Vía: www.lanacion.com.ar/  Por Jorge Aráoz Badí | PARA LA NACION

La muerte de Kurt Masur, sucedida anteayer en los Estados Unidos, quiebra una línea doctrinaria de conducción orquestal iniciada hace 180 años en el Gewandhaus de Leipzig por Felix Mendelssohn, director de la orquesta entre 1835 y 1847. Fue Robert Schumann, que además de compositor ejercía como crítico musical, quien advirtió el cambio y afirmó: “Mendelssohn invirtió los roles. Quedó muy claro que para él lo importante no es el director ni la orquesta, sino la obra que se interpreta”.

Masur, fallecido a los 88 años, fue sucesor natural, fiel, perseverante e insobornable de Mendelssohn. No sólo impuso este criterio con fuerza de ley en la Gewandhaus, sino en todas las orquestas en que le tocó ser director estable (Filarmónica de Dresde, Komische Oper de Berlín Este, Nacional de Francia, Filarmónica de Londres, entre otras). Ser aceptado con ese perfil bajo del conductor resultó más difícil y menos convincente frente al público que con los colegas. Por ejemplo, cuando fue director de la Filarmónica de Nueva York, debió luchar contra las imágenes estelares de sus antecesores, Dimitri Mitropoulos, Leonard Bernstein, Zubin Mehta y Pierre Boulez.

En marzo de 2001, en la entrevista que este redactor tuvo con Masur en Nueva York, como enviado de LA NACION, fue evidente que tal actitud de modestia no se trataba de un rasgo excepcional del que se permitiera alardear. “Las orquestas son organismos vivos y así reaccionan. Yo traje mucho a la orquesta, pero la orquesta me dio a mí todo lo que tenía. Cuando dirijo música norteamericana, siento la sombra de Bernstein. Con Debussy y Ravel percibo la sombra de Boulez. Un director no cambia nada en una orquesta. Sólo agrega”, dijo.

Masur siempre fue un peleador ideológico. Como ciudadano de la extinta República Democrática Alemana, en 1989 se rebeló contra el poder político comunista y participó activamente en manifestaciones opositoras. Además, fue firmante de un manifiesto que se consideró decisivo para evitar una confrontación de consecuencias trágicas, como la que se produjo en la plaza Tiananmen.

En 1991, Masur fue convocado por la Filarmónica de Nueva York para suceder a Zubin Mehta, cargo en el que permaneció 11 años. Cuando se marchó, la crítica neoyorquina estuvo de acuerdo en que no sólo dejaba el título de director musical emérito, creado en su honor, sino también una orquesta impregnada de una mentalidad distinta de la que él había encontrado. De allí pasó a la Filarmónica de Londres y, en un par de años, al ejercicio simultáneo de la Nacional de Francia.

Es cierto que la formación de Masur se fraguó en una de las usinas principales del clasicismo y el romanticismo. Pero su vida artística siempre estuvo pegada a la movilidad. “Yo tengo un sello de tradicionalista y conservador a todo trance. No es justo. Me interesa mucho la música actual, hasta el último y más joven de los compositores. Cuando Leipzig estaba en Alemania Oriental tuve mis buenos problemas por incluir algunos compositores muy radicalizados en los programas de la Orquesta Gewandhaus. Pero no fui yo quien transigió”, dijo a LA NACION en aquella entrevista.

Masur nació en 1927. Desde hacía algunos años sufría del mal de Parkinson. En 2012 y 2013 tuvo un par de caídas que le ocasionaron fracturas de clavícula y cadera. Un hombre corpulento, de más de un metro ochenta, se vio confinado a una silla de ruedas. Así fue que se rindió, anteayer.