La voz de la soprano rusa se ha ido ensanchando y oscureciendo a lo largo de los años y hoy tiene las condiciones idóneas para cantar los grandes papeles verdianos

Vía: www.elperiodico.com
Por Rosa Massagué

Estaba claro que Ana Netrebko es ya una diva consagrada. Como las estrellas del deporte o de la pasarela, también diseña. De momento, una taza de porcelana. Y también cabía dar por sentado que su estreno como ‘Aida’ en el Festival de Salzburgo el domingo sería un rotundo éxito, como así fue. Sin embargo, le salió un competidor de mucho peso a la hora de recibir los aplausos, el director Riccardo Muti, que firmó una dirección orquestal de primera.

Una ‘Aida’, por fin, sin palmeras, pirámides, animales más o menos exóticos y soldados desfilando inacabablemente. En esta producción no hay nada de la parafernalia ‘orientalizante’ con que se viste la ópera de Verdi que narra una historia de amor prohibido en medio de las guerras entre egipcios y etíopes de un pasado más que lejano, indeterminado.

La artista iraní Shirin Neshat firma la puesta en escena muy estilizada y estetizante y lo hace con su mirada oriental. Es una mirada que tiene poco de arqueológico o de histórico. Es una mirada real y actual. Como la princesa etíope Aida, esclava en la corte del faraón, Neshat es una exiliada obligada a vivir lejos de su país por el que siente una gran nostalgia y eso confiere a la protagonista de la ópera una profunda calidad humana poco frecuente. Su aproximación a ‘Aida’ es además fresca, como una mirada virgen, por tratarse de una obra procedente de una cultura muy distinta a la suya.

En el día del estreno, el de mayor gala del calendario salzburgués, además de la ‘jet-set’ local y de un Plácido Domingo derrochando simpatía, estaba una discreta Angela Merkel y un todavía más discreto hasta pasar desapercibido Kirill Petrenko, a poca distancia de un radiante Yusif Eyvazov, el marido de la soprano, que cantará Radamés dos días, con dos teléfonos móviles grabando los aplausos del público.

Escaso colorido

El escenógrafo Christian Schmidt, colaborador habitual de Claus Guth (suyo era el decorado para el ‘Parsifal’ del Liceu del 2011) presenta una enorme caja blanca como la piedra mate de Travertino, que se abre por la mitad, montada sobre una plataforma giratoria. El colorido es escaso. El vestuario de Tatyana van Walsum se limita a pocos colores y mucha uniformidad. Blanco para los cortesanos y dorado para las mujeres; negro para los sacerdotes; blanco y negro, para las sacerdotisas; marrón para los militares, y azul para los etíopes, el mismo color que viste Aida. Solo Amneris, la hija del faraón y rival de la esclava etíope, luce colores vivos.

Los egipcios, sin ser representados como orientales, recuerdan con su vestuario un imperio otomano algo occidental, mientras que los personajes religiosos, con sus largas e idénticas barbas ellos, son una suma de las características físicas y los símbolos de los oficiantes de las tres religiones del Libro.

Neshat es una artista visual, pero en este caso ha hecho un uso muy limitado del vídeo. Por ejemplo, muestra a los etíopes como gentes desplazadas cuando solo se les ve como prisioneros en el desfile de la victoria. En la escena nocturna a orillas del río hay un reflejo de agua iluminada por una luna invisible que confiere a la escena la atmósfera de fatalidad. Otro vídeo muestra a los sacerdotes (aquí con una capa roja) durante el juicio contra Radamés que tiene lugar fuera del escenario. Es una imagen enorme y potente, con el objetivo que nos va acercando los rostros impenetrables de los clérigos mostrando así todo el peso y la inflexibilidad de la religión ante una insignificante Amneris que implora clemencia.

Buena compañía

A primera vista podría pensarse que una puesta en escena tan poco variada y de movimiento escaso lastraría el resultado, pero ahí estaban las voces, la de Netrebko en primer lugar, y la batuta de Muti para desmentir cualquier idea preconcebida. La soprano rusa ha llegado a ‘Aida’ en el momento idóneo de su carrera. Su voz se ha ido ensanchando y oscureciendo a lo largo de los años y hoy es una soprano lírica con las condiciones idóneas para cantar los grandes papeles verdianos como el de la esclava etíope. De las notas más agudas a las más graves, su voz recoge todos los matices como demostró en Salzburgo. En el último acto, prácticamente a oscuras, encerrada en la tumba mortal junto a Radamés, la soprano presentó un muestrario impresionante de todas sus virtudes canoras y de la enorme capacidad de interpretar unos sentimientos extremos. Netrebko es la Aida de nuestro tiempo.

Le acompañaban muy bien el tenor Francesco Meli como Radamés, Ekaterina Semenchuk (Amneris), Roberto Tagliavini (El Rey), Dmitry Belosselskiy (Ramfis) y Luca Salsi (Amonasro). Sin embargo, la verdadera pareja artística de esta ‘Aida’ fue Riccardo Muti, seguramente el director que mejor conoce Verdi, tanto las entrañas de sus partituras como seguramente hasta el alma del compositor. Y en esta ocasión además tenía delante a la Filarmónica de Viena. Entre Neshat y el director napolitano hubo un total entendimiento. Muti hizo una lectura muy alejada de toda alharaca a la que muchos directores someten esta ópera y se centran en el exotismo. El director trabajó muy a fondo los aspectos más humanos y lo hizo con gran nitidez. La dirección escénica con mucho estatismo y poco movimiento contribuía también a la perfecta integración entre voces y orquesta.