Vía: www.lavozdegalicia.es  | Por BEGOÑA ÍÑIGUEZ

A los 82 años, el bilbaíno Joaquín Achúcarro, uno de los pianistas más importantes del mundo, derrocha vitalidad, sencillez y la enorme sabiduría del profesor que transmite en cada tecla su maestría y amor por la música. Tras 55 años de carrera, tocando en los más prestigiosos escenarios del mundo, acompañado de los mejores directores y cantantes, conserva la humildad de los grandes que a pesar de tener un don único mantienen los pies en el suelo. En una entrevista concedida en Lisboa, antes del estreno de su ciclo en el Teatro Nacional São Carlos, habla de sus recuerdos de Galicia (ha tocado en A Coruña, Santiago y Vigo) de la amistad con el exalcalde compostelano Xerardo Estévez y de los agradables momentos pasados con el expresidente de la Xunta Manuel Fraga. Aunque si hay algo que le mantiene vivo es el amor por su mujer, la también pianista Enma Jiménez. «Ella me motiva para seguir trabajando en mi fundación y en la cátedra de la Universidad de Dallas», dice. A pesar de vivir en EE.UU., Achúcarro se siente muy querido en su tierra, en donde ha logrado los más importantes reconocimientos profesionales.

-¿Cómo encara este ciclo en el Teatro Nacional São Carlos?

-Con mucha satisfacción. Es un nuevo reto. Me siento muy honrado de que se haya programado un ciclo con mi nombre y de volver a actuar, aquí, en Lisboa. Había estado hace años en la Fundación Gulbenkian y ahora lo haré en el São Carlos, hasta el 17 de abril, con la Orquestra Sinfónica Portuguesa y un talento tan sublime como el de la joven directora Joana Carneiro. Cada actuación, de las cuatro programadas, va a ser diferente. Tocaré a Beethoven, Brahms, Liszt, Sibelius, Ravel, Stravinski, Rachmaninov y al portugués Eurico Carrapatoso.

-¿En qué momento decidió ser pianista?

-Desde muy joven lo tuve claro, aunque no se lo planteé a mis padres hasta terminar el bachillerato. El 3 de mayo de 1946 di mi primer concierto con la Orquesta Filarmónica de Bilbao, con 14 años. Ese día decidí que quería ser pianista. Aunque el camino no fue nada fácil. Tuve que pasar 13 años muy duros de formación en Francia, Alemania, Italia e Inglaterra. Todo cambió en 1959 cuando gané el Concurso Internacional de Liverpool, vencido un año antes por Zubin Mehta en la categoría de director. A partir de ese momento, se me abrieron las puertas de los mejores teatros del mundo y he podido trabajar con Monserrat Caballé o Plácido Domingo y a las órdenes de Claudio Abbado, Sir Colin Davis, Mehta o Yehudi Menuhin, entre otros.

-¿Qué papel juega en su éxito su mujer, la pianista Enma Jiménez?

-Un papel decisivo. Yo tengo una auténtica obsesión y adición por el piano, pero lo que mueve al artista son los sentimientos, el amor. Enma y yo llevamos juntos toda la vida. Le propuse casarnos en 1959, después del premio de Liverpool. Casi siempre me ha seguido en esta dura vida de pianista. Ha recorrido conmigo más de 60 países y cientos de escenarios, desde el Carnegie Hall, el Royal Albert Hall de Londres, el Teatro alla Scala de Milán, el de la Ópera de Sídney y tantos otros. Todo ello compaginándolo con nuestros dos hijos y con su propia carrera. Ella fue una niña prodigio. A los 13 años ya había terminado su carrera de piano y mantiene el récord en España por haberla finalizado tan pronto.

-¿Cuántas horas dedica usted al día al piano?

-Es una pregunta muy difícil de responder. Los artistas somos nómadas, un día estamos aquí y dos días después al otro lado del mundo. Cuando estoy en Dallas, en mi cátedra de la universidad y en mi fundación, intento levantarme a las 6 de la mañana y practicar dos horas. Después de mis clases intento arañar, al menos, otras dos horas. Aunque depende de los días y de la agenda de conciertos. Para un artista es fundamental la constancia y el tesón.

-¿Cree que es profeta en su tierra? ¿No echa de menos España?

-Aunque me siento muy español, estoy muy contento de vivir en Estados Unidos desde hace 25 años. Valoran mucho la música, a pesar de la idea equivocada que tenemos los españoles sobre ellos. Saben emplear el dinero para la cultura. En Dallas, en mi cátedra, formamos a los mejores. Además, en el 2008, un grupo de personas crearon una fundación con mi nombre para preservar mi obra. Lo que más me gusta es que llevamos a promesas españolas y mis alumnos actúan en España. Sí que me siento profeta en mi tierra, ¿Qué más puedo pedir? Tengo el Premio Nacional de Música, la Medalla de Oro de las Bellas Artes, la Gran Cruz del Mérito Civil y, por si fuera poco, soy vasco universal e hijo predilecto de Bilbao.

-¿Cómo valora al público gallego?

-Galicia es uno de los lugares donde me siento más respetado artísticamente, además del cariño y la hospitalidad sincera allí recibida. Guardo en mi memoria las actuaciones en A Coruña, Santiago y Vigo. Soy amigo del exalcalde de Compostela Xerardo Estévez, un gran melómano. También recuerdo los agradables momentos pasados, en torno a una buena mesa, con el expresidente de la Xunta, Manuel Fraga.

-¿Qué planes de futuro tiene?

-Seguir trabajando, escuchando música, seguir aprendiendo e ilusionándome por lo que hago. Si todos comenzáramos el día escuchando a Mozart seríamos mucho más felices.