Vía: www.lavanguardia.com | Por:MARICEL CHAVARRÍA

El director musical del Liceu compagina su faceta de forjador de buenas orquestas con su prestigiosa actividad internacional | “De joven me costeé los estudios haciendo arreglos para discos de Marina Rossell o Raimon”

Josep Pons, el director de musical del Liceu, empezó su vida artística haciendo arreglos en discos de Raimon y de Marina Rossell. Era su forma de pagarse los estudios en tiempos de la Cançó, tiempos de los que recuerda con cariño aquel Perquè no s’apagui l’aire, del grupo Coses, o aquel álbum que le dedicó Miquel Àngel Tena al poeta Màrius Torres. “Era una onda muy onírica con la que descubrí la poesía”, confiesa.

En este mundo tan cambiante, no hay que cerrarse ninguna puerta. Pons compagina ahora diferentes facetas: se ha labrado una sólida carrera como fabricante de buenas orquestas (en esa labor está ahora inmerso en el Gran Teatre) y al mismo tiempo cuida su prestigio internacional como director. Su decisión de aceptar el cargo en el Liceu no obedecía a un anhelo de ser profeta en su tierra, sino a una responsabilidad para con el teatro de ópera de su ciudad, de su país, el buque insigne de la cultura catalana, por mucho que la crisis se empeñe ahora en empequeñecer su papel.

Pero Pons también podría haber optado por alguna de las ofertas que le llegaban al mismo tiempo desde importantes orquestas sinfónicas de Suiza, Francia, Bélgica o Alemania. Sin embargo, había un trabajo que hacer y optó por por servir de nuevo de “forjador” de orquestas.

“Es la tarea que me ha tocado hacer en España, aquí he sido un sembrador, y lo he hecho en con mucho gusto y cariño”, dice tomando un café con La Vanguardia en un bar del Eixample barcelonés. “Pero al mismo tiempo no he dejado de trabajar con orquestas de primer nivel en Europa”.

Pons, que dirige entre 60 y 80 conciertos al año -“el médico me ha dicho que he de bajar de peso”, confiesa mientras saca una foto en la que aparece, junto a su esposa, con unos cuantos kilos menos de peso-, llega ahora de Birmingham, donde ha debutado con éxito al frente de la magnífica Sinfónica de la ciudad, la misma que lideró Simon Rattle antes de ser titular de la Filarmónica de Berlín.

“En Europa no lo saben si soy forjador o no. Para ellos soy un director de su parroquia y ya está, y es extraordinario cómo te reciben los músicos”.

Lo cierto es que tras una década con la Orquesta de Granada (a petición de los propios músicos) y otra con la Nacional de España -un conjunto que llevaba 15 años sin aceptar un nuevo director-, los titulares de la prensa en España se repetían: “Pons deja a punto de caramelo la orquesta para el que llegue”.

“A ver cuándo me toca a mi ser recolector”, bromea.

No fue el Liceu la primera ópera en reclamarle. Ya en el año 2000, Mario Messinis le ofrecía la titularidad musical de la Fenice tras verle dirigir La vida breve de Manuel de Falla. Y más tarde sería Stéphane Lissner -actual director de la Ópera de París- quien le quisiera para la nueva orquesta del Teatro Real, una aventura que se truncó al dimitir el intendente por desencuentros con la política.

Paralelamente, ha dirigido a las grandes formaciones europeas, desde la Staatskapelle de Dresde, con la que acudió al festival de Potsdam, a la Orquesta de la BBC, con la que ha labrado una sólida relación: desde el verano pasado ha estado con ella en tres ocasiones: en los Proms, grabando un disco y luego en el Barbican.

¿Mucha actividad sinfónica pero poca ópera? “Eso no tiene nada que ver”, dice. Y argumenta: “Riccardo Chailly, por ejemplo, es el titular de la Gewandhaus de Leipzig pero no dirige ninguna ópera allí. Christian Thielemann lo es de la Staatskapelle de Dresde y con ellos hace una serie de diez conciertos sinfónicos en Salzburgo. Esa es la tarea con la que mejora la orquesta y de eso se trata. Mi paso por el Liceu no tiene tanto que ver con cuántas óperas hago sino con construir una orquesta de calidad”, esgrime.

Pero si de algo se siente orgulloso este músico que comenzó en la Escolania de Montserrat y luego pasó al Conservatori donde estudió dirección con Antoni Ros Marbà y composición con Josep Soler, para luego dar el salto con Fabià Puigserver y crear la Orquestra de Cambra del Teatre Lliure, es de haber fundado -junto a Roser Trepat- la Jove Orquestra Nacional de Catalunya, la Jonc.

“El mundo de la música está mejor que nunca, con músicos y orquestas muy bien preparados. En el Liceu, para una plaza de flauta hemos recibido 200 solicitudes”, comenta. “Y si la historia de la música en España da un giro no es por la creación de nuevos auditorios, que son magníficos, sino cuando Edmon Colomer crea la Jonde en España, diez años antes de que creáramos la Jonc. Eso abre los ojos a muchos jóvenes que se dan cuenta de qué es el trabajo en conjunto y quieren formar parte de una orquesta. Y se ve también en las audiciones de la Jonc. Cada año se presentan centenares de músicos, son más jóvenes y mucho mejores. Algo impensable cuando comenzamos”.

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