Vía: elnuevoherald.com | Por Sebastian Spreng

Malacostumbrados a la inmediatez actual, la Edición Bruno Monsaingeon dedicada a Dietrich Fischer-Dieskau (1925-2012) parece un souvenir del pasado rayano en la más preciada antigüedad, uno que obliga a detenerse, tomar aire, concentrarse y disfrutar. Implica un desafío en más de un sentido, incluso económico.

Malacostumbrados a la inmediatez actual, la Edición Bruno Monsaingeon dedicada a Dietrich Fischer-Dieskau

Malacostumbrados a la inmediatez actual, la Edición Bruno Monsaingeon dedicada a Dietrich Fischer-Dieskau

Es una caja de lujo, hoy atípica, misteriosa, con aroma a biblioteca. Encierra el tesoro de un gigante y por ende, debe descubrirse de a pocos para poder asimilarlo.

Son 20 años de trabajo del cineasta francés testimoniando lo que el barítono berlinés le fue permitiendo a través de una larga relación profesional que solidificó en auténtica amistad. Y si gran parte del material ha sido publicado anteriormente, esta lujosa presentación incluye novedades demasiado apetecibles como para dejarla pasar por alto. Por ejemplo, un libro de más de 200 páginas con fotos inéditas y apuntes de la colección privada del barítono.

De los seis DVD que la integran, tres están ocupados por recitales de su última década que abarcan los ciclos fundamentales. Schumann con Liederkreis Op. 24, Kerner Lieder y Dichterliebe; Schubert con Die schöne Müllerin y otro con 23 Lieder originado en la Salle Pleyel de París al principio de la década de 1990 acompañado por Harmut Holl y Christoph Eschenbach. Desde ya, no es el vocalmente glorioso Fischer-Dieskau de los años 50 y 60, es por sobre todas las cosas un testimonio del gran señor del Lied. Y con eso basta, sin contar con la sabia graduación y utilización de sus recursos a los 70 años, su arte emerge decantado, desnudo, austero. Nada más y nada menos que el poema, la música y su traductor. Y claro, todavía vale maravillarse con la proyección de la palabra y el inmaculado legato que susurra pesadillas como en el caso de Der Zwerg, ese espeluznante relato que deja atrás al Erlkönig, y que DFD plasma con el acabado de una pintura de Böcklin.

A un sexto DVD, dedicado a clases magistrales, el interés principal de la edición recae en el primer DVD, ya publicado para festejar su septuagésimo cumpleaños en 1995, La voz del alma en el que narra su vida y en el que participa su esposa, la soprano Julia Varady. No obstante, es el quinto DVD el que despierta mayor interés: Palabras últimas, una fascinante recopilación (“una conversación musical en un prólogo y 16 escenas”) de sus últimos reportajes que Monsaingeon grabó en la residencia de Berg y que debería editarse por separado por tratarse de un Fischer-Dieskau más distendido, más crítico, más filoso, más Fischer-Dieskau que nunca.

Como inveterado gato socarrón, el artista desgrana recuerdos imperdibles, y así desfilan Lotte Lehmann –“Ejemplar en tantos sentidos”–, Schlusnus, Hotter, Fricsay, Böhm, Toscanini, Mengelberg, pinta a Furtwängler de un solo brochazo –“era un niño, punto. Solo le importaba el sonido de su orquesta”–, la atmósfera del Berlín de posguerra –“no había comida y cantarle sentimientos a ese público endurecido, absolutamente bloqueado, no era fácil”– o Flagstad –“esa abuela que tejía, se ponía de pie, abría la boca… ¡y era Isolda!”

Justificado o no, es evidente su pesimismo con el estado del canto actual –“me espanta la falta de curiosidad de los cantantes… todos cantan igual y con el mismo vibrato, no hay personalidades”– y su alivio de no vivir en el actual régimen de directores de escena –“han trastocado el sentido básico de la interpretación musical. Los que debían servir son hoy los patrones”–. Por eso dijo adiós con el Falstaff de Verdi, concordando con el compositor en que “todo en el mundo es burla”. Como Borges, DFD denota el arrepentimiento de los grandes y aún más falta de tiempo que el común denominador de los mortales.

Esta primera entrega de la Edición Bruno Monsaingeon señala la culminación de un ciclo para el director francés y su tributo al barítono más documentado de nuestra época prueba que todavía quedaba material para aportar. “El intérprete debe escuchar y fundirse con la música”, afirmaba. “La máxima recompensa se obtiene cuando la identificación con el compositor es tal que el cantante parece haberla compuesto”. Para atesorar. DIETRICH FISCHER-DIESKAU, BRUNO MONSAINGEON EDITION VOL.1, EUROARTS 2073938.•