Vía: www.lanacion.com.ar/ Por Jorge Aráoz Badí  | Para LA NACION

ete conciertos realizados desde 1939, a una media por sesión de 20 composiciones entre valses, polcas, marchas y oberturas, da un total de 1540 ejecuciones y la circulación de mucho dinero, porque el precio de las mejores plateas, agotadas siempre desde un año atrás, roza los 900 euros. Pero en estos 76 años no hubo ni un solo reclamo por la calidad de la música que allí se ofrece, siempre en el más alto nivel interpretativo.

Sin embargo, a nadie se le ocurriría el absurdo de decir que asiste a esa cita atraído por la música, como sucede con los festivales de Bayreuth o Salzburgo, ya que se trata de una gran fiesta social donde se exhiben los auténticos ricos europeos y orientales, que luego del concierto traicionan sus dietas, con la mejor crema chantilly del mundo o la torta de chocolate del hotel Sacher, única con registro de propiedad universal.

Clemens Krauss levantó su batuta el 31 de diciembre de 1939 y dejó inaugurada una celebración que, prácticamente, no se interrumpiría. Sólo habían pasado nueve meses desde que Austria fuera incorporada a Alemania, como se sabe, con notorias simpatías de sus ciudadanos.

Salvo dos años en que cedió el podio a su compatriota Josef Krips, la conducción estuvo en sus manos durante 13 ocasiones, sin que siquiera fuera interrumpida por la poco severa “desnazificación” a que fue sometido. Tal vez, una especie de premio porque junto a Wilhelm Furtwängler intercedió ante los ocupantes para salvar a la Filarmónica de una decidida disolución.

Furtwängler nunca dirigió un Concierto de Año Nuevo. Después de Krauss-Krips, arribó el tan memorable Willi Boskovsky, que durante 25 temporadas encarnó como pocos el espíritu Strauss. Y, en 1980, los vieneses tuvieron un gesto un tanto inesperado si se recuerdan las afrentas a Mahler y el hecho de que, hasta hace poco, las mujeres tenían interdicto el ingreso a la Filarmónica: convocaron al director judío Lorin Maazel, que introdujo un nuevo estilo a lo largo de once temporadas, aunque innegablemente vienés.

Entre tanto, desfilaron por el podio los más grandes: Herbert von Karajan (1987);Claudio Abbado (1988, 1981); Carlos Kleiber (1989, 1982); Riccardo Muti (11993,1997, 2000, 2004); Nikolaus Harnoncourt (2001,2003); Seiji Ozawa (2002); Mariss Jansons (2006, 2012); Georges Prêtre (2008,2010); el tan singular Daniel Barenboim (2009,2014), Franz Welser-Möst (2011,1013) y Zubin Mehta (1990,1995,1998,2007 y este año), con lo que totaliza cinco temporadas.

Mehta siempre quiebra las rutinas. Con su espíritu omnipresente da sentido de actualidad a sus actuaciones. Para él, los Conciertos de Año Nuevo son testimonios de un tiempo que se detiene una noche en el siglo XIX, en que el Congreso de Viena baila el vals mientras el mundo cambia. Así fueron para este director su actuación en el Berlín de la caída del Muro; la ejecución de la Segunda de Mahler en el campo de concentración de Buchenwald en 1999; su concierto en que asoció a los filarmónicos israelíes con los alemanes; el que realizó en la Sarajevo destruida o su manifestación musical contra la guerra de Malvinas, en Buenos Aires.

La reciente edición discográfica del Concierto de Año Nuevo con sus 21 composiciones y el DVD con las atractivas imágenes del acontecimiento da cuenta de esa motorización que Mehta imprime a sus versiones con la innegable consecuencia de un inefable placer auditivo, por lo impecable de sus interpretaciones y el espléndido sonido que obtiene de la Filarmónica de Viena.

CONCIERTO DE AÑO NUEVO

Zubin mehta con la filarmónica de viena : Ein Morgen, Ein Mittag, Ein Abend in Wien: Ouvertüre (Franz Von Suppé), Märchen Aus Dem Orient op 444 (Johann Strauss II) y otros. (Sony classical).