A sus 36 años, este venezolano ha dejado de ser una promesa emergente para convertirse en una de las batutas más influyentes de la actualidad


Vía: www.abc.es | Por JOSÉ LUIS JIMÉNEZ

Gustavo Dudamel (Barquisimeto, Venezuela, 1981) es un extraordinario conversador. Por eso los apenas trece minutos saben a poco cuando se empieza a hablar de música clásica, su pasión desde pequeño. Abanca lo trajo a Galicia para dirigir la «Novena» de Beethoven en la Plaza del Obradoiro, tomando las riendas de la Sinfónica de Galicia y el Orfeón Donostiarra. Pero hasta que anoche se subió al podio, no ha parado de conocer iniciativas de divulgación musical e integración social entre los más pequeños. Él mismo salió de «El Sistema», el programa venezolano del profesor José Antonio Abreu que abrazó esa filosofía. Hoy ya pone de nuevo rumbo a Los Ángeles, para seguir haciendo vibrar auditorios con Beeethoven, o lo que se tercie.

—Ha venido a dirigir a la OSG a la Plaza del Obradoiro. ¿Deben salir las orquestas más a la calle?

—Yo creo que sí. Siento que la música debe abarcar los espacios necesarios para darle a la gente aquello que produce. El hecho de siempre pretender traer a la comunidad hacia uno es un poco arrogane. Uno debe ir a la comunidad. Un espacio como este hace que una «Novena» cobre unas dimensiones únicas. Estamos hablando de una plaza emblemática, un ambiente único, un símbolo de la humanidad como lo es la «Novena». Estoy seguro de que las instituciones, las orquestas, deben salir en busca de la sociedad.

—¿Sigue costando traer a los nuevos públicos al teatro?

—De alguna manera sí, pero se han desarrollado en las orquestas iniciativas para atraer al público joven. El gran dilema está en esas nuevas generaciones. El otro día decía que no se puede obligar a nadie, sino simplemente buscar la fórmula para que se sientan cómodos. Me preguntaba cómo se hacía para atraer a nuevos públicos, y creo que hay muchas fórmulas, pero sobre todo, matar la rutina. No convertir un concierto en algo rutinario, porque es un momento artístico muy profundo. Y si los músicos y el público lo entienden como una rutina, los jóvenes desconectan porque no forman parte de su momento vital.

—Con la Filarmónica de Los Ángeles programa autores vivos. ¿A Beethoven se llega a través de John Adams?

—Sí, absolutamente. He tratado de hacer una programación que combina el repertorio tradicional con obras completamente nuevas. Ha sido muy exitoso. La gente aprecia mucho más la tradicional y también ese estreno. Aunque vengan a una «Séptima» de Beethoven, si tienen un «City Noir» de John Adams, la combinación es perfecta. Las dos obras crean una emoción infinita, y la gente conecta con los nuevos autores.

—Dicen de su orquesta de Los Ángeles que es la mejor de América. ¿Siente orgullo o responsabilidad?

—La responsabilidad de seguir desarrollando el camino que sigo. El camino es infinito, esto no se detiene. No porque nos alaben diciendo que somos los mejores significa que lo seamos. Siempre tenemos que seguir pretendiendo ser mejores. No en contra de nada o comparándonos con otra orquesta, sino respecto a nosotros mismos. Estoy orgulloso después de ocho años. La orquesta se ha transformado muchísimo, en desarrollo de repertorio, del grupo de músicos, abordando proyectos especiales… Es un mundo de muchas posibilidades. Por eso decía que la música clásica no podemos encasillarla, porque la ahogaríamos. La música clásica debe abarcar un espectro mucho más amplio, que forme parte de las nuevas generaciones, que represente una parte fundamental de la sociedad, y que no sea apartada por parte de una élite. Eso pasó con la Filarmónica.

—Su Beethoven suena eléctrico, dinámico, vivísimo. ¿Hay un «sonido Dudamel»?

—Es que yo tengo una concepción de Beethoven muy mía, y mira que he hecho Beethoven con la Wiener, la Berliner. Pero he crecido con él. Fue el primer compositor que dirigí y que siempre me ha acompañado, pero con un discurso muy mío. Beethoven tiene esa flexibilidad. No hay una única forma de hacerlo. Si escuchas Karajan y lo comparas con Furtwängler, son antagónicos completamente, pero al mismo tiempo oímos a Abbado en contraste con Harnoncourt, y siendo distintos, siguen siendo Beethoven.

—¿Y hay una manera antigua frente a otra moderna de interpretarlo?

—No. Beethoven tiene la habilidad de transformar el espacio y el tiempo, y siempre se interpreta de manera distinta. Es distinto la versión que interpretan los musicólogos como Harnoncourt. Pero yo no voy a decir que eso sea una verdad absoluta, porque tampoco tenemos a ciencia cierta cómo sonaba en su época. Beethoven se interpreta con la idea que tú tienes, respetando los cánones y la música, porque además está muy clara escrita. A mi me encanta estudiar manuscritos y facsímiles, porque ves mucho de la personalidad del compositor, de su esencia. En Beethoven ves una gran tormenta emocional. Por eso hacerlo muy elocuente y estilizado, por ahora, no es mi fórmula. Lo complejo, lo oscuro, lo feo en la música, es bello. No puede ser interpretado fuera de contexto.

—En su reciente gira con la Berliner ha introducido algunas piezas de Wagner. ¿Cómo lee ese universo un director venezolano?

—Es un compositor de emociones. Es una música llena de magia, de elementos que no podemos ver como humanos pero los podemos imaginar. Por eso su música despierta nuestra imaginación. Por eso ese pequeño viaje que yo hago en la selección del Anillo que interpreto, es un poco para adentrarnos. Quizás no haya una conexión teatral entre las piezas, pero musicalmente están conectadas. Es fascinante. Fíjese. Muchos músicos de la Filarmónica no habían tocado Wagner así, y lo disfrutamos enormemente. Yo no es que me considere un director wagneriano, ¡pero me gusta muchísimo su música!

—¿Hasta para hacerla en ópera representada?

—Sí, sí. En Bogotá me hice un «Tannhäuser» que lo disfrutamos muchísimo. Cuando yo estaba muy jovencito, Daniel Barenboim me invitó a aprender Wagner con él. Y tuve la oportunidad de ver «Parsifal», «Tristán», «Sigfrido», en el podio. Me sentaba allí mientras él dirigía la función, y yo siguiendo con la partitura todo lo que sucedía. Eso fue un regalo de vida, porque no es que yo vaya a interpretar Wagner como Barenboim, pero tuve la oportunidad de sumergirme en su música de la mano con un wagneriano de ese calibre. Y ese es un tesoro que yo llevo conmigo. Estoy seguro de que haré mucho Wagner. Tengo un plan de futuro para hacer el Anillo. Pero, por ahora, la «Novena» de Beethoven en el Obradoiro.