Vía: cultura.elpais.com | ANTONIO MUÑOZ MOLINA | Seymour: an Introduction (2014). Documental dirigido por Ethan Hawke.

Seymour Bernstein es uno de esos abuelos solitarios y activos con los que uno se cruza por el Upper West Side de Nueva York. Los ves haciendo la compra, esperando en la cola del cine, sentados al sol en un banco, las manos en el regazo, o llegando muy temprano a los conciertos, vestidos con una mezcla de formalidad y descuido, corbatas y gorras de béisbol, abrigos oscuros y zapatillas de deporte. Seymour Bernstein vive solo y austero como un monje en un apartamento diminuto, en este barrio de músicos, donde hay una estatua de Verdi y un busto de Leonard Bernstein, y donde se concentran escuelas y salas de conciertos, desde Lincoln Center y la Julliard School hasta mucho más al norte, ya en las orillas de Harlem, donde está la Manhattan School of Music. Músicos de todas las edades van atareados por la calle cargando sus instrumentos. En algunos de los edificios de principios del siglo XX que hay a lo largo de Broadway hay apartamentos que tienen los muros insonorizados. En escuelas privadas de música, en iglesias, en restaurantes y pequeños clubes de jazz, los músicos dan conciertos que rara vez son anunciados o reseñados en la prensa, pero que contribuyen a dar a esa zona de la ciudad una atmósfera estimulante de búsquedas y de hallazgos para el aficionado.

Por el Upper West Side camina diligente Seymour Bernstein, con su silueta redondeada de abuelo, el pelo blanco y escaso y una de esas caras lunares que siguen sin tener arrugas después de los ochenta años. No habrá mucha gente que lo reconozca cuando se cruce con él, que sepa a qué se dedica o cuál es su historia, en este barrio donde todavía quedan abuelos que llegaron aquí empujados por la gran oleada de los exilios y las guerras de Europa. Seymour ­Bernstein fue un gran concertista de piano que abandonó su carrera de golpe, en la cima de su carrera y de su vida, cuando más prestigio y más porvenir tenía, en 1977. Había tomado la decisión y la mantuvo en secreto hasta que dio su último concierto. El miedo escénico se le volvía cada vez más agudo, más intolerable. Estaba cansado de los viajes y de los hoteles, harto de las mezquindades del negocio de la música. Le parecía estéril dedicar la vida a ir sin reposo por las ciudades del mundo tocando el mismo repertorio. Y probablemente sentía también la vileza íntima de estar comparándose con otros, de verse arrojado a una competición para la que le faltaba dureza de carácter y en la que otros habían sobrevivido y prosperado armándose de una vanidad neurótica de estrellas del espectáculo.

Seymour Bernstein eligió hacerse a un lado, acogerse a una soledad sedentaria, aunque no aislada, porque su apartamento de monje está a unos pasos del nervio vibrante de la música en Nueva York, y porque a partir de entonces su vocación se volcó no en los conciertos públicos, sino en el sosiego de las clases; no en la multitud anónima de un auditorio, sino en la atención, uno por uno, a cada discípulo. Casi cuarenta años después, a los 87, Bernstein sigue dando clases de piano a unos pocos alumnos. Cada mañana repliega el sofá cama del salón, que es también su dormitorio, ordena los cojines, sale a la calle a dar un paseo, prepara las partituras para una clase. Su manera de enseñar es práctica y poética, como influida por la espiritualidad terrenal y exigente del budismo zen. Les explica a los estudiantes cómo hay que respirar delante del piano y también qué parte de artesanía y de sustancia ética hay en el ejercicio de la música. “La música no deja sitio para el apaño, no permite excusas, ni subterfugios, ni negligencias o descuidos en el trabajo”, dice. La música es el ejemplo de lo inflexiblemente bien hecho, y requiere una entrega que afecta tanto a la vida personal como a los resultados que logra el artista. Las grandes estrellas de la interpretación imponen la exhibición de su propio virtuosismo por encima de la obra que tocan. Seymour Bernstein se acuerda de haber visto a Glenn Gould tocando en el Carnegie Hall, encogido sobre un asiento demasiado bajo, como asomándose al teclado, asido a él, las manos casi a la altura de los hombros: Gould tocaba a Bach, dice Bernstein, pero lo que se oía no era Bach, sino Glenn Gould.

Ahora es posible que Seymour Bernstein ya no vaya tan de incógnito por su vecindario. Enfrente de Lincoln Center, y no muy lejos de donde él vive, en unas salas de cine en las que suelen proyectarse películas europeas y más bien minoritarias, a las que acude un público muy parecido al de los conciertos, están poniendo el documental que le ha dedicado Ethan Hawke, Seymour: an Introduction. Seymour Bernstein tenía 50 años cuando abandonó sin drama su carrera de concertista de piano. Ethan Hawke andaba cerca de los cuarenta cuando conoció a Bernstein en una cena en la que por casualidad los sentaron juntos. Para un actor de Hollywood que vive de la proyección universal de su imagen y del resultado en taquilla de sus películas, alguien tan ajeno a la moda y casi al presente como Seymour Bernstein debe de ser una rareza. Hawke, que ha interpretado con tanta sugerencia de verdad a los personajes masculinos en las películas de Richard Linklater, se vuelve casi invisible para seguir a Bernstein en sus paseos por Nueva York y observarlo en sus clases y en sus conversaciones con los alumnos, para espiarlo respetuosamente mientras ensaya a solas o se ocupa de sus tareas domésticas monacales, o prueba uno tras otro diversospianos de cola en el almacén de Steinway & Sons, algo más al sur en el mismo vecindario, con una desenvoltura y una agudeza acústica que parecen más propias de la instantánea adivinación que del conocimiento premioso.

Lo que busca Ethan Hawke es la lección del maestro, que le servirá igual aunque él no sea pianista sino actor: cómo lograr que el ejercicio del arte no esté separado del aprendizaje de la vida; cómo mantener la decencia personal en medio del éxito y del aturdimiento de la exposición pública y no convertirse en un monstruo de narcisismo; cuándo es lícito decir que sí y cuándo es imprescindible decir que no, cuándo mostrarse y cuándo apartarse. Dejando aparte las evidentes diferencias técnicas, preparar una obra de Shakespeare requiere tanta entrega, tanta disciplina, tanta meticulosa artesanía de la voz y los gestos como preparar una sonata de Beethoven. Un documental usa los saberes de las artes narrativas igual que una película de ficción, aunque no pueda permitirse ninguna de sus libertades. El hilo que traza Hawke es el de un concierto casi confidencial de Seymour Bernstein, tantos años después, delante de unas decenas de personas, bajo la rotonda de la tienda Steinway de Nueva York. Frente a ese público muy atento Bernstein toca a Schumann como si estuviera solo, con una media sonrisa, con los ojos cerrados, delante de un ventanal por donde pasa silenciosamente el tráfico, en su edén de la música y de la paz de espíritu.