El jazz no se lleva bien con las dictaduras o los regímenes autoritarios. Por definición, una música que permite que los diferentes miembros que participan en ella se salgan de la partitura no puede ser bien recibida en sociedades que promueven la adhesión inquebrantable al líder, el pensamiento único o la restricción de las libertades individuales.

Vía: www.yorokobu.es/ POR EDUARDO BRAVO

Según el escritor polaco Leopold Tyrmand, el jazz es «un sistema de libertades sujeto a una disciplina libremente aceptada de vínculos integrales entre un individuo y un grupo. Como tal, pasó a ser la mejor metáfora de la libertad que cualquier cultura haya creado jamás».

Para Josef Goebbels, sin embargo, el jazz era «música americana negrojudía de la selva». Como al jefe nazi se le olvidó añadir que también la interpretaban gitanos, posteriormente la definiría sencillamente como «música de monos».

En consecuencia, cuando fue preguntado si el jazz podría ser radiado en las emisoras alemanas, el ministro de la Instrucción Pública y Propaganda del Reich respondió: «si por jazz entendemos música basada en el ritmo que ignora por completo e incluso muestra desprecio por la melodía, música en la que el ritmo queda marcado primariamente por las atroces estridencias de instrumentos quejumbrosos que resultan insultantes para el alma… en fin, en ese caso sólo podemos responder a tal pregunta con una rotunda negativa».

Pero no solo se prohibió radiar el jazz en las emisoras alemanas. El veto se hizo extensivo a todos los demás países que fueron cayendo en manos de los nazis durante la Segunda Guerra Mundial e incluso se amplió a otros géneros como el fox-trot, el tango y cualquier otro ritmo que fuera considerado entartete o degenerado. Una definición que también se aplicó a otras formas de arte no ario.

Escuchar o interpretar jazz en buena parte de Europa durante los años 30 y 40 era un riesgo que podía ocasionar desde una amonestación o una detención, hasta la deportación a un campo de concentración y la muerte. Sin embargo, durante ese tiempo, en Europa hubo gente que burló las leyes del Reich y continuó disfrutando del jazz. A algunos, incluso, les salvó la vida.

Varias décadas después de finalizada la Guerra Mundial, Mike Zwerin, periodista especializado y músico –llegaría a tocar con grandes del jazz como Archie Shepp, Eric Dolphy o Miles Davis, al que acompañaría en algunas sesiones del clásico Birth of the cool–, decidió investigar las vidas de aquellos músicos y aficionados al jazz europeos durante el auge del Tercer Reich.

El resultado fue Swing frente al nazi. El jazz como metáfora de la libertad. Un libro que acaba de ser publicado en España por la editorial Es Pop en el que el autor muestra cómo el jazz ha supuesto una amenaza para todos los regímenes totalitarios. No solo para el nazismo, sino también para el aparheid sudafricano o el comunismo del antiguo bloque del Este, como demuestran las entrevistas que Zwerin mantuvo con músicos o ciudadanos polacos que, tras vivir el nazismo, en el momento de escribir el libro sufrían el régimen del general Jaruzelski.

A lo largo de casi trescientas páginas, Zwerin va narrando las experiencias y testimonios de personas que vieron en el jazz una forma de rebeldía y una tabla de salvación. Además de mantener el ánimo en plena persecución, su afición por el jazz, en ocasiones compartida por soldados y oficiales de las SS, hizo que evitasen ser deportados a los campos o detenidos por la Gestapo. En todo caso, y más allá de la anécdota, también abundan los testimonios de aquellos que vieron cómo esa afición provocó la muerte de amigos y familiares.

Algunos de los que fueron deportados en ocasiones pudieron salvarse tocando en macabras orquestas de jazz y swing que los oficiales de los campos organizaban para su solaz o participando en la mascarada organizada por Hitler en Theresienstadt. Un campo de concentración decorado como si fuera una colonia de vacaciones que sirvió para rodar un documental de propaganda en el que se mostraba lo bien tratados que eran los judíos en esas instalaciones que llegaron a ser visitadas por la Cruz Roja para despejar toda acusación de crueldad por parte de los alemanes.

La complejidad del tema provoca que Zwerin despliegue como narrador un estilo en el que se mezcla la crónica periodística con cierto toque de mordacidad, cinismo, humory distancia, lo que le permite abordar ciertos temas delicados con más facilidad.

Por ejemplo, el hecho de que el único testimonio que queda de lo sucedido es el de los supervivientes, los cuales tienden a idealizar lo sucedido y afirmar que «fue una época maravillosa», o la supuesta bonhomía de ciertos oficiales nazis u oficiales de la Gestapo que apreciaban el jazz y hacían la vista gorda cuando se infringían las leyes que prohibían esa música.

Si bien es cierto que esos oficiales existieron, siempre fueron menos que aquellos que requisaban instrumentos, destrozaban discos o, directamente, ametrallaban a toda una orquesta y a los oyentes si los descubrían tocando en un club repertorio prohibido o pasada la hora del toque de queda.

Swing frente al nazi nos descubre en definitiva que, a pesar del peligro que suponía amar el jazz en la época nazi, el deseo de libertad del individuo procura siempre eludir las prohibiciones aprovechando sus fisuras o directamente burlándolas.

Entre las decenas de anécdotas incluidas en él, se cuentan aquellas que hacen referencia a la ignorancia de muchos de los jerarcas nazis, que prohibían los discos de Benny Goodman por ser judío y sin embargo permitían los de Artie Shaw porque no sabían que su nombre real era Arthur Jacob Arshawsky.

Una cosa semejante a lo de Shaw y Goodman sucedía con los discos de Duke Ellington y Fats Waller. Los del primero estaban prohibidos por ser negro, mientras que se permitían los del segundo, no porque no lo fuera, sino porque los burócratas nazis no lo sabían.

Durante años, los repertorios de jazz norteamericano fueron interpretados bajo nombres alemanes; los compositores judíos, eliminados de las partituras y los discos, camuflados. Uno de los testigos entrevistados por Zwerin cuenta que al entrar en una casa tras una batalla encontró decenas de discos de 78 revoluciones de música clásica. Decepcionado, se disponía a romperlos cuando le llamó la atención lo extraño de las etiquetas que parecían sobrepuestas. Al retirarlas, descubrió que lo que se escondía bajo piezas de Wagner o Beethoven eran en realidad discos de jazz.

A pesar de las prohibiciones del Reich a esa «música salvaje», de las burlas en los medios oficiales y de las persecuciones, incluso los pilotos de la Lutwaffe, cuando sobrevolaban territorio inglés antes de bombardearlo, sintonizaban la BBC para escuchar piezas de jazz.

Con el tiempo y en pleno conflicto bélico, algunos oficiales acabaron comprendiendo que el «el swing es bueno para la moral». Joachim Berendt, uno de los críticos europeos de jazz más prestigiosos y productor de algunos de los mejores discos del género de los años 70 para el sello MPS, luchó en Stalingrado. Sus superiores sabían que le gustaba el jazz y en un momento dado le pidieron que radiara algunos de los discos de su colección para animar a la tropa.

«Acabé radiando en la frecuencia militar alemana la misma música por la que te podrían haber llevado a la cárcel, si te hubieran pillado escuchándola en Berlín y en Hamburgo», explica Berent, quien tenía claro el poder subversivo del jazz: «Goebbels y Stalin sí que sabían hasta qué punto el jazz podía sugerir libertad y por eso se mostraron tan decididos a suprimirlo (…). Sabían que el jazz genera el tipo de actitud que podría poner en peligro su poder. No puede ser accidental que todos los regímenes totalitarios hayan estado contra el jazz». Goebbels sabía que «escuchar jazz era una mala influencia para los buenos nazis».