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En la mañana del 14 de octubre de 1963, decenas de miles de admiradores rindieron homenaje a través de las calles de París al coche fúnebre que transportaba hasta el cementerio de Père Lachaise los restos de Edith Piaf. Aunque el arzobispo de París se negó a concederle un funeral religioso por su vida amoral y llena de excesos, el abate Leclerc, capellán de la gente del espectáculo, le otorgó su bendición final en el momento en que el ataúd descendió a la tumba. Entre los miles de seguidores que pisoteaban sepulcros y flores, estaban su amiga Marlene Dietrich, Tino Rossi, Paul Merisse, Charles Aznavour o Gilbert Bécaud.

La leyenda y los secretos que envuelven la vida de Edith Piaf (nacida Edith Giovanna Gassion) tiñen su biografía desde el nacimiento a la muerte. Todavía hoy, la mayoría de las fuentes fijan la fecha de su defunción en el día 11, pero realmente, de acuerdo con la biografía definitiva –Piaf, de Pierre Duclos y Georges Martin (1995)–, el pequeño gorrión falleció el 10 de octubre de 1963 en su vivienda del barrio periférico de Grasse, en los Alpes-Marítimos, a los 47 años, de una hemorragia interna debido a insuficiencia hepática. Murió en los brazos de Danielle Bonel, su secretario y confidente durante toda su carrera. Su cuerpo se trasladó de forma ilegal y clandestina a su domicilio parisiense del bulevar Lannes, donde fue anunciada oficialmente su muerte el día 11. El mismo día, pocas horas después de conocer su óbito, falleció su amigo Jean Cocteau. Un final redondo, perfecto, ideal para mitómanos, que hubiera satisfecho a la misma Piaf.

De hecho, la leyenda de su vida empieza en las inciertas circunstancias de su nacimiento. La cantante siempre contaba, recreándose melodramáticamente, que había nacido en plena calle Belleville el 19 de diciembre de 1915, en el distrito 20 de París, durante la Gran Guerra. Y así consta en una placa en la casa ubicada en el número 72 de dicha calle. Pero su acta de nacimiento establece que nació en el hospital Tenon, en la calle de la China, no muy lejos del domicilio familiar. Más allá de si nació en la calle –y al exigir la ley una dirección, se falseó el acta– o su madre fue traslada al hospital y nació allí, la Piaf siempre se aferró a su versión; encajaba perfectamente con una infancia triste y desdichada, marcada por el abandono de unos padres alcohólicos y el cuidado de una abuela que regentaba un burdel. A los cuatro años sufrió una queratitis (inflación de la cornea) que le ocasionó una ceguera temporal, de la que se recuperó milagrosamente tras una peregrinación a Lisieux.

Ya adolescente, acompañada de su hermanastra Simone Bertaut, Mômome, cantaba por las calles. A los 16 años se quedó embarazada, pero su hija Marcelle murió a los dos años de meningitis. La vida de la cantante quedó marcada por la tragedia y por el hecho de quedar impedida de tener más hijos. Siguió cantando en cafés y cuchitriles de la calle Pigalle y alrededores hasta que, en el otoño de 1935, fue descubierta  por Louis Leplée, gerente del cabaret Gerny’s en los Campos Elíseos. Leplée la bautizó con el nombre artístico de Edith Piaf, debido a su pequeña envergadura y aspecto desvalido.

Su éxito no tardó en llegar. Grabó su primer disco en 1936 y pasó a ser conocida como Môme Piaf  (pequeño gorrión). Sin embargo, una vez más el drama retornó a su vida. En un oscuro suceso, Leplee fue encontrado muerto de un disparo. La cantante fue sospechosa y su carrera se truncó. De vuelta a Pigalle, cantando  de nuevo en tugurios, cambiando de amantes frenéticamente y bebiéndose la vida de forma desmesurada.

Sobrevivió durante el París ocupado con canciones como Mon legionnaire, que ella entonaba maliciosamente como un guiño a la resistencia. Tras la Segunda Guerra Mundial, siempre de la mano del prestigioso letrista Raymond Asso, que la enseñó a cantar, se convirtió en la musa de intelectuales y artistas en el París existencialista de los años cincuenta. Triunfó en los mejores escenarios de Francia, Europa y América. Nunca llegó a cantar en España. El estilo de la Piaf se impuso en la canción francesa. Nadie la podía imitar. Las letras de sus canciones reproducían los bajos fondos que ella tan bien conocía y había sufrido. Eran canciones desgarradoras y crueles, pero conmovían a los auditorios. Siempre enfundada en su vestidito negro, sus actuaciones emocionaban. No necesitaba fingir, las letras evocaban las desdichas de la miseria y la Piaf, muchas veces al borde del llanto, sólo tenía que dejarse llevar.

Su enorme éxito le proporcionó dinero y amantes. El dinero lo derrochó generosamente ayudando a todo aquel que se lo pidiera. Los amantes duraban poco. A muchos de ellos, los empujó al estrellato: Yves Montand, Charles Aznavour, Gilbert Bécaud o Georges Moustaki. Otros eran famosos como Eddie Constantine, Paul Meurisse o el ciclista Louis Gérardin. Entre todos ellos, el gran amor de su vida: el boxeador Marcel Cerdan. Pero una vez más, la fortuna le fue esquiva: el púgil murió en un accidente aéreo en octubre de 1949, a los tres años de haberse conocido.

La Piaf se hundió. Tuvo una profunda depresión que superó a base de drogas y tranquilizantes. Pero el dolor y la pena la llevaron una rápida decadencia. Curiosamente, al mismo tiempo fue la época de sus grandes éxitos: La vie en rose, Les trois cloches o Milord. Volvió a coleccionar amantes. Tras una pasional relación con el ciclista Louis Gérardin; en 1952 se casó con Jacques Pills. El matrimonio duró hasta 1956. En septiembre de 1958 tuvo un accidente de coche, quedó maltrecha y se hizo adicta a la morfina. Un año más tarde se le descubrió un cáncer, que se añadió a sus problemas hepáticos y a una artrosis reumatoide que le iba deformando progresivamente su cuerpo menudo.

Pese a su maltrecha salud siempre quiso seguir cantando. En muchas ocasiones tenía que interrumpir los conciertos y guardar reposo. Pero una y otra vez, sobreponiéndose al dolor, retornaba a escena. En 1960, fue intervenida en cuatro ocasiones. En ese titánico esfuerzo por mantenerse en los escenarios, con la inestimable ayuda de la morfina, consiguió cantar en su querido escenario del Olympia de París Non, je ne regrette rien, una canción que Charles Dumont y Michel Vaucaire habían escrito para ella, y que se convirtió en un símbolo en los primeros años sesenta.

Un año antes de morir, el 9 de octubre de 1962, contrajo matrimonio con su peluquero, Théo Sarapo, un joven griego de veintiséis años que, como no podía ser de otra manera, tenía la ambición de convertirse en cantante. La ceremonia, fue el último gran acontecimiento parisino protagonizado por la Piaf en vida.