Vía: www.mgmagazine.es/

No es sólo un músico ni sólo un especialista –seguramente, el mayor del mundo– en música antigua. Jordi Savall lleva más de cuatro décadas dedicado a recuperar el patrimonio musical de la humanidad.

Jordi Savall (Igualada, 1941) es un sabio de los de antes. Un erudito. Un humanista. En sus trabajos hilvana retales de historia, literatura, filosofía, arte… y así confecciona proyectos que van mucho más allá de las músicas de una época. Con su viola de gamba cuenta vidas ajenas, lejanas; narra viajes, exilios, huidas; habla de épocas de convivencia entre culturas, de enriquecimiento, de tolerancia y paz; y de épocas de guerra, de dolor y enfrentamiento; pone en contexto conflictos antiguos.

Su trabajo ha valido al investigador e intérprete de música antigua numerosas distinciones, entre las últimas el Leónie Sonning, considerado el Nobel de la música. En el 2014 celebró los 40 años de la fundación del conjunto Hespèrion XXI, de música antigua con instrumentos históricos, y 25 de Le Concert des Nations, una orquesta de música barroca.

En octubre pasado recibió la medalla de oro de la Generalitat de Catalunya, por su trayectoria musical y su contribución a la cultura. Y ese mismo mes rechazó el premio Nacional de Música, otorgado por el Ministerio de Cultura, alegando el menosprecio y desinterés de la Administración por la música y los músicos. Aunque de ese episodio que levantó polémica, Savall no quiere hablar más. Asegura que es agua pasada.

Jordi Savall

Jordi Savall

A pesar de que su agenda da vértigo, con más de 150 conciertos al año en medio mundo, confiesa que no se cansa nunca de tocar. Dice que la música regenera y nutre.

¿Cómo surgen sus proyectos, como por ejemplo Balkan. Miel y sangre. Los ciclos de la vida, que editó el año pasado, en el que contó con la colaboración de músicos de los Balcanes y que recoge músicas tradicionales de esa zona?

Cuando se cumplieron 20 años del terrible asedio de Sarajevo, celebramos un concierto en el Festival Grec de Barcelona al que invitamos a músicos de los Balcanes. Fue entonces cuando comencé a investigar y me di cuenta de que era una zona de la que sabemos muy poco y que cuenta con una extraordinaria riqueza cultural que procede de haber estado aislada durante 500 años. Allí no hubo ni Renacimiento, ni barroco, ni Ilustración, ni tampoco guerras. Sólo tolerancia. En los Balcanes convivían en paz musulmanes, ortodoxos, cristianos, judíos. Esa situación ha hecho que se haya conservado un patrimonio mucho más antiguo y auténtico que el nuestro; porque las distintas capas del progreso, que es fantástico, comportan la pérdida de otras cosas que estaban antes. Los Balcanes son un buen ejemplo de cómo durante toda la historia del ser humano se ha producido un enriquecimiento entre civilizaciones, un intercambio cultural que ha ayudado a gestar el nacimiento de nuevas cosas. Y eso es en lo que conviene profundizar y lo que hemos intentado hacer en el proyecto de los Balcanes, reflexionar sobre esta riqueza y mezcla de culturas tan diversas.

Sin embargo, a veces, la cultura no se usa para enriquecer, sino como arma contra el otro.

Eso no viene de la cultura, sino del interés político o económico. El conflicto aparece cuando uno quiere apropiarse de la riqueza o del terreno de otro y lo excluye; cuando hay una falta de aceptación, de respeto a que el otro tiene también unos derechos. Sarajevo es el caso más típico. Era el Jerusalén de Europa, una ciudad en que la que habían convivido durante siglos ortodoxos, cristianos, musulmanes, judíos y siempre había funcionado muy bien. Pero eso para los fanáticos serbios era un insulto. Ellos veían esa diversidad no como una riqueza, sino como un peligro.

Parece que la historia se repite una y otra vez.

Es cierto, y hay cosas tan absurdas… Por ejemplo, España es el único país de Europa y del mundo en que no se toca el laúd. ¿Sabe por qué? Pues porque en la reconquista rompió relaciones con el mundo árabe, y el laúd es el instrumento árabe por excelencia. Aquí se construyó otro, la vihuela de mano, que lo imitaba, pero era hispánico.

Escuchar sus discos es zam­bullirse en la historia, ­una constante desde hace muchos años en sus trabajos. ¿Por qué?

Me gusta pensar que podemos ayudar a comprender la historia de cada momento. Y para eso necesitas textos y cronologías, informaciones, imágenes. Es curioso, porque en algún momento de la historia de la música se empezó a pensar que era suficiente por sí misma. Que no hacía falta nada más, sólo escuchar. Eso sería impensable en una exposición en un museo, donde no sólo te muestran los cuadros, sino que también te explican el contexto del artista, cómo hizo aquellos cuadros, qué significado tuvieron. En este sentido, los músicos somos una especie de museos vivientes de la música. Cuando haces música antigua y tocas instrumentos antiguos debes hacer investigación. Debes aprender todo lo que pasaba en aquella época, cómo vivía la gente, qué función tenía la música, dónde y cómo se tocaba y cantaba. Porque la música es la verdadera historia viviente del ser humano. Y un viaje en el tiempo; al escuchar una canción de un periodo concreto, viajas a aquel momento, vives la emoción que se vivía entonces.

¿Cómo recupera el patrimonio musical de las diferentes regiones? ¿Viaja a la zona?

Cuando puedo, sí, aunque suelo trabajar mucho con microfilmes. Hace un tiempo, por ejemplo, estuve en Puebla (México) y había tanta música interesante que me llevé partituras en estas microfichas que ahora todavía estoy revisando. A veces también me envían piezas. Una vez unos americanos me mandaron un rollo de microfilmes que habían encontrado en Texas de música española antigua. Y unos amigos de Turquía me dieron un volumen que se acababa de editar de música tradicional turca, a partir del cual empecé a trabajar en el proyecto que editamos (se levanta, parsimonioso, y se desliza entre estanterías bajas de libros hasta llegar a un gran escritorio, lleno de partituras, toma un libro con suma delicadeza y lo trae y muestra, lleno de anotaciones y señales). Es un libro editado en facsímil y su transcripción. ¡Mire qué compases! 48×4, 16×4, 88×4… Muchos no existen en nuestra música y son estructuras rítmicas muy complejas. Me pasé dos años estudiando, tocando e intentando entender estas músicas; y al final, invité a músicos turcos a Cardona (Barcelona) y nos pasamos una semana tocando juntos. Pensando.

Sorprende ver en sus conciertos a tanta gente joven.

Es lógico. Porque la música antigua es a menudo novedosa. La descubres muchas veces en el mismo concierto y aporta una relación rítmica y melódica muy intensa, que hace que te entre de forma muy directa. Además, muchas de las músicas que hacemos están ligadas a las tradiciones populares, a la música popular que es, en esencia, música superviviente.

¿Superviviente?

Fíjese, ha sobrevivido a los años sin tener nombres famosos, a veces incluso sin partituras. Y también ha ayudado a la gente a sobrevivir. Imagine a un sefardí expulsado de España en 1492 que llega a Estambul, a un mundo que no conoce, buscando un hogar. Al llegar la noche, se pone a cantar sus oraciones, sus canciones, para así intentar recobrar la paz, la esperanza. Lo mismo les ocurre a los irlandeses que se mueren de hambre y deben marchar a Estados Unidos; un día se encuentran en San Francisco, en un pub, y comienzan a tocar tres violines y a bailar sus danzas. Y en aquel instante la música les aporta la sensación de estar a salvo; en casa. Todas aquellas culturas en que hay una música fantástica son las que han tenido que sobrevivir en condiciones difíciles.

Aquí las músicas tradicionales orales…

¡Se han perdido ya prácticamente! Hoy en día pocos niños serían capaces de cantar cinco o seis canciones tradicionales catalanas o españolas. Nos hemos quedado sin lazo con la tierra. Y si se las saben, las cantan de manera poco natural. Es una lástima, la influencia de los medios globales hace que perdamos el aprecio por nuestras cosas y que estemos deslumbrados por el mundo. No nos percatamos de que cuanto más globales son la vida y la sociedad, más importante resulta que recordemos nuestras raíces e identidad.

Para grabar sus álbumes, huye de los estudios. ¿Prefiere la sonoridad que le aporta una iglesia?

Lo que de verdad importa para todas las músicas es que cantes y toques con emoción. Porque sin emoción no hay memoria. Y esa es la razón por la que yo hago los discos bajo unas circunstancias muy concretas. Grabamos en la colegiata de la iglesia románica de Sant Vicenç de Cardona; es un museo y cierra a las seis de la tarde, lo que quiere decir que como pronto comenzamos a grabar a partir de las siete o las ocho de la tarde y estamos hasta bien entrada la madrugada. A veces, incluso hasta primera hora del alba. Cuando estás a las dos o las tres de la mañana tocando, extenuado, tienes que poner lo que los franceses llaman un suplement d’âme, un suplemento de alma, porque el cuerpo ya está cansado. Y ese alma es lo que tú sentirás cuando escuches aquella música. Es un sacrificio que da buenos resultados. Grabas en condiciones de trabajo intenso, de completa compenetración con la música y el espacio. Y estás allí, cansado, pero te gusta lo que haces. Y entonces se produce un dramatismo, una belleza que viene del sufrimiento. Es como parir algo, que siempre es doloroso, porque crear es doloroso, aunque también liberador y te hace sentir maravillosamente bien. Además, cuando lo vives con un conjunto de personas, es realmente fabuloso.

Buena parte de la música que interpreta es religiosa. Es más, descubrió su vocación en el coro del colegio religioso en el que estudiaba. ¿Qué tal se tomaron eso sus padres, republicanos?

Mi padre era republicano, pero cuando fue el momento de mandarme al colegio, consideró que la mejor opción que había en Igualada, donde nací y crecí, eran las Escuelas Pías. Y eso que él no era creyente. Pero sí era una persona con mucha sensibilidad y rápidamente entendió que a mí me gustara de pequeño cantar en el coro del colegio. De hecho, cuando decidí estudiar violonchelo, él fue el único que me comprendió. Era el año 56 o 57, yo apenas tenía 15 años y en aquel entonces todos los músicos de Igualada se habían quedado sin trabajo, desde el cuarteto de cuerda que tocaba en el casino, hasta los pianistas del cine. En el momento en que aparecieron los tocadiscos y los altavoces, a ellos ya no los necesitaban.

Ay, la tecnología.

Por aquel entonces, yo estudiaba en el conservatorio y un día al llegar, había un cuarteto de cuerdas ensayando el Réquiem, de Mozart. ¡Era bellísimo! ¿Cómo podía aquella música hacerte sentir tanta, tanta emoción? Y de todos los instrumentos que había allí el que más me gustó era el violonchelo. Sin decir nada, estuve meses trabajando y ahorrando y cuando tuve suficiente dinero, me fui a Barcelona y me compré un instrumento de segunda mano. Lo llevé a casa y la primera nota fue horrible. Pero al poco rato conseguí hacer algo bello. Sentí por primera vez en la vida que el esfuerzo que hacía daba un resultado.

Pero abandonó el violonchelo por la viola de gamba, un instrumento antiguo.

¡Aquello fue la locura total! Me decían: “¿Has estado nueve años de tu vida trabajando en el violonchelo y ahora quieres dejarlo para comenzar otra cosa?”. Pero no me influyó. Siempre he decidido por intuiciones muy fuertes y hasta ahora nunca me he equivocado. La viola de gamba aprendí a tocarla de forma totalmente autodidacta, aunque… lo cierto es que detrás hay una buena historia. ¿Quiere que se la cuente?

¡Adelante!

En una ocasión fui a Santiago de Compostela a hacer un curso, y el profesor, sorprendido, me dijo: “Pero Jordi, ¿por qué tocas estas partituras con el violonchelo si están pensadas para viola de gamba?”. Y aquí viene la gran casualidad de mi vida. Me apunto en la agenda volviendo en el tren hacia Barcelona “buscar una viola de gamba” y al llegar recibo una llamada de Ars Música: “¿Te interesaría tocar una viola de gamba?”. Me quedé de piedra. Y claro, dije que sí. Luego descubrí que había sido cosa de Montserrat Figueras (quien después se convertiría en su esposa), que en aquella época también estudiaba en Ars Música. Me había oído tocar alguna vez a Bach y me recomendó para un concierto de este autor. Fue así como empezó todo. Porque Bach componía para viola de gamba.

Después se marchó a Suiza, junto a Montserrat Figueras.

Empecé a tocar la viola en 1965 y después de tres años, aquí ya no podía estudiar más. Entonces descubrí una escuela en Basilea, solicité entrar y me cogieron. Durante dos años estudié perfeccionamiento. Y me quedé a vivir allí. Tres años más tarde mi maestro se jubiló, convocaron un concurso para ocupar su plaza, y lo gané. Y estuve allí hasta 1993. Dedicarte a la música antigua en el centro de Europa es otra cosa. Basilea está cerca de Francia, Italia, Bélgica, Alemania. Y eso me facilitó que como músico joven me empezara a ganar rápido la vida. Enseguida tuve oportunidades, me di a conocer. Fue mucho más fácil que si me hubiera quedado en España.

Y eso que cuando empezó era la época dorada del pop…

Pero es que cuando arrancamos éramos un conjunto muy original. Hacíamos música sefardí, antigua ¡con sandalias y una túnica india! Claro, enseguida tuvimos cierto éxito, aunque eso del éxito es relativo, porque con música antigua no son públicos muy grandes. Pero discográficas europeas querían grabar con nosotros.

Incluso consiguió desbancar con su música antigua al mismísimo rey del pop.

Aquello fue una enorme sorpresa. Sucedió con la banda sonora del filme francés, delicioso, Todas las mañanas del mundo, en que la viola de gamba es protagonista. Era una historia muy bonita, y la sorpresa fue que la música entusiasmó a la gente joven. Y fue tan impresionante que al tercer mes de estrenarse la película estábamos en el top ten de las listas. Y eso que eran músicas supertristes y melancólicas. Y sí, compitió en las listas de los más vendido con el mismísimo Michael Jackson. Qué locura, ¿verdad? Y sin embargo, es así como a veces las cosas funcionan. Con algo de locura. Porque en el fondo todos necesitamos un brie de follie para hacer cosas bellas. Si no estás un poco loco para arriesgar, no creas belleza. Y este ha sido el leitmotiv de toda mi vida. “Sin utopía ninguna actividad verdaderamente fecunda es posible” –lee una frase del libro del proyecto Balkan–. Aunque buscar una cosa utópica conlleve que no la consigas nunca, el hecho de buscar es muy enriquecedor y te mantiene vivo.°