Vía: ABC.es | JULIO BRAVO

El prestigioso ciclo de grandes orquestas, que celebra su 45ª temporada, ha perdido este año 800 abonados, lo que le deja un agujero de un millón de euros

Alfonso Aijón (Madrid, 1931) no ha dejado de viajar un solo año a la cordillera del Himalaya desde hace medio siglo; ha cumplido ya ochenta y cuatro años. No es extraño que las cumbres no le asusten. En 1970, animado por alguno de sus amigos –un tal Daniel Barenboim, un tal Zubin Mehta, un tal Claudio Abbado…– creó en el casi desértico panorama de la música española Ibermúsica, un ciclo de grandes orquestas que celebra actualmente su 45ª temporada. Por ella han pasado las más importantes formaciones del mundo junto a los mejores directores y solistas del panorama internacional: desde Leonard Bernstein a Carlo Maria Giulini o Sergiu Celibidache, de la Filarmónica de Viena a la Orquesta del Royal Concertgebouw de Amsterdam.

En estos cuarenta y cinco años, Alfonso Aijón presume de no haber pedido nunca una subvención. Ahora, el futuro de Ibermúsica está amenazado por negros nubarrones. «Hasta hace cuatro años la temporada estaba siempre vendida a través de abonos: llegamos a los 4.800 abonados, y había lista de espera. Y siempre se renovaban automáticamente. Pero este año se han dado de baja ochocientos, lo que supone casi un millón de euros de agujero». No es, dice, la primera vez que se encuentra en bancarrota: «Sería la tercera vez; lo he superado hipotecando mi casa, y gracias a eso salvaba la temporada. Ahora no me dan nada, y la he puesto en venta».

Sus amigos le decían a principios de temporada que devolviera el dinero a los abonados y lo dejara. «Pero, después de cuarenta y cinco años, con 4.000 personas que me siguen fielmente y que pagan precios altísimos –porque es un ciclo muy caro–, yo no podía dejarlo. Tampoco podía cancelar los contratos con las orquestas, así que decidí apechugar, vender la casa y terminar la temporada. Y en eso estoy».

«Nunca pedí subvenciones»
«Desde Franco a Rajoy, nunca he pedido una subvención –repite–, nunca. Por coherencia. Creo que el dinero que los presupuestos generales destinen a la música debe ser para la educación, para las orquestas que hay, pero no para espectáculo musical. El problema es que ningún gobierno, del color que sea, ha apoyado la música como debía hacerlo. Yo admiro a los deportistas, y aplaudo el apoyo que ha tenido el deporte por parte de los distintos gobiernos, que ha hecho que existan unos deportistas fabulosos y un público que para mí lo quisiera. El público del deporte es entusiasta, generoso, son capaces de viajar para ver un partido de tenis o de baloncesto; pagan tanto como en uno de mis conciertos, y están encantados. Y son miles; eso se debe a una política de cincuenta años de protección al deporte. Que me parece perfecto. Pero es una lástima que no hayan hecho lo mismo con la música, con la cultura en general, para fabricar esos públicos enormes. Y eso se está pagando ahora: el público de la música clásica son los señores de pelo blanco. Y se están muriendo o no pueden salir de casa. No ha habido una renovación. Las colas que daban la vuelta a la manzana, o la gente que hacía noche aquí en la puerta del Teatro Real para comprar una entrada para uno de los conciertos de Ibermúsica, no volverán a repetirse».

Dice Alfonso Aijón que la solución está en la educación: «Los conciertos para jóvenes, y sé que lo que voy a decir es políticamente incorrecto, no sirven; los jóvenes, fisiológicamente, prefieren saltar y participar durante dos horas en un concierto de rock que estar dos horas sentados en un auditorio escuchando música clásica; no tienen concentración. Y eso se corrige llevando la música a la escuela, que esté presente desde párvulos».

Gran oferta musical
No se escuda Alfonso Aijón en la crisis económica para explicar el descenso en los abonos de Ibermúsica: «No solo es eso –dice–; en Madrid la oferta musical es ahora enorme. Y los aficionados, incluso los más fieles al ciclo, no quieren hipotecarse a meses vista cuando pueden escoger un concierto concreto, un recital de otro ciclo… Es un paraíso falso; como aficionados se están autodestruyendo, porque sin abonos los empresarios y los promotores no podemos programar».

Cuando Alfonso Aijón creó Ibermúsica –tras diez años fuera de España, en lo que él denomina «mi autoexilio»– no había un solo ciclo de orquestas sinfónicas. España era un páramo. Hoy, asegura, la calidad de formaciones como la Orquesta Nacional de España, bien dirigidas y gestionadas, se ha convertido en otro de sus «obstáculos». «Antes no traían a los directores que traen ahora –Nagano, Eisenbach, Bychkov, Marriner…–, y no puedo competir con sus precios. Si el Estado lo hiciera siempre bien, nosotros, los promotores privados, no tendríamos por qué existir».

Más de mil conciertos en Madrid –«solo hemos cancelado tres: el 23-F, el 11-M y uno por amenaza de bomba en el Teatro Real»– son el aval de Ibermúsica en estos cuarenta y cinco años. Ahora, por primera vez, ha pedido una ayuda a la Comunidad Europea, y de ella depende que ésta no sea la última temporada. «Durante cuarenta y cinco años, he traído sin ayudas a todas las grandes orquestas europeas; con ese fundamento he solicitado la ayuda. En marzo me dan la respuesta. Y yo tengo un mantra que me repito todas las noches al acostarme: “no pienses, no pienses”. Hasta marzo».

La odisea de la Filarmónica de Nueva York
J. B. MADRID
La primera gran orquesta que trajo Alfonso Aijón fue la Filarmónica de Nueva York. Fue en 1973 –comenzó con solistas y formaciones de cámara–. Alfonso Aijón lo recuerda. «Dos músicos de la Filarmónica me llamaron; llevaban dos meses de huelga en contra de los propietarios de la orquesta, y me dijeron que corría el riesgo de que desapareciera. Yo, muy romántico, no podía consentir que la orquesta en la que dirigió Mahler o estrenó la «Sinfonía del Nuevo Mundo» de Dvorak desapareciera. Y organicé ocho conciertos en España para «salvarla». Las señoras de pelo azul de la Sociedad Filarmónica de Nueva York no esperaban que en quince días un español iba a poder organizarlo. Pero cuando llegó el primer avión de Iberia para traer a los músicos empezaron a moverse. Sus abogados me amenazaron con procesarme si hacía los conciertos con el nombre de Filarmónica de Nueva York. Pero ya no podía volverme atrás. Fue difícil encontrar a un director, porque todos temían entrar en la lista negra y no volverían a dirigir allí. Encontré a un ruso que acababa de salir de la URSS: Yuri Ahronovitch, al que no le preocupaban las consecuencias. Los músicos tocaron en los conciertos con un entusiasmo increíble. El concierto de Madrid empezó tarde porque venían de Lisboa, y había habido problemas para meter los instrumentos en el avión (las fundas eran las mismas de la época de Mahler, unos cajones enormes). Tuve que mandar un jumbo para traerlos. El público, en el que estaba la mujer de Franco, tuvo que esperar dos horas. Los músicos pusieron los atriles, las sillas; tenían un espíritu que no han vuelto a tener nunca más. Se volvieron a Nueva York con 80.000 dólares de aquella época y yo perdí mis primeros millones de pesetas para pagar, entre otras cosas, aquel jumbo. Pero con cien casas en las que quedarme cada vez que iba a Nueva York».