Ha tocado en 62 países, obtenido grandes éxitos y apura cada día como un debutante. Aún recuerda lo que cenó una Nochebuena en Viena, cuando era estudiante: una salchicha

Vía: www.hoy.es | Por CÉSAR COCA

He llegado a una edad en la que todo parece que pasó ayer». Joaquín Achúcarro sonríe con sus ojos claros y hace un gesto de incredulidad. A los 83 años, sigue dando conciertos, conociendo nuevas orquestas y auditorios, aprendiendo obras que nunca antes ha tocado y apurando cada día con la ilusión de un debutante. Hace unas semanas, le comunicaron algo que da una idea de lo que han sido su carrera y su vida. Y de lo que sigue siendo: lleva acumuladas más de 5 millones de millas náuticas solo en vuelos de las compañías de Oneworld. Dado que en ocasiones viaja en otras aerolíneas y que esa contabilidad no se hacía al comienzo de su carrera profesional, no es descabellado pensar que andará cerca de los 7 millones, lo que equivale a dar más de 300 veces la vuelta al mundo. La cifra apabulla, pero no es lo único superlativo en su balance: ha dado conciertos en 62 países y está tan ocupado que su sueño es «ir una semana a Madrid y dedicarla solo a hacer turismo, a visitar museos y cafés y pasear». El pianista bilbaíno contempla una naranja de uno de los árboles del pequeño jardín de su casa con la mirada de quien aprecia la vida sencilla y los pequeños detalles y se dispone a contar sus primeros recuerdos.

– Fue el día del bombardeo de Bilbao, en la Guerra Civil. Yo estaba malo y mi madre se puso muy nerviosa. Me envolvió en una manta y bajamos al sótano de casa. Es la primera imagen que tengo. Sé que antes tuve una bronquitis muy grave, tanto que estuvo a punto de no haber Achúcarro.

Pasó parte de la Guerra en Francia. ¿Cómo fue esa estancia?

– Salimos de aquí en un torpedero alemán que cogimos en Mundaka y pasamos diez meses en San Juan de Luz. Mi hermano y yo fuimos a una escuela donde cantábamos canciones en francés. Aún recuerdo una… (y canta el estribillo).

Cuando acabó el Bachillerato, tuvo dudas entre el piano y la Física.

– Aquello fue una estupidez. Pero la Física estaba muy de moda: Einstein, la bomba atómica… Se hablaba de eso más que nunca. Fui a muy pocas clases de Física y enseguida me decidí. Entonces tampoco pasaba muchas horas tocando el piano. He ido aumentando el trabajo a medida que le he visto las orejas al lobo.

Debutó como profesional a los 21 años en la Sociedad Filarmónica de Bilbao. Y le dijeron que pusiera usted mismo el precio de su recital.

– Para cuando debuté ya había ganado algún concurso, pero no sabía qué cantidad decirles. En realidad, no quería cobrar, pero insistieron. Y pedí una peseta. Me dieron una de plata.

¿Cómo eran entonces los viajes?

– Le voy a contar: cuando fui a Siena, cogí el ‘pullman’ en Bilbao e hice noche en San Sebastián. Por la mañana, tomé el ‘topo’ hasta Hendaya, donde me subí a mediodía en un tren que me dejó en Ventimiglia a las ocho de la mañana del día siguiente. Desde allí, otro tren hasta Empoli y llegué a Siena por la tarde. Unas 36 horas. Así que cuando me preguntan si se me hacen largos los viajes de doce horas hasta Dallas me río. Cuando di mi primer concierto en Oviedo, cogí un tren en Bilbao a las siete de la mañana y llegué a las diez y media de la noche.

¿Qué hacía un muchacho de veinte años o poco más durante esos viajes interminables y luego cuando llegaba a destino?

– Ahora es todo más fácil porque te están esperando y ya tienes reservado el hotel. Antes no era así. Recuerdo haber ido alguna vez a Nueva York y haberme puesto a buscar hotel en el aeropuerto. Y me han pasado cosas peores: una vez, en Suiza, me pasé de estación. Me bajé en la siguiente, pero como ya no había tren de vuelta tuve que caminar por la vía durante una hora o más, cargando con la maleta.

Recuerdos luminosos

Para llegar a su casa desde la carretera es preciso caminar por una empinada cuesta que Achúcarro sube en bicicleta. Él no sabe de esas prohibiciones rigurosas que los agentes imponen a los artistas jóvenes para tratar de evitar lesiones. Ningún pianista juega hoy al tenis, porque los codos sufren mucho, pero él lo hizo en su juventud, y si lo dejó fue más bien «porque lo hacía mal». En Siena nadaba en la piscina de la residencia donde vivían los alumnos de la Academia Chigiana. Allí conoció a Zubin Mehta y a Andrés Segovia, «que era muy divertido y tenía un pensamiento profundo». Esa época, la de Siena y más tarde su estancia en Viena, están pobladas de recuerdos que califica de «luminosos».

Alguna vez ha contado que su cena de Nochebuena el año que estuvo en Viena fue una salchicha. ¿Nunca se planteó que, siendo hijo de una familia acomodada, podría haber emprendido una carrera más fácil y lucrativa?

– Lo de la salchicha fue así. Y no solo eso: vivía en una habitación alquilada. Pasaba frío, era un estudiante pobre que apretaba los dientes porque me parecía que estaba haciendo algo que luego daría sus frutos. Y nunca quise que mi familia me financiase.

En su segundo viaje a Viena tuvo la compañía de su esposa. ¿Cómo la conoció?

– Antes de conocerla ya tuve referencias de ella a través de una carta de mi padre. Yo estaba en Madrid, en esa época en la que estudiaba -es una forma de decirlo- Física, y al tiempo seguía clases de piano con José Cubiles. Mi padre me contaba que en un concierto en el conservatorio había escuchado a una niña llamada Emmita que le había impresionado. Luego la conocí yo y también me impresionó, claro. Tuvimos maestros comunes y coincidimos en Viena y Salzburgo.

En gran medida, el suyo sería un noviazgo epistolar.

– Nos cruzamos un montón de cartas, sí.

Se casaron tras ganar usted el concurso de Liverpool.

– Me presenté a ese concurso porque pensé que quizá fuera el último tren y no podía perderlo. Regresé a Viena para preparar mi participación y estudié nueve horas al día durante cuatro meses. Mi jornada era: tres horas de piano, café y salchicha, otras tres horas de piano y siesta de media hora, y otras tres horas de estudio y salir a cenar. Pasaba por la casa donde Emma vivía y normalmente cenábamos todo un grupo de estudiantes, entre ellos Claudio Abbado, Zubin Mehta, Martha Argerich… Eran unas cenas baratas pero muy divertidas.

Vida familiar

Ríe al recordar que aprendieron portugués en aquellos cuatro meses porque la pensión en la que vivía Emma estaba ocupada por unos músicos brasileños que eran puro bullicio y que luego fueron grandes figuras de la bossa nova. También hablan francés, inglés, alemán, italiano y algo de ruso. «Desgraciadamente, nada de euskera», explica. En aquellos meses, la ayuda de Emma que tocaba al piano la parte de la orquesta para hacerle el acompañamiento, fue crucial. Como lo ha sido luego, acompañándole en casi todos los viajes, organizando su carrera y su vida y aportando criterio sobre obras y conciertos.

¿Cómo llevaron sus hijos que sus padres estuvieran tanto tiempo fuera?

– Han tenido padres ausentes pero abuelos presentes. Los padres de Emma lo fueron también para ellos. Luego, cuando empecé a dar cursos en Siena, un par de veranos alquilamos una villa y nos fuimos allí toda la tribu, porque también estaban la hermana de Emma y su familia.

¿Y qué dicen ahora sus nietos? Seguro que los abuelos de sus amigos no están continuamente viajando por todo el mundo.

– Estamos fuera, sí, pero ahora es todo distinto. Mandas mensajes por whatsapp continuamente, hablas por teléfono, te ves por el ‘skype’… Nada que ver con lo que pasaba antes cuando estaba de viaje. De todas formas, están muy orgullosos de sus ‘atípicos’ abuelos.

Hablando de lo que pasaba antes. ¿En qué ha cambiado el momento de salir al escenario? No será igual ahora que cuando lo hacía cincuenta años atrás.

– No ha cambiado mucho. Hay veces que sales como un toro; otras vas nervioso y se te pasa en cuanto te sientas al piano. O sales muy tranquilo y tocas muy mal…

¿Impresiona más una sala enorme o lo que de verdad genera tensión es un público muy entendido, aunque esté en una sala pequeña?

– Obras de manera distinta en cada caso. Ante un gran público, suelo decirme a mí mismo: «Haz las cosas lo mejor que puedas». Una vez, en el Avery Fisher Hall de Nueva York, estaba muy tenso antes de salir al escenario a tocar el cuarto concierto de Rachmaninov con Zubin Mehta y la New York Philharmonic. Al pasar junto a un espejo me quedé mirando y mi reflejo me dijo: «Esto es lo que habías soñado, ¿no?».

¿Qué hace justo antes de salir a tocar?

– Procuro estar concentrado al cien por cien, hago ejercicios para aumentar el riego sanguíneo en los brazos, caliento los músculos.

¿Se ve al público desde el escenario?

– A mí me gusta verlo, por eso pido que no apaguen del todo las luces de la sala.

Si usted solo toca en la primera parte del concierto, ¿qué hace en la segunda? ¿Se sienta a escuchar o se va al hotel?

– Me quedo a escuchar el resto del concierto. Busco un asiento libre entre el público y me instalo allí. Si también toco en la segunda parte, en el descanso me retiro al camerino y procuro seguir concentrado.

¿Se duerme mejor tras un concierto que sale muy bien o después de uno no tan bueno?

– Duermes peor si crees que lo has hecho mal. Pero un día de concierto no te acuestas antes de las dos de la mañana. Yo suelo leer algo de poesía o una novela antes, y me meto a la cama con el libro. Ahora mismo estoy con Juan Ramón.

Confiese: ¿cuántas veces le han dicho sus hijos que debe pensar en retirarse o al menos dejar de dar tantos conciertos?

– A veces, de forma un tanto superficial, aparece algo así en la conversación. ¿Ir reduciendo el número de conciertos? Tengo firmados contratos hasta finales de 2017 y el problema es que me apetecen todos, así que no sabría decir que no si tengo un hueco en mi agenda. Sé que en algún momento tendré que dejarlo, pero no me lo planteo. El cuerpo te va diciendo que te cansas más, pero lo aceptas y sigues.

¿Si tuviera que viajar solo ya se habría planteado dejarlo?

– Puede que me diera más pereza, por supuesto. Emma casi siempre va conmigo, pero cuando no lo hace suelen ser viajes de tres o cuatro días a los que no puede ir porque tiene algún asunto pendiente. En esos casos procuro mantener las rutinas. Y hacer ejercicio físico y dormir, que son esenciales para estar en forma.

¿Se plantea batir el récord de Horszowski, que se retiró con 99 años?

– Aspiro a durar lo más posible, pero me parece un récord difícil de igualar.

La difícil posteridad

Lo dice con una sonrisa y recuerda que su admirado Rubinstein dejó los escenarios a los 89 años. La conversación vuelve por un instante a un pasado lejano: el del día que conoció al pianista polaco. «Era divertidísimo. Me recibió en su casa de Marbella un poco a regañadientes porque había oído a muchos ‘chicos con talento’ -era lo que le habían dicho de mí- que luego no lo tenían». Achúcarro tocó para él una sonata de Schubert, la Fantasía de Schumann, unas piezas de Chopin y luego le pidió que le escuchara «algo de Ravel», que finalmente fue el ‘Scarbo’ de ‘Gaspard de la nuit’. Tras aquel recital privado fue Rubinstein quien actuó, pero no tocando el piano: «Comenzó a imitar a algunos grandes músicos, como Ravel o Marguerite Long, y nos reímos mucho».

¿Qué le pide a la vida?

– Seguir. Seguir tocando el piano y teniendo amigos. Muchos se han ido, otros han dejado de serlo, pero hay nuevos. Acaban de hacerme un homenaje en Dallas, donde han participado muchos de mis antiguos alumnos y eso me ha apabullado.

¿Cómo le gustaría ser recordado?

– Es que supongo que no lo seré. Hace muchos años, Gregory Peck estuvo en mi universidad de Dallas dando una charla a los estudiantes de Teatro y contó muchas cosas de Hollywood. En un momento dado se refirió a Gary Cooper y preguntó si alguno de los asistentes sabía quién era. Silencio total. Si verdaderos ídolos como él han sido olvidados, comprenderá que a la posteridad yo le daré igual.

Siempre quedarán sus grabaciones, como quedan las películas de Peck o de Cooper.

– A Busoni, cuando fue a grabar su primer disco, le dio un ataque de ansiedad pensando en la posteridad. Él ha llegado a ella, pero otros muchos no lo han hecho. No sé cómo me gustaría que me recordaran. Que hagan lo que quieran porque además a mí ya me dará lo mismo.

La conversación debe terminar. Ha caído la noche y él ha quedado a cenar con unos amigos. Aún hay tiempo para algunos recuerdos, para una última anécdota de una vida rebosante de ellas. La protagoniza su padre, una persona relevante en el Bilbao de su tiempo. Cuando Achúcarro se preparaba para su debut, algunos conocidos le paraban por la calle para comentarle, extrañados, si su hijo estaba loco, «porque quería ser pianista en vez de abogado, médico o ingeniero». Tras ganar el concurso de Liverpool, era él quien se detenía a hablar con aquellas mismas personas para comentarles con orgullo que su hijo había logrado «lo que Hitler no había podido hacer: poner un pie en Inglaterra».

el 1 de noviembre de 1932 en Bilbao. Dio su primer concierto a los 15 años. Ya había conseguido varios premios, pero ganar el concurso de Liverpool en 1959 fue el espaldarazo definitivo a su carrera.

Además de su importante carrera como concertista (aún hoy sigue ofreciendo alrededor de 80 conciertos al año), es profesor en la Universidad metodista de Dallas. Ha grabado una treintena de discos y DVDs, el último con la Filarmónica de Berlín dirigida por Simon Rattle. Tiene una grabación pendiente de ver la luz.

países son los que ha visitado para ofrecer conciertos. Ha tocado con más de 200 orquestas y casi 400 directores, y tiene en su repertorio sesenta conciertos para piano y numerosas obras solo para teclado. Está en posesión de varias distinciones: premio Nacional, medalla de las Bellas Artes, académico de San Fernando, comendador de la orden de Isabel la Católica y otras.