Por João Marcos Coelho | Especial para O Estado | El enlace lo puede leer en: cultura.estadao.com.br/

Extrañó ver algunos asientos vacíos en la sala São Paulo el pasado Domingo. A pesar de que se presentaban dos íconos de la música clásica actual, el director y super estrella venezolano Gustavo Dudamel y la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar de Venezuela. El que dejó de asistir anticipando un concierto previsible, se perdió una de las grandes noches musicales del 2014. Al final, no cabe ninguna duda de que es la mejor orquesta sinfónica latinoamericana de la actualidad.

Gustavo Dudamel y la Sinfónica Simón Bolívar muestran vitalidad en la sala São Paulo

Gustavo Dudamel y la Sinfónica Simón Bolívar muestran vitalidad en la sala São Paulo

La primera parte escuchamos un tributo a la música suramericana (y solo por eso el concierto era obligatorio), sobre todo por Heitor Villa-Lobos. Observamos la impecable ejecución de las Bachianas Brasileiras no.2, una de las joyas del monumental ciclo de las nueve Bachianas; y la lectura entusiasmada de la menos ambiciosa, pero aún así, atrayente, Margariteña, del venezolano Inocente Careño.

Ambas piezas se encuentras en la cartilla nacionalista recomendada por uno de los mejores amigos de Villa-Lobos, el escritor y musicólogo cubano Alejo Carpentier. Se conocieron en París, en 1928 y se hicieron inmediatamente grandes amigos. Carpentier publicó un valiente artículo en la Gazete Musical de París, en el que daba varias estocadas al concepto preconcebido europeo: Para nosotros los suramericanos “lo exótico está en Montparnasse”. Es que, “infelizmente, a pesar de tener una violenta paleta de rojos y azules en el espíritu, las neutralizamos con las cenizas de las brumas invernales. Repetimos il pleut dans mon coeur, como el suave poeta, para engañar el incendio tropical que llevamos dentro”.

En cuanto escuchaba a Villa y a Carreño, pensé mucho en el artículo de Carpentier, virulento al decir que siempre salíamos en desventaja cuando adoptábamos “un espíritu falsamente alemán o francés”. Perfecto para definir la música de ellos, en la frase aplicada a Villa: “Es palmera el que piensa como palmera”, no sueña en ser “una piña nórdica” (se refiere al estricto nacionalismo obsoleto, limitarse a clonar la última moda parisina y querer ser “piña nórdica”…es preferible asumir el barroquismo de excesos que se encuentra en el ADN latino).

Seguidamente, la Simón Bolívar y Gustavo Dudamel trataron de imponerse interpretando la Sinfonía Fantástica de Hector Berlioz, el primero gran romántico del siglo 19. De este modo la Sinfonía que contiene delirantes y adorables excesos -en la instrumentación, en la osadía programática en la obsesiva idea fija-, continúo llevándonos a un mundo tan multicolor como el nuestro.

Aquí Dudamel mostró vitalidad, entusiasmo y una energía contagiosa  al conducir a sus músicos. Imprimió movimientos mas acelerados de lo convencional, acentuó el virtuosismo. Fue mas allá de la pirotecnia. Añadió una musicalidad admirable. Atrayente el balanceo Baile; sombría la Marcha para el Cadalso; y frenético El sueño de una noche de Sábado