Jaime Martín lleva unos años despuntando en varios frentes: es el director titular de la Gävle Symphony Orchestra y de la Orquesta de Cadaqués, director artístico del Festival Internacional de Santander e invitado asiduo en los principales escenarios europeos. Hablamos con él en Madrid, con motivo de su estreno al frente de la ORTVE y del lanzamiento de su nuevo disco en ONDINE. 


Vía: www.beckmesser.com | Por Mario Muñoz Carrasco

Empezando por el principio… ¿Por qué te decides a dar el salto a la dirección? Porque la vida como flautista no parecía tratarte mal…

No ha sido por frustración, desde luego, todo ha seguido un cauce muy natural. Disfrutaba mucho haciendo lo que hacía, tanto en la época de Academy of Saint Martin in the Fields como en la Royal Philharmonic Orchestra. En la distribución de cámara de la Saint Martin hubo una época en que iba de gira como solista para hacer conciertos de cámara, y recuerdo que estar ahí, frente a la orquesta, no era algo traumático. Se trataba de hablar con mis colegas de lo que me gustaría que hicieran musicalmente. No era la primera vez que me sentía atraído hacia el mundo de la dirección pero tal vez antes no era el momento. Reconozco que de alguna manera secreta he estado estudiando dirección toda la vida, porque siempre he tenido mucho contacto con los directores que con los que he trabajado. Hablaba mucho con ellos, tenía bastante curiosidad por la parte psicológica. El caso es que cuando llegó la oportunidad, todo fue una secuencia de casualidades: alguien me pidió dirigir una orquesta de jóvenes y a partir de ahí… llevo cuatro años dedicándome a esto en exclusiva, con la suerte de haber podido dirigir aquellas orquestas de las que formé parte.

Supongo que el hecho de haber vivido tanto tiempo en Inglaterra ha convertido a las orquestas británicas en un rito de iniciación lógico…

Bueno, he andado por muchos sitios. Estuve en Holanda estudiando durante seis años y fue fantástico, en el Conservatorio de la Haya. Yo hacía flauta moderna cuando aquello era la meca del movimiento historicista y claro, tocar un instrumento moderno casi te daba vergüenza. Barthold y Sigiswald Kuijken, Tom Koopman, Gustav Leonhardt, Eduardo López Banzo… estaban todos allí. Aquella mixtura me enriqueció mucho, porque me di cuenta de que en el problema de la interpretación cuenta más el cómo que el con qué. Obviamente los instrumentos de determinada época ayudaron a encontrar sonoridades distintas, pero puedes escuchar un Bach fantástico al acordeón y uno horroroso con violín barroco.

En cualquier caso, ya sea aquí o en Inglaterra el camino del director de orquesta es largo y sinuoso…

Esta es la primera vez que vengo a Madrid, pero tampoco me preocupo. Soy un caso un poco raro. Cuento con la ventaja de haberme movido durante muchos años en este mundo y, aunque sea relativamente nuevo en esto, tampoco me dan miedo las orquestas. No pienso “es demasiado pronto para esta orquesta”. Cuanto mejor sea la orquesta, más a gusto me siento… y no porque no me guste trabajar el sonido sino porque estoy acostumbrado a un perfil determinado de ensemble en el que sé hasta dónde puede llegar. Otra cosa es que luego haga yo el ridículo o no [risas]. Obviamente con el tiempo aprendes cosas y mejoras, pero tampoco me preocupa demasiado porque la dirección de orquesta es un arte en el que no se puede atajar. No puedes intentar ser otro, lo tienes que hacer tú a tu manera y a tu ritmo. No se puede pretender ser otro más que un rato. Y eso se nota.

¿Qué tomaste prestado por el camino de quienes te dirigieron?

Parto de la base de que haber visto el mundo orquestal tantos años desde dentro me da una perspectiva cuando menos ventajosa, pero nadie me dio un manual de instrucciones. Todos somos un festival de influencias. La medida de los ingredientes es la que hace a cada persona diferente. Decides guardar esta frase, esta idea… En este sentido si me preguntas cuál es mi influencia, la verdad es que cuando estoy dirigiendo no estoy pensando en una persona concreta, creo que soy yo. No creo que tenga nadie presente, al menos de forma consciente. Me siento yo mismo. Otra cosa es que haya personalidades que te impresionen. Abbado hablaba únicamente tres minutos en cada ensayo de tres horas porque no tenía nada que decir. Muy elegante con sus gestos, con el fluir de la música, y su manera de hacer le funcionaba. Harnoncourt se situaba en el extremo contrario de la balanza: hablaba mucho y llegábamos algo justos a los conciertos, pero también lo hacía funcionar en su estilo. Hace unos años me impresionaba mucho Zubin Mehta, porque siempre me ha parecido alguien muy generoso con la música. En una entrevista que le hicieron en España le preguntaron: “Maestro, ¿cuál es el secreto para ser un buen director?”. Y respondió: “Saber seguir a una orquesta”.

¿Notas arquetipos diferentes en los músicos según las nacionalidades de las orquestas que diriges? ¿Te cuesta conectar más con las orquestas de según qué lugares?

Cada país es distinto. Al final, una orquesta es un reflejo representativo de la sociedad a la que pertenece. El trabajo, por poner un ejemplo, con las orquestas inglesas es más de fit-in. O sea, cada músico tiene una función dentro del grupo, se busca el encaje, no hay concertinos de último atril. No quiero decir con esto que aquí los haya, simplemente que allí está especialmente mal visto. La idea de grupo está muy desarrollada, sobresalir es casi vulgar. En los conservatorios, si alguien gana un concurso y de repente graba un disco de solista, es el final de su personalidad artística. Alguien que intenta ser un solista nunca entra en una orquesta, por eso no hay muchos solistas ingleses. Si de repente el concertino hace un arco que no estaba escrito, instantáneamente y sin mediar preguntas, los músicos van anotando los cambios en cadena hasta el último atril. Sin embargo en los países mediterráneos la contribución de cada persona es más importante. Es como somos. Y si nos movemos por otra Europa, por ejemplo la Filarmónica de Berlín, veremos una orquesta de solistas que no es para nada un desastre. Su primer ensayo es un caos absoluto pero allí se celebra la mejora. Son cuestiones culturales que hay que aprender a respetar.

¿Te sientes más cómodo con la figura de director invitado o con la de director artístico?

Ambas me atraen. El vínculo contractual con una orquesta a largo plazo te permite luchar contra los prejuicios que los músicos creamos demasiado pronto. La ventaja de tener tiempo para desarrollar un proyecto es que nos vamos conociendo, y no hay que empezar desde el principio cada vez, explicando qué tipo de sonido me gusta o por lo que voy a luchar cada semana. En el caso de la orquesta que dirijo habitualmente, la Gävle Symphony Orchestra, me encuentro en una situación muy peculiar. Gävle es una ciudad sueca con apenas cien mil habitantes. No hay muchas orquestas que la gente conozca, tampoco las giras de las grandes agrupaciones recalan allí… pero el nivel es fantástico. Son músicos excepcionales, con un ambiente de trabajo muy agradable. Llevamos juntos cuatro años y aún dura la luna de miel, con muchos proyectos discográficos y giras en la agenda, algo que hasta hace poco no pasaba.

Por otro lado, el trabajo con orquestas de un director por semana tiene su propia problemática. Ahí estamos hablando de una actitud distinta donde tienes que convencer a un grupo de gente de hacer algo que quizás no sea lo que ellos hubieran hecho de manera natural. Es decir, tienes que sugerir, no puedes exigir, porque al final no lo tocas tú, lo tocan ellos. Cuando estás en una orquesta hay directores por los que te tirarías por la ventana si ellos te lo pidieran. Para conseguir ese tipo de relación tienes que elegir muy bien por qué cosas luchar, buscar una dirección. Yo creo que es importante no ser muy dogmático, porque nada es para siempre y cada persona ha de sentir en su fuero interno que lo que hace es importante.

No parecen enfoques sencillos de compatibilizar, máxime cuando también comparten su tiempo con la dirección artística de otras instituciones como el Festival Internacional de Santander. ¿No está muy de moda esa figura del gestor-director? Pablo Heras-Casado, Cristóbal Soler…

Hay que saber estar en el lugar que a uno le corresponde, yo únicamente soy director artístico del Festival. No me preguntes por cuestiones técnicas o días de permiso de los trabajadores, las desconozco todas. Mi figura es otra y ahí los directores tenemos acceso a una realidad que nos da una visión privilegiada. Pero no acepté el puesto hasta que no estuve seguro de encontrar a una persona con la que sintiera que podía llevar a cabo el proyecto, que fue la que es hoy la directora ejecutiva, Valentina Granados.

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