María Elisa Flushing

María Elisa Flushing

Escrito por María Elisa Flushing

Resulta paradójico que la pieza clásica más representada en Navidad en la mayoría de los países occidentales, el ballet El Cascanueces de Tchaikovski, haya sido considerada un fracaso cuando se estrenó en el Teatro Mariinski (San Petersburgo – Rusia) a finales de 1892. A pesar del entusiasmo que el zar Alejandro III mostró en la presentación, la prensa criticó duramente la simplicidad de la acción, las pocas oportunidades para la bailarina y la ausencia de una relación lógica entre los dos actos. En uno de sus diarios, Tchaikovski escribió: “los periódicos de nuevo me vilipendiaron cruelmente”. Para lograr el prestigio y la popularidad mundial, El Cascanueces tuvo que esperar la versión que el coreógrafo George Balanchine hizo en 1954 para el New York City Ballet.

Cascanueces

A principios de 1880, Tchaikovski estaba considerado entre los mejores compositores del mundo y el más importante músico de la historia rusa. Más que a la composición de sinfonías, conciertos y óperas, sus mayores éxitos se debieron al ballet: El Cisne Negro (1876) y La Bella Durmiente (1889). Por eso, a finales de 1890, Ivan Vsevolozhsky, director del Teatro Imperial Mariinski,  encomendó a Tchaikovski y a Marius Petipa, célebre bailarín y coreógrafo francés,  la composición de otro ballet basado en la historia de E.T.A. Hoffmann El Cascanueces y el Rey de los Ratones. La mayoría de los cuentos populares rusos fueron escritos como lecciones morales para adultos –no para niños-, así que Petipa, quien fue también el coreógrafo de la exitosa Bella Durmiente, tomó una adaptación menos lúgubre que  Alejandro Dumas padre hizo del relato original.A las naturales complicaciones para la composición del ballet, se sumaron los numerosos cuadros depresivos que Tchaikovski padeció toda su vida y que se agravaron en 1891 cuando Nadezhda von Meck, su mejor amiga, confidente y protectora, rompió abruptamente relaciones con él. La señora von Meck fue una rica viuda y gran aficionada a la música que no sólo apoyó al compositor con la generosa suma de 6.000 rublos al año, sino que se convirtió en  su consejera espiritual a lo largo de doce años de una intensa y nutrida relación epistolar (nunca se conocieron personalmente). La ruptura de la curiosa relación, sin que mediara mayor explicación, sumió al músico en una profundad tristeza. Ese mismo año, otra noticia devastadora sacudió  a Tchaikovski: la muerte de su adorada hermana Sasha.

No sería la primera vez que la tragedia inspirara la creatividad del compositor, y así como la ópera Eugene Onegin es el resultado del breve y desastroso matrimonio con Antonina Miliukova, en esta oportunidad sería el turno de El Cascanueces. Hay quienes encuentran un paralelismo entre la relación de Clara y el mago Drosselmeyer, personajes del ballet,  y la que en vida sostuvieron Tchaikovski y su querida hermana Sasha. Lo que sí es indudable, y además sorprendente, es que Tchaikovski nunca estuviera conforme con la música del ballet, al punto de afirmar: “por fin he concluido esta obra absolutamente horrible”. Probablemente su asombro sería mayúsculo si supiera que 120 años después de su estreno, su pieza sea el clásico navideño mundial por excelencia.