Vía: elmundo.es | JAVIER BLÁNQUEZ

El tenor alemán brilla como portento vocal (y también como actor) en el Covent Garden de Londres con esta producción dirigida por Antonio Pappano y David McVicar.

Jonas Kaufmann, en este punto de su carrera, ya no necesita demostrar lo bueno que es, sino lo lejos que puede llegar. Para subir al cajón más alto del pódium de los tenores en activo ha aprendido la mejor lección de Plácido Domingo, que no es tanto la de devorar repertorio sin descanso, sino la de hacer verdaderamente suyos a los personajes que interpreta, mimarlos, trabajar sus emociones con la paciencia de un escultor.

Kaufmann es carismático en la piel de Don José -volverá a cantar ‘Carmen’ a finales de marzo, en Nueva York; la segunda de sus cuatro apariciones operísticas en esta temporada que ha preferido centrar en los recitales de ‘lieder’- o en la de Cavaradossi, y últimamente se ha estado curtiendo en terreno ‘wagneriano’. A partir de ahora hay que añadir otro hito en su carrera: el dominio magistral del complicado papel de Andrea Chénier, el poeta revolucionario condenado a morir en la guillotina.

Hasta el 6 de febrero lo interpreta en Londres, en un total de siete funciones para las que ya no queda ninguna entrada, y en una producción lujosa a su medida. De hecho, esta nueva versión del drama de Umberto Giordano (1896) marca el pináculo de la temporada operística en el teatro del Covent Garden: no sólo la dirige musicalmente Antonio Pappano, cada vez más reservado para las grandes ocasiones -le sacó buen brillo a la partitura, acentuando el lirismo y moderando los momentos ‘forte’-, sino que de la escena se encarga el meticuloso David McVicar, que añade a su currículum una nueva producción de las que impregnan la retina con opulencia y precisión histórica.

No es la primera vez que McVicar y Kaufmann trabajan juntos. Hace pocas temporadas el tenor ya estuvo a las órdenes del director escocés, también en Londres, en una detallista y deslumbrante ‘Adriana Lecouvreur’ (Francesco Cilea) que también pasó por el Liceu de Barcelona. Se le da bien el verismo a McVicar: estas óperas de época, trágicas y abundantes en la acción, le permiten elevar decorados inmensos, encargar un vestuario exuberante para nobles, siervos y ‘sans-culottes’, obsesivamente fiel al periodo, y llenar el escenario de extras, ‘atrezzo’ y hasta un número de ballet de enorme belleza en el primer acto.

Pero, por encima de la artesanía, está la gestión del drama. Kaufmann es un cantante imperial, pero lo verdaderamente complicado de ‘Andrea Chénier’ no es tanto la parte vocal -exigente en los duetos con la soprano, pero sin alardes en las arias-, sino su evolución psicológica. A las órdenes de McVicar, Kaufmann se multiplica como actor, le da vida a un personaje de gran riqueza, pero que puede volverse muy plano si se afronta con desidia -es lo que medio ocurrió en el pasado Festival de Peralada, cuando Marcelo Álvarez decidió poner el piloto automático-.

En aquella función en Peralada, precisamente, Eva-Maria Westbroek tenía que haber cantado el papel de Maddalena de Coigny -canceló a última hora, este año está anunciada para ‘Otello’-. Enorme pérdida: la soprano holandesa también demuestra galones en esta producción de Andrea Chénier, sosteniendo a Kaufmann en los duelos del segundo y cuarto acto, logrando un escalofrío breve pero decisivo en su aria memorable, ‘La mamma morta’. Si se trata de voces, el montaje del Covent Garden las tiene: el barítono Zeljko Lucic (el héroe revolucionario Carlo Gérard) se llevó tantos aplausos como Kaufmann, el coro brilla en sus breves apariciones, los secundarios aportan color y tensión.

La crítica inglesa se ha rendido a los pies de David McVicar y Jonas Kaufmann, aunque parece echar en falta algo de dramatismo, esa pasión huracanada propia de la ópera verista. Pero ‘Andrea Chénier’ no es como ‘Tosca’ o ‘Pagliacci’: los personajes no son manojos de emociones incontrolables, sino que están perdidos y confundidos en un momento histórico que les sobrepasa, que les obliga a tomar decisiones vitales sin tiempo para pensarlas. Tanto Chénier como Maddalena viven en esa línea afilada que separa el amor y el miedo, hasta que al final deciden morir juntos para amarse por siempre. La producción de McVicar potencia esa sensación de ofuscación y la rodea de adornos, pero entre el barroquismo crecen también unas gigantescas emociones, humanas y sinceras. Se han alineado los mejores astros del momento en Londres y el resultado es un acontecimiento operístico de primera magnitud, inolvidable.