El pianista y compositor, que falleció ayer, había cumplido 100 años en junio; fue uno de los patriarcas que tuvo la música de Buenos Aires y uno de los principales referentes para las más jóvenes generaciones de músicos

Nadie que quiera estar en este mundo el mayor tiempo posible calcula ni establece el momento de su muerte. Pero rara vez aparecen casos como el del pianista y compositor tanguero Horacio Salgán, que dos meses después de llegar a las tres cifras (y de recibir tanto cariño y agradecimiento por todo lo que le dio al tango, a través de diversos homenajes) se despidió. Don Horacio supo esperar, llegar y trascender, casi como su tema más emblemático, “A fuego lento”. Y murió ayer, a los 100 años.

Quizá sea posible entender la dimensión artística de este caballero del tango con datos muy actuales. Semanas atrás, por su cumpleaños, Daniel Barenboim le dedicó un concierto en el Teatro Colón. Ayer por la tarde comenzó un ciclo dentro del festival y mundial Tango Buenos Aires, donde participarán, hasta fines de la próxima semana, una docena y media de pianistas, en nueve recitales.

A pesar de que había dejado la actividad profesional hacía más de doce años, su nombre seguía sonando en el mundillo tanguero por sus composiciones, por sus arreglos, por los homenajes y hasta por la película Salgán & Salgán, de Caroline Neal, estrenada el año pasado.

Así como su adiós fue discreto, tampoco preparó su retiro de los escenarios de manera pomposa. Se fue antes de terminar una de esas magníficas temporadas del espectáculo “Encuentro a todo tango”, en el Club del Vino, al frente del Quinteto Real y también en dúo con su inseparable compañero de música, Ubaldo de Lío.

Los que mueren jóvenes luego de una vida corta, plagada de excesos y fama, se convierten en mitos. Crean una leyenda. ¿En qué se convertirá Horacio Salgán, ese hombre que comenzó a ganarse la vida sentado al piano siendo un purrete de 13 años que animaba películas mudas en un cine de barrio? Ese que paseó por la noche tanguera en los años de oro del género; ese que con su estilo “evolucionó” el tango; ese que en su última época de actuaciones, cerca de los 90 abriles, se tomaba un té antes de sentarse al piano para tocar magistralmente con De Lío y compañía. Ese que llegó a los 100.

Seguramente no se convertirá en nada que no haya sido. ¿Acaso suena a poco haber sido “el” pianista del tango? A su historia no es necesario agregarle ni quitarle nada. Dejó formalmente los escenarios a finales de 2003 (aunque hasta fines de 2010 hizo esporádicas apariciones en algunos espectáculos y homenajes). Tres años después, al cumplir los 90, insistía en eso de que se había tomado “unas largas vacaciones”: “No quiero compromisos con nadie. Tampoco conmigo. No es ésa mi intención. Además, cada cosa que hice fue pensando que era lo más importante que estaba haciendo. Fueron unos 75 años de trabajo muy intensos”, decía. Y en octubre de 2006, aseguró: “Nunca quise hacer una despedida porque me parece que uno nunca se retira (…). En cualquier momento puede ser que toque otra vez, aunque no sea profesionalmente”, dijo. Y así fue. Se lo vio en el Café de los Maestros, en el Teatro Colón (allí sólo salió para saludar), recibió el Premio Konex de Brillante (durante la ceremonia tocó un par de temas), actuó en el escenario del Bicentenario montado en la avenida 9 de Julio y ese mismo año, 2010, volvió a sentarse al piano para celebrar el aniversario 50 del Quinteto Real, que tuvo como invitado a Leopoldo Federico.

Desde entonces, para escucharlo hubo que recurrir a los discos, que no fueron muchos. Afortunadamente, a fines de los noventa volvió a grabar en dúo y en quinteto y hace un par de años se reeditaron las primeras producciones del Quinteto Real y un CD que compila dos elepés que grabó a principios de los setenta, con Dante Amicarelli (Dos virtuosos del piano y El bosque mágico).

Para hacer un inventario de la vida de Salgán hay que repasar su propia música (piezas como “A fuego lento”), sus arreglos, las orquestas y conjuntos que creó y, también, el anecdotario. Sí, cosas como aquello de que el Quinteto Real nunca ensayaba (porque no lo necesitaba) o esa costumbre de tratarse de “usted” que siempre mantuvieron Salgán y De Lío, a pesar de tantos años de trabajo en dúo.

Detrás de su elegancia, su cordialidad y el humor, que muchas veces afloraba en algunos comentarios, estaba la historia de un pianista nacido en Buenos Aires, el 15 de junio de 1916, que había iniciado sus estudios musicales a los 6. Su formación fue amplia y estuvo aplicada a la creación de un estilo y al trabajo. Salgán trabajó mucho. Su temprano comienzo da cuenta de esto. Pero también lo que vino después: pianista en Radio El Mundo, Radio Belgrano y Radio Excelsior, entre otras emisoras, las incursiones en el jazz y la música brasileña, su participación en orquestas, la creación de dos típicas propias (una a mediados de los cuarenta y la otra a principios de la década siguiente) que tuvieron entre sus cantores a artistas como Edmundo Rivero y Roberto Goyeneche.

En sus primeras formaciones, en las que incluyó instrumentos como el clarón, por ejemplo, ya se vislumbraba el innovador que no revolucionó el tango, sino que lo “evolucionó”. En una extensa entrevista con la revista Club de Tango decía: “Hay mucha gente que se acerca a los géneros musicales con la idea de la renovación. Yo no me acerqué al tango para salvarlo”. Y el año pasado, durante una charla con LA NACION, a propósito del estreno de la película Salgán & Salgán, esquivaba el momento de verse como un personaje de la pantalla grande y se definía: “Yo soy sólo un pianista”.

Tal vez por eso, sin pretensiones, creó una manera de hacer tango que no tuvo copiadores. Su estilo no es fácil de describir. Para hacerlo -excepto por el “umpa-umpa” de su tema más famoso- se necesita analizar las características con datos concretos que sólo se encuentran en el pentagrama.

Sin embargo, aunque cueste explicar el porqué con palabras sencillas, la música de Salgán tiene el toque clásico y el moderno perfectamente balanceados. Y en cuanto a su manera de tocar y al hecho de ser tan bien considerado por sus colegas tangueros (y admirado por los otros, como Wynton Marsalis, Jean-Yves Thibaudet y Daniel Barenboim), don Horacio decía: “Me arriesgué a hacer las cosas a mi manera, partiendo de la base de que mi manera estaba basada en el respeto del autor y de la música. Por suerte, he tenido el apoyo de los músicos”.

Otra prueba de esto la dio a finales de la década del 50, cuando se asoció a Ubaldo de Lío para crear un dúo de piano y guitarra que terminaría convirtiéndose en célebre. Un par de años después la dupla tuvo la posibilidad de convertirse en quinteto con el aporte del violinista Enrique Mario Francini, el contrabajista Rafael Ferro y el bandoneonista Pedro Laurenz.

Ese sublime quinteto no fue mítico, fue real, tanto como las composiciones de Salgán (“A don Agustín Bardi”, “A fuego lento”, “La llamó silbando”, “Aquellos tangos camperos”, el “Oratorio Carlos Gardel”), las grabaciones con Amicarelli, la serie de actuaciones denominada “El piano en tres dimensiones” (con Enrique “Mono” Villegas y Adolfo Ábalos, para unir tango, jazz y folklore). Tan real como sus tocadas en locales nocturnos y sus actuaciones en el exterior. Tan real como todo ese talento que volcó en el piano y esa manera de crear arreglos que influyeron en las siguientes generaciones de músicos. Horacio Salgán, un músico real que también fue definido por el bandoneonista Rodolfo Mederos -hace dos meses, cuando fue el cumpleaños número 100- como un rey Midas del tango.