Vía: pianoyforte.blogspot.ca | Por Geraldina Méndez

Si la belleza fuera la armonía entre las partes, no existiría la belleza de lo “no bello”. Hay muchas cosas terribles que son absolutamente hermosas. No son simétricas, ni “agradables” a la vista o al oído en el sentido tradicional de la palabra, no necesariamente “causan placer a los sentidos”. Las cosas más bellas chocan, impactan, impresionan.
Ante la belleza somos confundidos. Nos dejamos llevar por ella, así que tiene cierta cualidad estupefaciente. Médicamente, según el DRAE, el estupor es “disminución de la actividad de las funciones intelectuales”. Por eso es una entelequia que ante algo o alguien hermoso tengamos suficiente control sobre nuestras reacciones como para analizar la naturaleza de lo que nos perturba.
Por la belleza somos confundidos, llevados adonde no queremos pero adonde secreta y ardientemente deseamos. El ideal de la belleza es dado por la búsqueda de esa sensación intoxicante que puede llegar a ser incluso incómoda o dolorosa. Por eso nada más lejano de la belleza que ese balbuceo acerca de la estética.
El placer es un asunto totalmente distinto. Puede haber placer en el sufrimiento, y no solamente en el masoquismo. Oír una y otra esa música que conmueve hasta las lágrimas, ese dulce dolor ¿no es placentero? Sí existe una conexión entre la belleza y la búsqueda del placer, que roza lo prohibido. Cuando algo nos afecta tan profunda y animalmente tendemos a defendernos con eufemismos, en este caso el deplorable eufemismo de “lo bonito”.
Lo bonito es lo hermoso despojado de su mitad animal. Siempre que tememos algo le arrancamos su lado peligroso y lo reducimos a algo manejable. Nunca hay que subestimar el poder de la negación. Vidas enteras transcurren segadas, reducidas a “lo armonioso”, al rechazo de “lo negativo”. Se rehúsan al abandono, a la embriaguez.
Lo bello se caracteriza en primer lugar por su capacidad de conmover hasta el tuétano, por permear la consciencia hasta llegar a lo inconsciente. Hay en lo bello no necesariamente armonía en el sentido de simetría, pero sí claridad, como decía Pierre Boulez acerca de la buena interpretación de las obras contemporáneas: hay inteligibilidad. No necesariamente implica comprensión: es a veces la inteligibilidad  de lo inefable, y justo esa incapacidad del receptor de articular, ese “quedarse mudo” es uno de los dones más poderosos de la belleza. El otro es su capacidad de llevarnos a donde no necesariamente queremos ir pero quizás estábamos predestinados a hacerlo. Esa predestinación no es metafísica sino más bien matemática, como el resultado de una ecuación el cual se obtiene al simplemente ingresar unos datos y dejarlos transformarse al pasar a través de una ecuación para alcanzar la igualdad. En esta ecuación de la belleza somos introducidos pero al salir somos cambiados, convertidos. Y esa cualidad transfiguradora de la belleza es la que nos empuja a perseguirla obsesivamente en las obras de arte, como en el amor.
Lo bello impacta y su poder radica en la vibración de consanguíneas moléculas. El contacto con lo bello nos embellece de cierta manera, y de cierta secreta manera lo sabemos y desesperadamente lo anhelamos.
Lo bello intoxica y, como en ciertas ceremonias chamánicas, es una intoxicación catártica con la que sin darnos cuenta buscamos alguna clase de iluminación.