gesto.