BERKELEY – La alegría se sentía en el aire el viernes por la noche en el Teatro Griego.

Vía: www.mercurynews.com    Por Georgia Rowe – Corresponsal

Traducción: Luis Contreras (Licenciado en Idiomas Modernos, Profesor de la ULA) | Fotografías Prensa Teatro alla Scala

Escuchando a Gustavo Dudamel, director musical de la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar, conducir la “Oda a la Alegría” – ese brillante estallido en los movimientos finales de la Sinfonía N° 9 “Coral” de Beethoven – uno debía preguntarse si cualquier persona allí presente podría dejar de percibir el auténtico levantamiento de los sentidos irradiados desde el escenario.

El concierto del viernes, presentado como parte de una iniciativa del Cal Performace llamada Berkeley RADICAL, inspiró un maravilloso sentido de sincronismo. La última y magnífica Sinfonía de Beethoven trata del amor, la humanidad, la alegría y del trascendente poder de la música – cualidades que la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar ejemplifica hoy en día quizá de una manera mucho más significativa que cualquier otra organización musical en el mundo.

Dudamel y todos sus músicos nacieron de El Sistema, el programa social venezolano que permitió el acceso a la educación musical pública a todos los niños, independientemente de sus condiciones sociales. Fundado en 1975, hoy en día ha educado a más de medio millón de jóvenes músicos.

¡Qué Concepto!

Siendo el mayor éxito de la historia de El Sistema, Dudamel, quien además se destaca como el director musical de la Filarmónica de Los Ángeles, mantiene su compromiso de continuar con la tradición de la alfabetización musical. El concierto del viernes fue el cierre de la estadía de una semana que incluyó conciertos gratuitos y a bajo costo, además de eventos educativos realizados por los miembros de la orquesta en escuelas locales.

Para cerrar la semana con el trabajo más optimista e integrador de Beethoven, junto con la participación de tres coros locales, realizaron una presentación en el espacio musical abierto más grande de Berkeley, representando una celebración en todo el sentido de la palabra.

Desde el inicio de la presentación de 75 minutos del viernes, fue evidente que la vibrante energía que distinguió al ensamble en sus presentaciones pasadas en la Bahía sigue intacta.

Dudamel trasladó a su grupo hacia la música de Beethoven con un control admirable, el primer movimiento descubre acordes de potencia sostenidos por los vientos y las vibrantes cuerdas. El efecto fue una fuerza de tracción y de potencia de reserva; pantallas gigantes en cada lado de la orquesta – iguales a las usadas en los conciertos de rock – mostraron acercamientos de los músicos interpretando con una concentración feroz.  

El segundo movimiento – uno de los grandes Scherzos (aunque Beethoven jamás se refirió a ellos como tal) – aumentó con fervor rítmico. Dudamel provocó una riqueza de detalles; los vientos introdujeron el primer tema con claridad y los trombones tocaron con una solemnidad conmovedora.

Dudamel no apresuró el gran Adagio; aquí la interpretación fue suave y serena, y los violines celestiales, dirigidos por el primer violín Alejandro Carreño, fueron verdaderamente sublimes.  

Aun así, el final fue el encargado de hacer una presentación memorable. Dudamel tejió hábilmente los hilos discretos del movimiento – los vientos y los timbales, los intensos pasajes para violonchelos y bajos y los ecos de los tres movimientos anteriores –  en un conjunto reluciente.

Con la “Oda a la Alegría”, la orquesta creó un sonido masivo. Es siempre sorprendente escuchar la primera voz humana que de allí emerge, y el barítono Solomon Howard cantando las palabras de alegría de Friedrich Schiller fue impetuoso. Entre los demás solistas vocales, el tenor Joshua Guerrero fue el resonante destacado; la soprano venezolana Mariana Ortiz y la mezzosoprano J’nai Bridges realizaron contribuciones articuladas en el cuarteto.

Los coros, preparados por Kevin Fox, añadieron un elemento esencial. Dispuestos en el fondo del escenario griego, el centro San Francisco Girls Chorus, la Academia Pacific Boychoir, el Coro de Cámara de la Universidad de California junto a sus alumnos, se incorporaron en una única entidad que repartía las despedidas afirmadoras de vida de Beethoven en forma de apasionantes, audaces y unificadas ondas de sonido.