Escrito por Carlos Ravelo Galindo

Si tomamos la ética como principio básico, vemos en ello la integridad y la responsabilidad. Como también el respeto a las leyes, el acatamiento al derecho de los demás. El amor al trabajo, la puntualidad, el esfuerzo por la inversión o el deseo de superarnos. Ver algo errado no debe generar la indiferencia. Es necesario cambiar la mente para rectificarlo. Cotidianamente pasamos por alto la humildad por lo que podríamos afirmar que no debe preocuparnos el grito de los violentos, de los corruptos, de los sin ética. Porque lo que mas preocupa es el silencio de los buenos. Y de los humildes. Conocí, merced al abogado Jorge Alberto Ravelo Reyes, mi hijo, una historia en donde se conjugan múltiples sucesos humanísticos en el ámbito de las artes. En donde dos cantantes españoles, barítonos ellos, crean problemas personales por razones políticas. Uno madrileño y el otro catalán, rompen en 1984. Y su fobia llega a tal grado que desisten y se niegan a ejecutar su habilidad, reconocida mundialmente, en conjunto.

José Carreras y Plácido Domingo

José Carreras y Plácido Domingo

Luciano Pavarotti, intenta infructuosamente conciliar a Plácido Domingo y a José Carreras. Estos, inclusive, en sus contratos advertían que se presentarían en el espectáculo operístico siempre y cuando no figuraran juntos. Ambos no desistían en su prurito de no conciliar, uno de Madrid y el otro de Barcelona, viejas rencillas surgidas por la guerra civil española, en donde al triunfar Francisco Franco hace que miles de republicanos salgan de la Península y se cobijen en Francia. Y de los cuarenta mil que acepta el gobierno mexicano en 1938, solo veinte mil nos llegan. La crema de la intelectualidad catalana, cultos, con profesión, todos republicanos, en espera de rehacer su vida. Carreras no perdona y así, en l987 lo sorprende un diagnóstico implacable: tiene leucemia. Se trata, invierte mucha de su fortuna en viajes a Estados Unidos en un intento de aliviar su mal. Trasplante de médula ósea, transfusiones de sangre, gastos que al no poder trabajar y recuperarlos disminuyen aún más sus reservas. Por consejos de amistades recurre a una fundación benéfica en la capital ibérica, llamada “Hermosa”, en donde vencen su dolor y le permiten continuar su carrera operística. Agradecido con dicha institución médica, intenta asociarse para contribuir y atenuar la dolencia de otros enfermos de leucemia. Lee los estatutos y descubre que precisamente Plácido Domingo, patrono fundador, al conocer la enfermedad de Carreras, crea la institución con recursos propios para ayudarlo en el anonimato a recuperar la salud. No quería que se sintiera humillado por aceptar auxilio de alguien que no era precisamente su amigo. La sorpresa del tenor catalán fue enorme. Esperó que su benefactor tuviera un recital de opera en el principal teatro de Madrid. Allí, pletórico de fanáticos del bel canto, subió al escenario. Detuvo el evento y ante la sorpresa del público y del mismo Plácido Domingo, en un acto de sencilla humildad, puesto de rodillas, con lágrimas en los ojos, José Carreras ofreció disculpas al hombre que demostró, con su altruista actitud, tener ética. El aplauso atronador cimbró el teatro de Alcalá, en tanto que el hijo de Pepita Embil, tomaba del brazo a Carreras, lo ayudaba a ponerse en pie, y con un abrazo ambos sellaban una amistad que aún perdura.

Luciano Pavarotti, enterado del suceso lo calificó como una historia real de nobleza. Antes de morir se refirió a este evento como un acto insólito de humildad.