París. 7-XII-2017. Opera de la Bastilla. La bohème, Puccini. Nicole Car, Aida Garifullina, Atalla Ayan, Artur Rucinski, Alessio Arduini, Roberto Tagliavini, Marc Labonnette, Antonel Boldan. Orquesta y Coro de la Ópera Nacional de París. Director de escena: Claus Guth. Director musical: Manuel López-Gómez.


Vía: www.codalario.comPor Aurelio M. Seco

Hay edificios que marcan el nivel de cualquier producción por sus características, para bien o para mal. Existen teatros inmensos como el Metropolitan de Nueva York, por ejemplo, que aún teniendo una interesante acústica no nos parece el lugar más adecuado para oír ópera por su tamaño. Por descontado que sitios como La Arena de Verona o el Festival de Caracalla en Roma son totalmente inapropiados para poder apreciar convenientemente un espectáculo lírico. En el primero las voces se oyen demasiado lejos, en el segundo, amplificadas. Ambos lugares son un sufrimiento para el que busca percibir algún matiz o detalle musical, u ofrecerlo. Para los artistas también, ya que al aire libre deben cantar más fuerte de lo habitual, forzando. No todos los países han exagerado al construir espacios para la música. La Sala Pierre Boulez de Berlín parece ir en la dirección contraria, hacia una mayor intimidad, lo que nos parece un acierto. En Francia, en París, hay de todo. La Philharmonie, con su bonita Sala Pierre Boulez, es un edificio lo suficientemente interesante como para programar un viaje. La belleza y agradable acústica del Palais Garnier también. El edificio de la Ópera de la Bastilla, sin embargo, no, ni por estética ni por acústica. Opéra Bastille, el teatro del pueblo, es una mole que da la impresión de haber nacido para ser el Metropolitan francés. El edifico es inmenso y ofrece un espacio interior tan amplio que la acústica se convierte en un auténtico problema para cantantes, orquesta y, sobre todo, el director musical que debe trabajar en él.

La cuestión acústica es importantísima. El director que no reflexione sobre las cualidades sonoras de la sala donde va a dirigir no es un buen director. No se trata de una cuestión secundaria, baladí, sino fundamental, y esto a pesar de que la mayor parte del público ni siquiera piense en ello cuando va a ver ópera o un concierto. Se va a un concierto porque es música clásica y, por lo tanto, cultura. Y ya está.

La “cultura”  es en el siglo XXI una religión para los ciudadanos, que acuden a los museos a conocerla e inspirarla –aunque no se sepa qué se conoce o inspira- y a las salas de conciertos a embeberse de “su espíritu”, nada menos. Los artistas son sus sacerdotes. Y así se acepta todo como un acto de fe, o navegando en un subjetivismo absurdo, o en un perjudicial idealismo.

En las últimas semanas en el contexto operístico europeo no se habla de otra cosa: La bohèmede La Bastilla. La producción cuenta con la dirección musical de dos venezolanos, Gustavo Dudamel y Manuel López-Gómez. A López-Gómez, el único al que vimos trabajar en París, ya hemos podido verle dirigir en Oviedo una Séptima sinfonía de Beethoven que no estuvo mal. La bohème, sin embargo, no salió bien.

Manuel López-Gómez ofreció una versión musical muy discreta de la obra, siendo generosos. Uno de los problemas vino por el volumen sonoro. Ya hemos sugerido que el edifico es un problema en sí mismo, hasta el punto de que sus defectos arquitectónicos nos parecen dificilísimos de corregir. Defectos que se perciben dentro de él, pero que obviamente uno no se encuentra cuando ve la función por la tele, el móvil o el ordenador. En La Bastilla la distancia entre el público y el escenario es tan grande que los cantantes deben proyectar con más fuerza de lo habitual. Por otro lado, la orquesta está bastante más cerca del público y el foso sobresale con generosidad por debajo del escenario, convirtiéndose en un auténtico muro contra los cantantes.

En la versión que pudimos ver el pasado día siete de diciembre los cantantes fueron tapados constantemente por el foso y acompañados con irregular acierto. Tampoco ofreció el director venezolano una perspectiva inspirada u original de la partitura. Sus virtudes se redujeron a marcar con diligencia las inflexiones de esta música genial que en sus manos nos pareció un tanto vulgar, demasiado fuerte, fría y poco calculada. No fue cálida, desde luego –y debería haberlo sido-, ni especialmente interesante la sonoridad de esta Orquesta de la Ópera Nacional de París en sus manos. Correcta; nada especial.

Es probable que este mismo reparto hubiera mejorado bastante sus prestaciones vocales en una sala más reducida, pero aquí el resultado simplemente no estuvo a la altura de una entidad que sin duda debe contar con mejores intérpretes. Bien es cierto que en el último momento canceló una de las estrellas, Sonya Yoncheva, según se explicó oficialmente, por indisposición. La voz de Nicole Car no fue lo que esperamos. Le faltó ductilidad para encarnar adecuadamente al personaje de Mimí. Además posee un fraseo peculiar, cuya finalidad parecía estar más diseñada para salir del paso de las dificultades escritas por Puccini que para emocionar con el papel. Le falta voz, sin duda, y enjundia lírica para La Bastilla. Lo mismo cabría decir del tenor. De voz insuficiente para el edificio y el enorme volumen orquestal, Atalla Ayan fue incapaz de abordar con seguridad los agudos de la obra, que sonaron inconsistentes, crispados, o no sonaron. Nos sorprendió ver al tenor brasileño cantar tan discretamente, pues estamos ante un artista que conoce bien la obra y que ha dejado versiones saludables de esta partitura.

La magia del famoso dúo de Rodolfo y Mimí al finalizar el primer acto (“O soave fanciulla”) se convirtió en un salir del paso rutinario en el que ambos cantantes eran incapaces –toda la noche- de concluir juntos algunos finales, lo que dio mala sensación. Sobre el escenario no hubo magia ni nada que se le pareciera. Ayan tampoco encontró el tono dramático de la obra; como para hacerlo vestido de astronauta. Fue un Rodolfo de voz y gesto exagerado. Aida Garifullinaencarnó a Musetta con acierto pero sin brillo. No está mal la voz, y posee un agudo esbelto y bonito, pero al fraseo le falta enjundia, brillantez, fantasía, naturalidad. Nos sorprendió en general la poca entidad de las voces, que seguro que no eran tan malas como lo parecieron pero que aquí se perdieron en el mar inmenso de este edificio grande pero no gran edificio, y en la Odisea peliculera inventada por Guth.

No resultaron mal los papeles de Marcello, Schaunard, Collin, Alcindoro y Parpignol, en manos de Artur RucinskiAlessio ArduiniRoberto TagliaviniMarc Labonnette y Antonel Boldanrespectivamente.

La puesta en escena de  Claus Guth es un delirio impresentable, una prepotencia indigna, un insulto a la inteligencia que hizo reír al público cuando la historia se volvía triste, y al revés. No entramos siquiera a intentar justificar esta ingenuidad relativista absolutamente subjetiva. La ópera, la música en general, debe responder a criterios de calidad objetivos, a conseguir un fin respecto a ciertos principios, dramatúrgicos, formales, sonoros…

Al final hubo pitidos y abucheos a la propuesta escénica, como también risas y murmullos durante toda la obra. Incluso hubo algún puntual defensor de la idea del director de escena. Todavía anteayer la soprano australiana Alexandra Hutton calificaba la producción de brillante en un tuit y a Guth de genio, nada menos. Una mujer sin criterio, Hutton, o necesitada de trabajo.

Fue injusto, desde luego, centrar lo negativo sólo en el director de escena alemán, pues la dirección musical y el reparto tampoco estuvieron a la altura. Pero al público de La Bastilla, al pueblo de París y a los que aprovecharon el puente para hacer turismo, les faltó criterio para hacer una enmienda a la totalidad. Nos pareció interesante el gesto final de un pequeño grupo de asistentes, probablemente italianos, que gritaron enfadados al director y al reparto: “¡Vergogna! ¡Vergogna!”, les gritaron.