Integral-Beethoven-Dudamel. Centro Nacional de Acción Social por la Música. Del 20 al 24 de febrero. 42 Aniversario de El Sistema de Orquestas y Coros de Venezuela. Concierto Nro. 1. Obras: Obertura Egmont en Fa menor, Op.84 (1810), Sinfonía Nro. 1 en Do Mayor, Op 21 (1800), Obertura Coriolano en Do menor, Op. 62 (1807), Sinfonía Nro. 2 en Re mayor, Op 36 (1802. Lunes 20 de febrero de 2017. Orquesta Sinfónica Simón Bolívar de Venezuela. Sala Simón Bolívar


Por. Joaquín López Mujica (*) | Venezuela Sinfónica | Especial

Un ambiente expectante fue el presagio de lo que vendría después. Gustavo Dudamel (Barquisimeto, Venezuela, 26 de enero de 1981) músico, compositor y director de orquesta, se ha propuesto brindarnos otras de sus exploraciones repertoriales como aquella del Proyecto Mahler de 2012. En esta primera exploración dedicada a Ludwig van Beethoven (1770-1927) incluye la conducción de dos oberturas y dos sinfonías, preludios del lenguaje musical del compositor alemán.

En la Obertura Egmont en Fa menor, Op 84 (1810), la emisión de un acorde en simbiosis agudo-grave, no alargado, nos suministró dos claves fundamentales que proporcionaría la batuta de Dudamel: el tratamiento del timbre y el natural equilibrio de tensiones. Mantuvo Dudamel y contuvo el devenir sonoro, para no dejarse llevar por el correlato dramático-literario presente en la obra de Goethe y liberarse del peso programático que ha avasallado el arte y estilo de tantas versiones de esta Obertura. Vimos en esta magistral versión lo que pudo calibrar, la contención del desbordamiento de los contenidos expresivos, advino una compactación  necesaria y suficiente para que la octava grave (violonchelos-contrabajos) gravitara como el centro-base sonoro. Lo he dicho en anteriores trabajos: Dudamel, maestro que conocimos en Alemania (Expo2000 Hannover) en su temprana juventud es hoy es un maestro orquestador, -entre otras virtudes- que nos hace oír lo que nunca se ha oído. Esa energía potencial la contuvo, esa eternidad, que es ya inmanente en el imaginario sonoro el espectador contemporáneo, pero que èl, nos muestra una lectura inédita de una potencia irrealizada, que debe esperar la apoteosis  triunfante, de ese Beethoven de la Quinta Sinfonía en adelante, el momento exacto de la ruptura con el clasismo, antes no. De lo contrario, sería una lectura estandarizada, algo lejos para el talento y la altura de la construcción estética de este maestro. Vimos y oímos una versión que utilizó las sutilezas y suspensiones sonoras, los episodios sorpresivos sin duda, etiquetas de un Haydn o presentes en un Mahler, pero en este contexto resulta una experiencia estética libertaria, una construcción que nos proporciona Dudamel desde el punto de vista constructivo, una poética de la forma, propio de un conductor maduro, con idas y venidas, con movimientos y reposo. Los asistentes fuimos liberados de los condicionamientos que históricamente hemos heredado, en eso viene a la mente el flujo critico de un Theodor Adorno quien en sus reflexiones filosóficas nos hace ir al margen del statu-quo musical. Ya tempranamente presentíamos lo que venía. Un recorrido de Dudamel por nuevos intersticios sonoros que nos hizo descubrir en esta aurora beethoveniana. ¿Cómo puede ocultar prodigiosamente el tema, hacer brotar su sentido, en su expresión y forma jadeante? He allí el detalle. Solo al asomar la coda su intempestivo paisaje, entre trémolos -notas repetidas- melódicamente donde resalta la expresividad del violinista Carreño –Concertino- que seguramente ya encarna la profecía de la carrera solìstica, este músico y el conjunto de la fila hilvanaron un equilibrio perfecto, va creciendo lo que era preliminarmente la intensidad y la tormenta emotiva con pasajes y episodios fugados de perfecta asimetría de voces.

Con la Sinfonía Nro. 1 en Do mayor, Op 21 (1800) el cuidado del timbre nos indica que el planteamiento de Dudamel varía un poco con la finalidad de ir anticipando el embrión romántico, más bien sugerirlo. Nos percataremos de ello, detectamos este su secreto recóndito como es el tratamiento de la octava grave, esto es: violonchelos y contrabajos. Zona de cultivo, colores oscuros, el Director como un pintor, se propone temperar y detectamos un tratamiento coral de voces humanas trasladadas al contexto sinfónico-instrumental. Desde el adagio al allegro, con cuidado en los extremos, detalles trabajados en episodios difíciles, momentos solisticos claramente diferenciados sobre todo de las flautas en particular y de vientos en general, nos llamó la atención esa  alternancia  cristalina –fila de primeros violines- y flauta. Fue un remanso para los asistentes, un remanso de tranquilidad. El Maestro Dudamel con su tesis del equilibrio tímbrico-colorìstico, siempre estuvo atento, en su pensamiento melódico, dando paso a nuevos protagonistas en el plano orquestal: fila de vientos, pero sobre todo los segundos violines –favorecidos con esta disposición “a lo Berlín” ocupando el espacio conocido de los violonchelos, una secuencia físico acústica superior. Resaltan semióticamente –varios contextos relacionados- los tiempos, el timbre en fin la cualidad sonora, y ello lo sabe el espíritu errante y mistérico de Dudamel. Su Andante, fue  un sutil anhelante, eterno retorno, añoranza del mundo clásico, episodios suaves, equilibrio de vientos-metales, diálogos, recitativos, danza, lirismo, glosas, ensoñaciones y momentos. De esa fuente mostrada por el Director barquisimetano, de esa añoranza poética que solo él nos hace ver y oír, brota la pacificación de la existencia que seguro la vio en los Adagiettos de Mahler. Una de las grandiosidades de este su primer Concierto fue como Dudamel nos sugiere la atmósfera Pastoral, donde la mimesis de la naturaleza no es solo un motivo poético. En el Menueto allegro molto, de manera misteriosa y en una atmosfera alegre y jovial poblada de cuerdas y vientos aparece un nuevo rasgo en la alocución y narrativa expresiva del maestro Dudamel: la asimilación del ritmo cósmico que representa el Timpani. Es admirable, la construcción estética aquí: ¿Cómo logra Dudamel contener, en su discurso el vigor de sus propios gestos? Aristóteles escribió en su Poética –de lo apriorísticamente concebido- y el Director guarda sus secretos mistéricos, específicamente en momentos específicos como ese de la re-exposición, que respeta el canon, mantiene su conducción “apolínea”, clásica donde deviene el decurso melódico sin presiones verticales que le detengan en su fluir, siguiendo a Mozart y disolviendo la conflictividad. Ya   en el Fínale Adagio allegro molto e vivace, en pleno eterno retorno a la naturaleza, las reminiscencias, la tonalidad. Vienen los recuerdos de aquel ejercicio creativo que significó para Beethoven La Consagración de la Casa, donde el equilibrio del modo de vida, la armonía celestial, la mímesis de la naturaleza, es el  tema estético y ese es el correlato musical de los pasajes alegres de la vida, de allí el énfasis de Dudamel en la interacción e intercambio simbólico: cuerdas-vientos. Un recuerdo de Mozart, basado en la impecabilidad, ese fresco pintado por Dudamel cual Giotto: 1ros violines, violas, secuencias de violonchelos y bajos  y así la apoteosis en forma de coda y viceversa.

Justo antes de la interpretación de la Obertura Coriolano en Do menor Op.62 (1807), un colega, catedrático y lingüista me preguntaba ansioso por la tempestad romántica, que el no sintió y nosotros certeramente le respondimos que esa noche “no oiría la intensidad y la tormenta” y que tendría que esperar a la Quinta Sinfonía en Do menor Opus 67, cuando aquel episodio de violonchelos y contrabajos, en aquel sonido lánguido nos llevaría a las puertas de una tempestad segura y delirante que representó el tránsito del clasicismo al romanticismo. Antes no. Una larga introducción con violines protagonistas tocando en la zona grave (técnicamente Sul “g”) así se presenta un nuevo elemento de la alocución de Dudamel, que presagia el temperamento enérgico y agitado, con ello los signos de cambio, para muchos un mundo, un “deber Ser”. Una prodigiosa oscilación que va del reposo breve al devenir, el camino libertario de la belleza crepuscular de esa que vemos en los cuadros del pintor alemán Caspar David Frederick: parajes, caminerias, lugares y acantilados frente al mar, como buscando ansiosamente la noche. Todas construcciones del maestro Dudamel, pero aún, de allí su maestría, en una estructura permisible, es “conjunto significativo de estructuras inherentes al sonido” como diría el maestro J.A.Abreu, allí en la zona intersticial que se va abriendo, Dudamel construye por ejemplo en las “cesuras totales” o cese de sonido, y nos recuerda al pinto Claudio Fontana y aquellos orificios en sus lienzos. En esta Obertura pudimos percibir lo nunca antes escuchado: anticipaciones de la escritura de Brahms, sobre todo en la cuerda que este a su vez tomo de Arcangelo Corelli.

La Sinfonía Nro. 2 en Re mayor, Op. 36 (1802) marca el esplendor de esta última parte del primer Concierto de esta, podemos decir Integral-Beethoven-Dudamel. Se trata y no tengo dudas al respecto de un compendio interpretativo. Estas obras tuvimos el honor de tocarlas como integrante de la generación de músicos de El Sistema. Nos propicia esta jornada una vivencia especial, sobre todo porque son obras que permanecieron estacionadas en el tiempo de nuestra experiencia audio-perceptiva. Dudamel nos proporciona los resultados de su inmersión estética, la exploración temática y experiencia como músico. Salto que dio desde muy joven y síntesis que va construyendo pasa a paso. Siendo el primero en dar el salto cualitativo y situarse en lo que John Doors –cantante de Rock- denominó desde el punto de vista de Williams  Blake; “Las Puertas de la percepción. Además de los aspectos tímbrico-colorìstico  Dudamel presenta otro elemento en su construcción estética: el lenguaje de la ornamentación, los adornos y la solución de aspectos expresivos. De allí resalto a la cuerda, sus trinos debidamente demarcados, que surgían de manera inusitada, allí conteniendo el ímpetu de la Novena Sinfonía, haciendo que violines y vientos se disputaran, en este su primer movimiento la disputa con el cano clásico (Adagio molto-allegro con brío). Con magistral manejo del detalle, resalta en su pensamiento tímbrico-colorìstico y maestría orquestal el protagonismo del Timpani que opera como pulso del acontecer cósmico, que con la rapidez añadida, conduce, el decurso del mundo que estalla –no en forma total- ya que no tiene razón de Ser para hacerlo, es solo el esbozo de una angustia existencial como tema. Dudamel es pintor a lo Caspar David Frederick, Veermer, Constable pero no naufraga como un Turner. En el larghetto por ejemplo nos presenta al espíritu pre-Beethoven, de allí como resalta la calma de un solo de violín –una miniatura magistral- que no llega a ser cadencia, pero si dialogo y pacificación.  Vendrá el sacudimiento y desgarramiento controlado, con advenimiento de su Scherzo, recordemos que esta forma musical, fue una válvula de escape y realización de energía kinestésica que cautivó a Mendelsohn, Tchaikovski, Bruckner y Mahler. Se presenta un simbolismo en movimiento sugerido por Beethoven que muy bien tomo Stravinski, por aquello que conoce muy bien Dudamel de la escritura del compositor ruso y que interpretó desde su temprana juventud, esa fuerza estructural del ritmo, las secuencias, el temperamento, las micro-secuencias, e fin la brevedad de una síntesis de una humanidad que aún contempla, vive y sueña. Dudamel resalto en los rasgos tempranos de Beethoven, una estructura guiada aún por el temperamento clásico que persiste en el Finale-allegro moltto, un temperamento mantenido y preservado gracias a la percepción y audición de los detalles que el director hizo notar en las frases de los violonchelos y otros actores solistas del complejo orquestas que en el arte y estilo de Beethoven seguirán emergiendo con temas expresivos: como el fagote que construye la apoteosis final. Experto en timbres misteriosos, amante de la estructura y arquitectura sonora-dramática, previamente asimilada en su inmersión en el lenguaje operístico y sus conjuntos, Dudamel ha tenido acceso y las claves del lenguaje de Beethoven, a su temprana génesis del alma de este genio musical, así como Bruckner reordenó una vez el drama wagneriano. Esa navegación que va produciendo, esa expectación en el público nos hace pensar en una mano prodigiosa de Dudamel en la interpretación y conducción de una integral –en el futuro- de las obras de Brahms.

(*) Filósofo, músico, escritor y diplomático

j.lopezmujica@laposte.net


JOAQUIN LÓPEZ MUJICA

Nacido en Caracas en 1957. Filósofo, músico, escritor y diplomático.. Graduado en la Universidad Central de Venezuela. Miembro fundador del El Sistema de Orquestas Juveniles e Infantiles de Venezuela. Profesor durante 16 años. Estudios de Sociología y Economía.  Profesor en la UCV de Teoría Estética, Critica Musical e Ideas Estéticas en América Latina y otros seminarios. Estudios de Postgrado en la Universidad Simón Bolívar. Estudios de Especialización en Política Exterior y Diplomacia Cultural en el Instituto de Altos Estudios Diplomáticos ¨Pedro Gual¨. Profesor en el postgrado de la Universidad Nacional Experimental Simón Rodríguez en la Especialización en Gerencia Cultural. Fue profesor fundador del IUDEM –Filosofía del arte, historia de la cultura y la música moderna. Miembro fundador de la Orquesta de Instrumentos Latinoamericanos ODILA. Trabajó como Asesor Adjunto a la Dirección del Museo de Arte Contemporáneo de Caracas. Ha sido miembro del Programa de Personalidades Extranjeras de Francia y su trayectoria aparece en la Enciclopedia de la Música en Venezuela. Ha dictado conferencias en Venezuela, Países Bajos, Portugal, Inglaterra  y Noruega. Como escritor  y editor –pionero en ediciones electrónicas en su país- ha publicado numerosos ensayos, escritos y entrevistas sobre arte, cultura y política. En  el 2006  publicó  en Venezuela  La Proclamación de lo Sagrado, 2006  y escribió el prólogo de Crítica a la Evolución de la Pintura Occidental en Ortega y Gasset de Ángela Calzadilla, 2005. Se desempeñó como Director del Programa Cultural (Flor de Venezuela) en la Expo Universal Hannover 2000.  Entre el 2004-2005 fue integrante del equipo de Análisis Estratégico de la Vicepresidencia de la República y en 2005-2009 fue Encargado de Asuntos Culturales y Prensa de la Embajada de la República Bolivariana de Venezuela en el Reino de los Países Bajos. Como curador de Artes Visuales ha realizado exposiciones en Alemania, Holanda, Reino Unido, Portugal y Venezuela, en esta última en el Museo de Arte Contemporáneo donde ha sido musicalizador, programador y adjunto a la dirección.  En el 2012, fue merecedor de una Mención Honorífica del Premio Nacional de Literatura. Mención Ensayo por su obra intitulada Teoría Crítica de la mentira Mediática.  En la actualidad, como especialista en Política Exterior y Diplomacia Cultural  es invitado permanente a dictar Cátedras, Cursos y Conferencias -en Instituto de Altos Estudios Diplomáticos “Pedro Gual- los cursos de Política y Gestión  Cultural y  Diplomacia Cultural Bolivariana. Desde su regreso en el 2012, de su Misión Diplomática en Europa se desempeña como Asesor de Comunicaciones de Fundamusical Simón Bolívar-El Sistema, simultáneamente con el Centro Latinoamericano de Música-Celam manteniendo columnas en diferentes periódicos del país, dictando conferencia y participando en diversas iniciativas editoriales e intercambio cultural internacional.