Vía: cultura.elpais.com | CARLOS PÉREZ DE ZIRIZA

Su imponente voz y su destreza para integrar el soul y el jazz en un solo corpus expresivo le han convertido en uno de los vocalistas del momento. Si el aforismo más usual siempre ha venido a recalcar que las voces clásicas de la edad dorada del soul se curtían cantando góspel en las iglesias en sus años mozos, el lugar común con Gregory Porter(Los Angeles, 1971) es la afición que su madre le transmitió por los discos de Nat King Cole, también alentada por su trabajo en una iglesia. En cualquier caso, inevitable reduccionismo para explicar cómo es posible que este hombre integre -de una forma absolutamente fluida y con una visión casi panteísta de la música negra- el jazz, el rythm ‘n’ blues, el góspel y el soul, con una naturalidad pasmosa.

“Esa es la forma en la que yo escucho la música: jazz, blues, góspel, soul y todo lo que me gusta, todo eso se refleja ahí”, nos comenta al teléfono desde California, a punto (de hecho, así nos lo confiesa) de salir disparado hacia al aeropuerto para coger un avión que le acercará de nuevo a Europa, con primera parada esta misma noche en el Nuevo Teatro Álcala de Madrid. Abunda en que “al final todo sale de forma natural, sin buscar conscientemente audiencias más grandes, aunque escuchando la diversidad estilística de mis discos pueda no parecerlo”.

Ungido con todos los honores por el legendario sello Blue Note, que editó su tercer álbum (el aclamado Liquid Spirit, reconocido con el Grammy a mejor álbum de jazz vocal en 2014), Porter es un músico inquieto. Aunque repita presencia en nuestros escenarios con repertorio y formato similares (vuelve básicamente con los mismos que en su visita hace algo más de un mes al Castell de Peralada, en Girona), no se limita a vivir de las rentas de un trabajo descollante. Este mismo verano se le ha podido ver en Ibiza interpretando en vivo -en un par de fiestas de la británica Radio One- dos temas que, lejos de la suntuosidad soul jazz a la que acostumbra, le acercan a territorio indisimuladamente electrónico: la remezcla dance deLiquid Spirit (el tema titular, remozado más tarde para un EP deremixes) y la imponente Holding On, uno de los temas del inminente nuevo álbum de los británicos Disclosure.

“Como músico de jazz y como amante de la música, siempre estoy abierto a experiencias diferentes, y me interesa mucho el aspecto social de la música. También me gusta bailar, el baile no es algo extraño para mí, así que para mi salir allí a cantar fue algo muy cool”.

Su colaboración con los astutos hermanos Lawrence, alma bicéfala de Disclosure, esconde -no obstante- una génesis menos extraña para él, que algún día podría ver la luz: “Howard, uno de los hermanos, me estaba escuchando en Jazz FM, y contactó con mi manager, para conocerme, sentarnos y charlar acerca de alguna colaboración, pero la canción, en realidad, se compuso al piano. La que oyes en el álbum es más rápida que la original, y yo espero que ellos más adelante den salida también a esa versión primigenia del tema, que es más lenta y soul”.

Uno de los aspectos biográficos que más llaman la atención de Gregory Porter es su tardía incursión en el mundo de la música. No fue hasta 2010, con el álbum Water (Motéma), que se dio a conocer internacionalmente. Y para entonces, este frustrado jugador de fútbol americano y actor ocasional (formó parte del musical It Ain’t Nothin’ But The Blues, que trazaba la historia del género, en los escenarios de Broadway en 1999), ya contaba con nada menos que 38 años. Para él no supone un problema, en absoluto: “ Hay gente que me pregunta ¿dónde están los diez discos anteriores?, y me resulta divertido”. Y él lo atribuye a la dificultad para encontrar las condiciones adecuadas para que una carrera evolucione de forma sostenible: “Es complicado encontrar un sello y la infraestructura adecuada para desarrollarse como músico. Si ves la televisión hoy en día, parece que es tan sencillo como acceder a una audición y ya directamente triunfar, pero no es así como funcionan las cosas, ni mucho menos”, comenta.

En su caso, tuvo que picar piedra para que todo el bagaje previo acabara concretándose en la sólida realidad que su propuesta encarna hoy en día: “Años antes de mi primer álbum, estuve grabando y tuve experiencias en estudios y con discográficas, pero cuesta encontrar el sitio exacto en el que uno quiere ubicarse. Afortunadamente, tuve la suerte de encontrar todo eso en el sello Motéma (en el que publicó sus dos primeros álbumes), en Nueva York”. Esa larga travesía del desierto, discográficamente hablando, le sirvió para ir acumulando experiencias y haciendo callo en su trayecto vital, algo que -inevitablemente- tenía que reflejarse en su música, diestra en dar voz con soltura y credibilidad a diversos pliegues del alma: “Tuve que expandir mi mente para cantar de la forma en la que lo hago. Y acumular experiencias en la vida también te lo permite. He pasado por cosas duras, así que puedo cantar sobre corazones rotos, pero también de otros asuntos y desde puntos de vista distintos”, arguye.

Gregory Porter se ha ganado a pulso el reconocimiento como una de las voces más respetadas y reconocibles de la actual música negra. Pero eso no le impide ser extremadamente reverente con sus referentes. Por eso ha participado en discos de tributo a Gil Scott-Heron (Evolutionary Minded: Furthering The Legacy of Gil Scot-Heron, con Chuck D, Brian Jackson o Dead Prez, hace dos años), Nina Simone (de quien interpretó Black Is The Colour Of My True Love’s Hair) o formando parte del concierto de homenaje a Bill Withers, que se celebrará el próximo 1 de octubre en el Canegie Hall de Nueva York, compartiendo escenario con D’Angelo, Ed Sheeran, Aloe Blacc, Sheryl Crow o Dr. John. “Es una suerte que toda la gente implicada en esos proyectos se acuerde de mí, y de esa forma poder cantar las canciones de mis ídolos: gente a la que, de alguna manera, he emulado”, afirma con una humildad nada impostada.