María Elisa Flushing

María Elisa Flushing

Escrito por María Elisa Flushing

Si hay un artista que encarne el ideal de la grandeza romántica, sin duda ese hombre es Héctor Berlioz; su vida, una apasionada novela de amores no correspondidos, dramáticos triunfos y sombríos fracasos. El remolino emocional que el audaz compositor refleja en sus obras fue descrito por Richard Wagner como un “idioma musical endiabladamente confuso”. Y no faltan razones para considerarlo, junto a Victor Hugo y Delacroix, en el grupo de los tres grandes románticos franceses.

Héctor Berlioz

Cuando en 1827 Berlioz asistió a las funciones de Hamlet y Romeo y Julieta que una compañía inglesa ofrecía en París y vio a la protagonista de las representaciones, una bella actriz irlandesa llamada Harriet Smithson, quedó enloquecido de amor.  Le enviaba cartas tan desgarradoras que ella pensó que estaba loco y no quiso conocerlo. Berlioz iba al teatro a verla y a sufrir, llegando incluso a gritar de dolor y salir de la sala al ver una escena donde la actriz estaba en brazos de su amante. La fuerza del apasionamiento lo inducía a perderse en los campos de los alrededores de París sin comer ni dormir al punto que, en una ocasión, Liszt , Mendelssohn y Chopin fueron a buscarlo temiendo que se suicidara. Lloraba delante de sus amigos y escribía de su angustia y de su estremecido dolor: “si ella pudiera concebir durante un instante toda la poesía, toda la infinitud de un amor semejante, volaría hacia mis brazos aunque tuviese que morir en ellos”.  El amor no correspondido y sus fantasías desencadenaron la innovadora “Sinfonía Fantástica” con el subtítulo de “Episodio en la vida de un artista”. El carácter autobiográfico lo revela el propio Berlioz en el programa que escribió para la sinfonía: “un joven músico de sensibilidad mórbida e imaginación ardiente se envenena con opio en un arranque de desesperación amorosa. La dosis del narcótico, demasiado débil para causarle la muerte, lo sumerge en un profundo sueño acompañado de las más extrañas visiones, durante las cuales sus sensaciones, sentimientos y recuerdos se transforman en su cerebro enfermo en imágenes y pensamientos musicales. La mujer amada se ha convertido para él en una melodía, como una idea fija que se encuentra y escucha por doquier”.

La sinfonía fantástica se ejecutó por primera vez en 1830 ante asombrados oyentes que nunca antes habían escuchado una orquestación semejante y, sin entender mucho lo que sucedía, fueron testigos de los accidentados amores de Berlioz.  Harriet Smithson se negó a asistir al estreno; eso sucedería después, en 1832.

Con el éxito de la Sinfonía Fantástica y el apoyo de Liszt,  Berlioz obtuvo el Premio de Roma y olvidó por un tiempo a la actriz irlandesa para entregarse a otro amor arrebatado: la pianista María Moke. El romance fue terminado abruptamente por la madre de María al casarla con un próspero fabricante de pianos y Berlioz, el romántico incurable, escribió: “la pasión me ponía fuera de mí y derramé lágrimas de cólera, pero decidí lo que debía hacer. Tenía que viajar enseguida a París y matar a dos mujeres culpables y a un hombre inocente. Por supuesto, después tendría que suicidarme”. Afortunadamente, cuando llegó a Niza, descubrió de pronto que estaba curado y no consumó la venganza.

El regreso de Berlioz a París en 1832 coincidió con el de Harriet Smithson, quien había partido de Londres luego de varios fracasos en el mundo teatral que anunciaban el ocaso de su carrera. El encuentro de Berlioz y Smithson, en una presentación de la Sinfonía Fantástica a la que esta vez la actriz sí asistió, devino en un desastre matrimonial en el que la actriz, una mujer codiciosa, alcohólica y celosa, no resultó ser la heroína shakesperiana que Berlioz imaginaba. Tal vez sea esta una de las razones por la que, años después,  escribió: “uno debe tratar de hacer fríamente las cosas más candentes”