La mayoría de los niños de estas aulas huyeron desde Afganistán, aunque gran parte de ellos provienen también de Siria, Irak y Somalia.


Vía: www.sistemaengland.org.uk  | Por Rey Trombetta Director de Comunicaciones y Proyectos El Sistema Inglaterra
Traducido por Luis Contreras | Licenciado en Idiomas Modernos | Profesor de la ULA |

 Ellos conocen bien qué es una guerra, saben bien qué significa caminar por varios días, semanas e incluso meses, escondiéndose de las patrullas fronterizas, viajando hacinados con más de cincuenta personas en un barco o quizá veinte en un mismo vehículo, incluso ocultándose bajo las plataformas de los camiones. Sin embargo, la música es algo que ellos conocen realmente muy poco.

Todos ellos se inscribieron para recibir clases de música luego de la escuela en Angered, un suburbio de Gotemburgo, ya que muchos otros niños han estado hablando sobre esta nueva orquesta. El director venezolano Ron Davis Álvarez se presenta a sí mismo y a un gran grupo de profesores voluntarios. Ellos dan una breve presentación y demostración de cada uno de los instrumentos y los estudiantes sonríen amablemente, quizá preguntándose si todo esto sea parte de la cultura occidental a la cual ellos están destinados a asimilar.

Luego Ron dice: “quizá algunos de ustedes reconocerá esta música” e interpreta Sultan Qalbam, una canción del compositor afgano Ahmad Zahir. La expresión de los jóvenes refugiados cambia inmediatamente. Las sonrisas son gigantescas, con los ojos bien abiertos sus cabezas asienten, las lágrimas brotan y algunos de ellos comienzan a cantar. Ron inmediatamente los atrapa.

“Si desean hacer música este es el trato”, explica. “Confío absolutamente en que ustedes pueden tocar un instrumento. Si ustedes además tienen fe absoluta en ustedes mismos, entonces ya están adentro”. Tan pronto como todo esto fue dicho, todos se amontonaron alrededor de una lista para escribir sus nombres y unirse a la Orquesta de Sueños de El Sistema Suecia. Un joven alto con una gran cabellera afro se acercó a Ron y le hizo prometer que para la próxima vez que se reunieran debería interpretar también alguna pieza musical de Somalia.

Por la tarde, la orquesta estaba ensayando en una iglesia de Gotemburgo. Una chica de 15 años proveniente de Kabul aparece. Ella había estado insistiendo a su amiga chelista para que lo llevara hacia él. Ron le hace entrega de un chelo. Yo le enseño cómo sostener el arco pero la mayor parte de todo que aprende durante el día de hoy se debe a su amigo que se sienta junto a ella y le explica cuáles cuerdas tocar y en qué momento debe hacerlo.

“En este momento no se trata de la técnica”, me comenta luego Ron. “Esta parte se trata de hacer que ellos se enamoren de la música”. Y esto es exactamente lo que sucede. El director de uno de los hogares donde viven muchos niños refugiados se ha visto en la obligación de guardar bajo llave los instrumentos cada noche a la hora de dormir ya que muchos de ellos no dejaban de tocarlos y de experimentar con ellos.

Al día siguiente, la chica nueva se presenta en el ensayo con otra amiga que también desea unirse. Luego de eso, al otro día, ella ya estaba tocando en el primer concierto de la orquesta. Antes de la presentación Ron se dirige al grupo diciendo: “No quiero algo bueno, quiero algo sorprendente. Y sorprendente no significa no cometer errores. Todo esto se trata del sentimiento y la pasión”. Sentimiento y pasión fueron justamente los elementos que emanaron de la agrupación.

El repertorio está concebido para que los jóvenes intérpretes se sintieran parte de una familia global. Ellos interpretaron el himno Now The Day Is Over, la Oda a la alegría de Beethoven, la canción afgana que Ron ejecutó aquel primer día en la escuela, una canción tradicional esquimal, un merengue venezolano y una pieza sueca que celebra la amistad. Los niños de un coro local le hicieron compañía.

Hablé con algunos de los refugiados luego de la presentación. Luché contra la tentación de preguntarles sobre sus países de origen y sus travesías hacia Suecia porque sé que es un tema doloroso para ellos y que además ya lo han agotado durante los últimos días en conversaciones con un reportero del diario New York Times quien está escribiendo un artículo sobre ello. Sólo me limité a preguntarles qué significa la orquesta para ellos y cómo se han sentido luego de su primera presentación.

Zara (17), una flautista de Irak, admite que estaba aterrada. “Comencé apenas hace una semana, ¿cómo es posible que haga una interpretación en un concierto? “¡Este es un sueño hecho realidad!”, comentó. Ahora que sabe que estaba preparada para este reto, se sentirá cada vez más segura de sí misma y la próxima vez no estará igual de nerviosa.

Amir (17), un violinista de Afganistán, dice que al principio temía no poder tocar un instrumento: “Parecía algo muy difícil.  Ahora amo la música y, además, me encanta mi nueva familia”.

Mostafa, (17), un chelista de Afganistán, expresó: “Sólo espero que un día yo tenga la oportunidad de ayudar a los demás a través de la música”.