El 29 de enero de 1781 un Mozart de 25 años estrenaba en Múnich Idomeneo. Es esta una obra que, aun manteniendo muchos rasgos de la ópera seria, comienza a introducir cambios en las convenciones del género, aumentando con ello la verosimilitud y el vigor dramático. Tales cambios, además, no se redujeron a aspectos estrictamente musicales, sino que Mozart intervino activamente en la mejora del endeble libreto firmado por Gianbattista Varesco.

Vía: valenciaplaza.com/  Por Rosa Solà

En un excelente artículo firmado por Gonzalo Badenes con motivo de la representación de Idomeneo en el Teatro Principal de Valencia (1991), el crítico valenciano señalaba varios aspectos destacables de esta ópera, aspectos que conviene recordar para poner en valor el acierto de su actual programación –aun con una producción totalmente distinta- en el Palau de les Arts. Badenes recordaba que el elector de Baviera, Karl Theodor, se llevó a Múnich el conjunto teatral y sinfónico de Mannheim, conjunto que Mozart conocía muy bien. Era muy consciente, por tanto, de que estaba escribiendo para la mejor orquesta de Europa. No cabe extrañarse, pues, del relevante papel que los pentagramas de la orquesta tienen en esta ópera, y de la meticulosidad con que el compositor calibró todos los efectos que pudiera obtener de ella.

Por otra parte, la rígida división y asignación de funciones entre el aria y el recitativo empieza a diluirse, propugnando Mozart un recitativo mucho menos monótono y con más fuego. Al mismo tiempo, el aria se ocupa no sólo de la llamada “acción interior”, sino que comienza a abordar también lo narrativo. Alguna de ellas desemboca directamente en el número siguiente, proporcionando una continuidad que no era usual en la época. En otras ocasiones, el mismo Mozart las acorta, les quita ornamentación o las sustituye por un recitativo accompagnato, si ve que así mejora el desarrollo dramático. Se hace patente también la búsqueda de verosimilitud en el hecho de sustituir, para el papel de Idamante, al castrato que lo hizo en Múnich por el tenor que lo representó, después, en Viena, teniendo que reescribir de nuevo toda esa parte. Resulta asimismo novedosa la importancia y el carácter trágico que tiene el coro en Idomeneo. Sin embargo, a pesar de su belleza y sus aportaciones en la historia de la ópera, se representa mucho menos de lo deseable, y en Valencia ha habido que esperar, para volver a verla, desde el 23 de abril de 1991 hasta el pasado día 21. Veinticinco años menos dos días, exactamente.

Kunde, experto en belcantismo

Tuvimos en Les Arts a Gregory Kunde en el papel protagonista. El tenor americano es un experto en belcantismo que, sin embargo, puede también con roles verdianos y similares. No es usual manejarse bien –a la vez- en ambos repertorios. Pero en el mismo escenario le hemos escuchado Otello, La forza del destino, Samson et Dalila y, ahora, Idomeneo, donde, precisamente, Mozart pone el listón muy alto en cuanto a agilidad y belleza canora. Kunde no sólo cumple con los requerimientos técnicos, sino que pone toda la carne en el asador, proporcionando siempre unas interpretaciones entregadas, con un timbre cálido y una fantástica proyección. Es cierto que, a veces, hay resbalones. Pero nadie en su sano juicio debería amargarse por ello cuando el conjunto de la actuación es tan satisfactorio.

Las otras voces, algunas de ellas pertenecientes al Centro de perfeccionamiento Plácido Domingo y jóvenes en su mayoría, se movieron, lógicamente, a bastante distancia del experimentado tenor. Monica Bacelli (Idamante) y Lina Mendes (Ilia)mostraron ambas mucha tirantez al principio, causada probablemente por los nervios del estreno, pero fueron mejorando a medida que avanzaba la representación, haciéndose dueñas de los respectivos papeles y controlando mejor su voz. Carmen Romeu fue una Elettra furiosa, como corresponde en el primer acto (“Estinto è Idomeneo?… Tutte nel cor vi sento”) y en el tercero (Oh smania! Oh furie!). Sus intervenciones en el segundo, más plácidas, se quedaron algo cortas en cuanto a la exploración de los distintos registros expresivos. Emmanuel Faraldo fue un Arbacevoluntarioso, pero necesita una proyección y una afinación mejores. Michael Borthcumplió bien como Sumo sacerdote, y Alejandro López como La Voz. El coro demostró su asunción del dramático protagonismo que Mozart le reserva en esta ópera. Fabio Biondi dirigió con profesionalidad, pero no acabó de redondear el sonido y la transparencia de la orquesta al nivel que se espera en un especialista en la música del siglo XVIII.

Davide Livermore, intendente del recinto, firmaba también la dirección de escena y la escenografía de esta producción. El espectador se vio inundado en ella por una innumerable cantidad de símbolos, guiños y alusiones, con proyecciones constantes de oleaje y nubes en movimiento perpetuo, círculos simbólicos que subían, bajaban, se abrían para enmarcar una escena… el agua estaba por todas partes, dentro incluso de los recintos palaciegos, quizás para recordarnos que Neptuno es el señor del mar, que Creta es una isla o que todos llevamos dentro un mar tempestuoso. También se chapoteó de lo lindo en el ballet final.

Sobrecargada escena

Fueron constantes las imágenes, con carga simbólica, de 2001, una Odisea del espacio (Stanley Kubrick, 1968) con sus monolitos, fetos, ojo que nos vigila (o con el que vigilamos) y retorno a la estancia blanca con hornacinas de corte dieciochesco. Apareció asimismo el sacerdote/masón bueno (o quizá deidad ilustrada) que acoge a Idomeneo en su seno cuando, al final, parece morir (aunque en el libreto sólo abdica). Se vieron también trajes espaciales, un naufragio de los cretenses mezclado con otro que podría ser el de los sirios actuales llenando el mar de muertos… un bombardeo de proyecciones, en fin, que, por exceso, clarificaba menos que confundía. Este abuso, sobre todo cuando se trata de imágenes repetitivas (siempre las mismas olas rompiendo, siempre las mismas nubes dibujándose en el cielo) sólo produce tedio.Livermore demostró en sus primeros trabajos en Valencia que podía hacer mucho más cuando maneja el arma de la concisión: así sucedió en el Otello de 2013, La forza del destino de 2014 o la delicada Bohème de 2012.  Desde entonces, sin embargo, parece evolucionar hacia escenografías sobrecargadas y a explicar las cosas más de la cuenta. Incluso a inventarse algunas.

A pesar del mediocre libreto, la historia (iluminada, ahí sí, por la divina música de Mozart) muestra bien el dolor y las renuencias de Idomeneo ante el salvaje mandato de sacrificar a su propio hijo, denunciando, sin mencionarla siquiera, la muy diferente actitud de Abraham cuando su dios le impone una orden idéntica y obedece sin asomo de protesta. Por si algo no estuviera claro, las contradicciones internas del rey cretense aparecen con evidencia mayúscula en el aria que canta, en el segundo acto, (y que Kunde bordó, a pesar de su dificultad y de una edad no demasiado proclive a la agilidad vocal): “Fuor del mar ho un mar in seno”.

El Palau de les Arts dedicó las funciones de Idomeneo al gran mozartiano Nikolaus Harnoncourt, fallecido el pasado marzo. Quiso la casualidad que en el libreto mencionado al principio -el de 1991-, junto al artículo de Gonzalo Badenes y otro de E. J. Dent, figurara “A propósito de la interpretación de Idomeneo”, interesantísimo, del director y estudioso austriaco, donde se remarca la importancia de la articulación en la ejecución de las obras de Mozart. Se añadía a todo ello una discografía, reconstrucciones  de la escenografía del estreno en Múnich, y el libreto completo en italiano, valenciano y castellano, entre otras cosas. Fue obra del antiguo IVAECM, hoy en día subsumido en Culturarts, tras varios cambios de nombre que parece van a continuar, en un baile de siglas que sólo el tiempo dirá si es únicamente administrativo o también funcional. Viendo aquel libreto con tales artículos –y, sobre todo, aprendiendo con su lectura-  resulta triste que parezca un lujo inabarcable ante los programas de mano actuales, donde muchas veces no se encuentra ni la biografía de los intérpretes.