Es amigo de famosos, como Dustin Hoffman, y compartió camarín con Britney Spears. Es uruguayo, nació en 1938, tiene ocho premios Grammy en su haber. El próximo jueves 2 de junio será declarado Ciudadano Ilustre de Montevideo, en una ceremonia que tendrá lugar a las 11:30 en la Sala Delmira Agustini del Teatro Solís.

Vía: www.elpais.com.uy | CARLOS REYES

Una semana después, el jueves 9 a las 19:30, subirá al podio al frente de la Orquesta Filarmónica de Montevideo, en la sala principal del Solís, en un espectáculo a beneficio de la Fundación Amigos del Teatro Solís. La velada tiene por título La edad de oro de Hollywood; el maestro habló de eso y más con El País.

—¿Qué significa ser Ciudadano Ilustre de Montevideo para usted, que ha recibido tantos premios?

—Un honor enorme que no merezco. No tengo detalles de qué significa recibir este reconocimiento, que me imagino que es algo importante. Pero sea como sea, no creo merecerlo. Sí, es cierto: tengo tantas nominaciones al Grammy (45), que dejé de ponerlos en mi apartamento, porque quedaba mal, eran demasiados. Quedaba como esos consultorios de doctores llenos de diplomas, buscando dar mayor jerarquía. Lo que sí sigo guardando son las estatuillas del Grammy, porque ocupan muy poco lugar y son muy atractivas. Pero en realidad para mí los premios no significan nada en especial.

—¿Qué premio para usted es el más significativo?

—Bueno, en el caso de los Grammy, lo que tienen de especial es que son dados por mis colegas: hay más de 20 mil miembros con derecho a votar en la American Recording Academy. Y votan artistas de todos los géneros: rock, pop, jazz, clásica. Y que los colegas voten por uno es una gran satisfacción.

—Y este nuevo premio se lo otorga Montevideo, su ciudad natal. ¿Qué le dio esta ciudad a su carrera?

—Muchísimo: lo más importante en la vida son los primeros años, cuando se forma el carácter. Y esos primeros 16 años que pasé en Montevideo fueron esenciales en todo sentido. Desde la formación de la personalidad, y también desde el punto de vista técnico. Tuve la suerte de tener grandísimos maestros: Carlos Estrada, Vicente Ascone y Guido Santórsola. Todo ese vínculo no se puede borrar.

—En Montevideo también inició su carrera como director…

—Yo empecé a estudiar violín un poco tarde, a los nueve. Pero a los 10 u 11 años decidí ser director de orquesta. Y fui a ver al ministro de Cultura, el gran musicólogo Lauro Ayestarán. En esa época los chicos de esa edad usaban pantalones cortos: me presenté ante él y le dije que quería organizar una orquesta juvenil. En esa época todavía no existía en toda América del Sur la idea de las orquestas juveniles. Ayestarán me dio todo su apoyo, y una carta que me permitía faltar al liceo, para poder ir por todos los liceos de Montevideo, buscando muchachos y muchachas que tocaran instrumentos. Y el primer concierto fue en el Paraninfo de la Universidad. A esa edad todo es posible: me acuerdo que le escribí al presidente Luis Batlle Berres, lo invité al concierto. Y vino con todo su gabinete; se sentaron en el escenario del Paraninfo. Hay una foto muy linda de ese, mi primer concierto.

—Y ahora, su próximo concierto en Montevideo, va a ser todo con música de películas. ¿Cómo nació esa idea?

—La idea de ese programa fue del Teatro Solís y su Fundación de Amigos. Ellos se enteraron de que yo había hecho un concierto muy fuera de lo común para mí, en el Royal Albert Hall, de Londres, una sala para siete mil personas, con músicas de películas. Y fue un éxito enorme: y ahora se decidió repetir ese programa, en beneficio del Solís. Se trata de un teatro extraordinario, pero tiene cosas a corregir: falta un sistema electrónico para las luces, para que cada vez que se repita un espectáculo, las luces funcionen automáticamente, y no manualmente, que además es más fácil que haya un error y no salga bien. Son gastos para los que el Solís no tiene fondos.

—¿El programa es igual al que dio en Londres al frente de la Royal Philharmonic Orchestra?

—Es parecido al de Londres, pero ha evolucionado: ahora incluye otras cosas para hacerlo más atractivo a un público más general. Hacemos algo de la película Vértigo, compuesta por Bernard Herrmann, el compositor favorito de Hitchcock. Y creo que también la música de El Padrino, de Nino Rota, una melodía extraordinaria, de esas que se reconocen enseguida.

—También hacen Un americano en París, de Gershwin, un compositor muy vinculado a su carrera…

—Sí, yo soy muy amigo de la familia Gershwin. Hace 15 años, la hermana de Gershwin me llamó, y yo pensé que era una broma. No la conocía, y tenía una voz muy quebrada: casi cuelgo el teléfono. Y me pasó con su hijo, quien me explicó que esa señora, de 96 años, quería que yo dirigiera el concierto del centenario del nacimiento de su hermano George, en Londres. Y grabar el disco oficial de la familia Gershwin celebrando el centenario. Quizá por esa relación tan particular que tengo con la familia Gershwin le pareció a la organización del concierto incluirUn americano en París.

—¿Qué singularidades presenta para un director de orquesta la música de películas?

—La música para una película tiene que ser un elemento más: si llama demasiado la atención sobre sí misma, no tiene la función que tiene que tener en la película, que es crear la atmósfera. Ahora, hay casos excepcionales, como Alexander Nevski, de Prokofiev: él la compuso junto con el director del filme, compás por compás, ambos trabajaron juntos. Eso es excepcional. En general se da de modo diferente: una película puede demorar en filmarse desde una semana a tres meses, y luego el compositor tiene que escribir la música en tres días.

—En el ambiente de la música clásica, ¿se ve como un género menor la música para películas?

—Si hay prejuicio no me preocupa, no me molesta. El prejuicio podría ser por considerarla música ligera, pero hay miles de partituras, incluyendo la de Prokofiev y Shostakovich. En la llamada “época de oro” de Hollywood, de los años 30 a los 70 y pico, hay algunas partituras extraordinarias, de nombres como Miklós Rózsa y Max Steiner. Por otro lado, ahora es muy común los conciertos con música de películas. Ya no hay más prejuicios. Simon Rattle hizo hace poco un concierto similar al mío con la Filarmónica de Berlín, yendo hasta compositores de 1980 y más. Hay cierta música de películas que tiene tanto valor que puede ser tocada en conciertos sin la película: pero no siempre. Ahora, en los últimos diez años, hay mucha música para cine que son efectos sonoros. No hay melodía, no hay armonía, es electrónica.

—¿Usted trabajó junto a Dustin Hoffman?

—Sí, yo tuve el gusto de componer la música de su primera película, antes que él filmara El Graduado. Es un largometraje que ahora se conoce poco, The Star Wagon. Una gran película, y con presupuesto muy pequeño; lo grabé con música del Sodre. Yo estaba en Montevideo, lo compuse en dos días: lo copié a mano y lo grabamos en el escenario del antiguo Estudio Auditorio, con músicos de la Ossodre. Y Dustin y yo somos amigos desde esa época: vivimos cerca en Londres, donde tengo uno de mis apartamentos.

—Hablando de famosos, ¿usted compartió camarín con Britney Spears, una artista que no tiene mucho que ver con su música?

—Eso fue cuando dirigí en los Grammy, donde muy rara vez ponen algo clásico. Fue hace como 10 años, y a los artistas los ponían en orden alfabético, por eso fue que Spears y Serebrier quedamos juntos. Y como a toda esa gente le asignaban guardaespaldas, tuvimos los mismos guardaespaldas ella y yo: dos hombres enormes. Yo intenté decirles que no necesitaba, pero me dijeron que era obligación.

—¿Cómo recuerda usted aquel Montevideo de su infancia y adolescencia?

—Fue una gran suerte para mí todo eso: había mucha cultura, muchos conciertos, mucho interés en el arte. Esa es la memoria que yo tengo: un gran ambiente musical. Era una época de mucho crecimiento de la cultura, un renacimiento, un gran auge. Tuve la gran suerte de nacer en Uruguay en esa época de oro, de cultura, y de paz. Me considero muy afortunado por todo eso.

Una batuta peligrosa y una noticia que acaparó a la prensa del mundo.

“En una época no usaba batuta. Ahora uso porque dirijo bastante ópera, y ayuda a los cantantes, que están a distancia. La batuta es una extensión del brazo, y a ellos les permite seguir mejor mis movimientos. No la uso en conciertos con bastantes pasajes líricos: pero sí en obras que requieren velocidad y mucha rítmica”, explica Serebrier al abordar un tema que un día le dio amplia notoriedad más allá de la música: el accidente que tuvo con su propia batuta.

“Fue una de las pocas veces que salí en las noticias de todo el mundo, incluso en la revista Time. Yo estaba dirigiendo en Ciudad de México, y tenía coro detrás del público. Y en un momento le di la señal al coro y no entraron, no me vieron, porque era muy grande la distancia. Y la batuta entró en mi mano izquierda. Lo que pasa es que la batuta normal es de madera, y si uno la empuja en la mano, se quiebra, no hay problema. Pero esa vez mi equipaje no había llegado de Pittsburgh, y en México me compraron una batuta de fibra de vidrio. Y en un ensayo se quebró, y al quebrarse se convierte en una especie de navaja. Y entró en mi mano y salió por el otro lado. Los músicos abrieron los ojos enormes, y había mucha sangre, sobre todo sobre mi camisa blanca. La noticia no fue tanto eso, sino que yo no dejé de dirigir. Faltaban dos minutos para terminar la obra. Sin parar de dirigir, con la mano derecha, sin perder el ritmo, quité lo que quedaba de batuta de mi mano: no sentí nada, no hubo dolor. Cuando terminó el concierto, el dolor fue enorme. A la semana siguiente, el gran director Georg Solti tuvo un accidente semejante en el Metropolitan. Pero fue peor: se hirió en el ojo derecho. Y tuvo que parar. Y enseguida llamaron al New York Times, y les dijeron que eso pasaba cada semana, que ya no era noticia. Y un mes después me encontré con Solti en un aeropuerto, y me dijo: usted me ganó por una semana”.

Una función a beneficio del Solís.

El jueves 9 de junio, a las 19:30 en el Teatro Solís, se llevará adelante el concierto “La edad de oro de Hollywood”, un programa compuesto por El Padrino, de Nino Rota, y partituras de Bernard Herrmann, de la películaVértigo. También Un americano en París, de Gershwin y El motín del Caine, de Max Steiner. Luego del intervalo, vendrá El moscardón, de Shostakovich, del que se interpretará la Obertura, Contradanza, Fiesta Popular, Romanza, Nocturno, Escena y Final. La velada será a beneficio para obras en el Teatro Solís. Las localidades se venden en Tickantel y valen $ 800 y $ 500.