Agradecida por la gentil colaboración de la maestra Mariantonia Palacios

Mariantonia Palacios

Don Felipe Larrazábal fue, sin lugar a dudas, una de las figuras más conspicuas del siglo XIX venezolano. Su obra Vida de Bolívar (1865), una de las la primeras biografías sobre el Libertador, le aseguró un lugar privilegiado entre los historiadores venezolanos. Escribió en varias publicaciones caraqueñas sobre los más diversos temas jurídicos, económicos y políticos destacándose como periodista. Además, fundó los periódicos El Patriota y El Federalista. Fue una figura sobresaliente en el campo de la política llegando a desempeñarse como Gobernador de la Provincia de Caracas, diputado al Congreso Nacional, Juez de Primera Instancia, Secretario de Hacienda, Director de Instrucción Pública, Ministro y Presidente de la Suprema Corte de Justicia y Ministro de la Alta Corte Federal. Formó parte del grupo que fundó el Partido Liberal en 1840 y colaboró en 1854 en la redacción de la Ley de Abolición de la Esclavitud durante la presidencia de José Gregorio Monagas. A estas múltiples facetas debemos agregar otra que no siempre se reseña en sus biografías, la actividad que desempeñó en el campo de la música. Según palabras del musicólogo José Antonio Calcaño en su conocido libro La Ciudad y su Música, “Felipe Larrazábal es figura harto conocida entre nuestros escritores, pero se le conoce entre ellos como político, periodista, historiador y literato, y muy pocos sospechan que por sobre todas estas cosas fue Don Felipe un músico, y sobre todo, el más ilustre, el más sabio y el más talentoso de nuestros compositores del siglo XIX”.

Felipe Larrazábal el músico

Felipe Larrazábal el músico

Felipe Larrazábal el músico
Felipe Larrazábal nació en Caracas el 31 de julio de 1816. Su familia, originaria de Bilbao, se estableció en Caracas a principios del siglo XIX, pero, debido a la guerra de independencia, se vio obligada a abandonar el país. El Cojo Ilustrado reseña en sus páginas que los Larrazábal migraron 4 veces entre 1814 y 1828 desplazándose entre Curazao y Puerto Rico. Nos relata José Antonio Calcaño que en uno de estos traslados, el barco en el que viajaban fue apresado por el corsario Bernard, quien perdonó la vida a los prisioneros y los abandonó sin recursos en Puerto Rico. En 1828, Felipe y su familia viajaron a Cádiz y de allí, dos años después, a Madrid, donde suponemos que inició su formación musical. Los Larrazábal regresaron a Caracas en 1830, una vez estabilizada la situación política. De vuelta, Felipe y sus hermanos participaron activamente en la vida cultural de la ciudad. En 1837 aparecen mencionados como instrumentistas de la Sociedad Filarmónica, orquesta que organizara durante su permanencia en Caracas el violinista, compositor y editor español Toribio Segura. En 1868, el nombre de Felipe se reseña en la prensa como fundador de un conservatorio de música, el cual, a juzgar por la falta de información posterior, parece no haber tenido mucho éxito. Sin embargo, en 1870 vuelve a aparecer ligado a la creación del Conservatorio de Bellas Artes. La Opinión Nacional del lunes 09 de mayo de ese año anuncia en la columna “Ecos de Caracas” que Antonio Guzmán Blanco, el Ilustre Americano, “ha creado en esta capital un conservatorio de Bellas Artes para la enseñanza gratis de la música teórica y práctica, el dibujo, la pintura y el grabado, la arquitectura y la escultura, nombrando director de él al señor Dr. Felipe Larrazabal”. La misma publicación nos da noticias en julio de la buena acogida de esta iniciativa “como un síntoma de que esta sociedad, postrada por las luchas intestinas y condenada a la fatalidad a permanecer como tántalo exenta de los goces y bienes que tiene al alcance de la mano, aspira a ilustrarse, a enriquecerse con los dones de la civilización”.

Felipe Larrazábal mantuvo una prolífica actividad musical como pianista, compositor y director del Conservatorio paralelamente a sus actividades como escritor y político. Felipe Tejera, en su libro Perfiles venezolanos, lo describe como un erudito de conversación amena, “de cuerpo pequeño y desairado, de rostro limpio y franco, ojos grandes y expresivos, frente espaciosa, pelo suelto y escaso, a trechos encanecido, boca grande y sin gracia”. A pesar de haber sido uno de los más acérrimos defensores de Guzmán Blanco, su antagonismo con el presidente se fue acrecentando al punto de verse envuelto en una conspiración junto al general Matías Salazar. Ambos fueran expulsados del país en 1871. Larrazábal se vio obligado a establecerse con su familia en Curazao sin contar con ningún recurso, pues sus bienes le fueron confiscados. Estando allí, decidió viajar a Nueva York y París para publicar sus escritos. Con la ayuda financiera de su hijo Juan Santos emprende el viaje. Según escribe el historiador Manuel Cardozo en una biografía que le dedica (Felipe Larrazábal, un político consagrado a sus ideales), llevó consigo más tres mil cartas de Bolívar, muchas de ellas inéditas, que había coleccionado con suma paciencia, además de varias obras manuscritas entre las que estaban Vida del Libertador desde 1824 a 1830, Vida del general Miranda, una Historia de México y otra del Perú, y dos tomos de un Diccionario de Música. A este valioso cargamento hay que agregar una gran cantidad de composiciones musicales de su autoría.

El naufragio del Ville du Havre
El 15 de noviembre de 1873, Felipe Larrazábal se embarcó en Nueva York con destino a París en el Ville du Havre junto a 313 pasajeros. Después de una semana de navegación por el Atlántico, el barco chocó con el navío escocés Loch Earn aproximadamente a las dos de la madrugada del 23 de noviembre. Una de las sobrevivientes de la catástrofe narra el aterrorizante episodio. El ruido y la sacudida despertaron a los pasajeros, quienes confundidos subieron a cubierta para tratar de saltar a los botes salvavidas. Lamentablemente sólo fue posible usar unos pocos, pues estaban recién pintados y la mayoría se quedó adherida a la cubierta. La embarcación se hundió en sólo 12 minutos partiéndose en dos. Lograron sobrevivir apenas 61 pasajeros y 26 miembros de la tripulación. El espíritu romántico de la época envolvió el nefasto episodio y construyó una fantasiosa leyenda según la cual, mientras el buque se hundía, Larrazábal estaba sentado al piano tocando El último pensamiento de Carl María von Weber, o alguna obra de Beethoven. Lo cierto es que la mayor parte de sus composiciones se perdió para siempre en el naufragio. Uno de sus hijos, Felipe, también destacado músico radicado en Bogotá por muchos años, es quien, en 1886, decide publicar las obras musicales de su padre. En el preámbulo de Le chant du proscrit Op 96, deja constancia de lo siguiente: “Después de la muerte de mi padre, náufrago en la memorable catástrofe del vapor Ville de Havre, ha sido idea constante en mí reproducir algunas de las pocas, poquísimas obras que se publicaron antes de que pereciese, y de las cuales poseo un ejemplar auténtico; y una obra inédita que tengo, -ya porque él me la regalase, ya porque la copiase yo mismo para llevarla en mis viajes”. Completa este preámbulo el fabuloso catálogo de obras del compositor. Después de revisarlo, no nos queda mas que unirnos al lamento de su hijo cuando exclama: “Permítaseme que, como hombre del arte, de aquí un grito de dolor al recordar la porción de clásicas piezas de música que en un momento devoró el Océano, y que devoró para siempre. ¡Qué tesoro aquél perdido! ¡Cuánta belleza y cuánto mérito desconocidos!”