Vía: www.abc.es/ JOSÉ LUIS JIMÉNEZ

Es, probablemente, el tenor del momento. A sus 61 años, saborea el éxito por toda Europa después de tres décadas de carrera. En septiembre cantará en La Coruña y en el Teatro Real de Madrid

Carreras como la de Gregory Kunde tienen una historia, por más que con su habitual tono desenfadado asegure que no le da mayor importancia. La suya es la inusual crónica del cantante americano que tuvo que venir a Europa para triunfar, que superó un cáncer y una crisis vocal que por poco le impiden seguir con su carrera, y esperar a los sesenta para el éxito y el reconocimiento de críticos y aficionados después de reinventarse como cantante, como quien le da la vuelta a un calcetín. Aquel espigado tenor ligero que despuntó como contraltino rossiniano –roles con los que hizo fama mundial Juan Diego Flórez–, ha acabado dominando como pocos los personajes verdianos que fraguaron la carrera de Plácido Domingo. Un giro inverosímil que está «disfrutando muchísimo» y que «nunca imaginó», tras más de 35 años de carrera.

«Sigo pensando que todo es cuestión de progresión, de saber qué hacer en cada momento, de tener suerte y quizás no tanto talento, porque probablemente haya gente que cante mejor que yo», admite. «Nunca esperas que te llegue el éxito. Cuando llega pasados los sesenta, para mí es como un regalo. En nuestra profesión, con cincuenta años ya tienes que ir pensando en retirarte, y por eso cuando veo a Leo Nucci, a Plácido, a Mariella Devia o Gruberova me digo que todavía hay esperanza», asume.

«Ahora siento que tengo la experiencia suficiente para hacer arte, para disfrutar, para crear algo que es tuyo». Traza un paralelismo con los pintores que en su juventud se inspiran en otros maestros y que en la madurez encuentran su sello personal. «Eso que la gente dice que tengo, la musicalidad, la facilidad en el registro agudo, la actuación en escena. Lleva mucho tiempo conseguirlo y mantenerlo».

No hay ópera para viejos
Kunde dice sentirse «la excepción» en un mundo operístico que, salvo casos contados, aparta a los veteranos para imponer a rostros jóvenes, muchos ayunos de la experiencia para afrontar los roles que se les encargan. «Desgraciadamente, se ha vuelto demasiado importante dar el físico del papel que se interpreta», se lamenta. «La primera retransmisión en directo del Met en 1977 fue una “Bohème” con Freni, Pavarotti y Ghiaurov, todos en sus cincuenta y tantos. ¡No parecían jóvenes bohemios, pero eran los mejores cantantes del momento!», recuerda, «y fue un éxito increíble de audiencia».
Hoy el mundo de la ópera ha cambiado, quizás demasiado. Los teatros están más preocupados por el aspecto estético que por el artístico. «Tener a cantantes jóvenes de ópera no va a llevar a los jóvenes a la ópera», asegura Kunde durante su charla con ABC; «el físico de un intérprete se olvida a los dos minutos si no canta bien, y estamos perdiendo el arte de cantar».

Da una vuelta de tuerca más a su reflexión acerca de la tiranía de la imagen: las retransmisiones en vivo en los cines. «No tengo claro que eso vaya a llevar más gente a los teatros», medita. «¿Por qué vas a ir si el cine es mucho más barato?». La «verdadera experiencia sensorial» está en la sala de conciertos, «sin amplificaciones, sin encuadres prefijados».

Superando adversidades
La trayectoria de Gregory Kunde comenzó en 1978 en la Ópera de Chicago, con sus primeros papeles de comprimario junto a nombres de la talla de Domingo, Vickers o Pavarotti. Con Kraus como mentor, fue configurándose poco a poco como tenor belcantista, abarcando desde Rossini a Bellini. Con el Arturo de «I Puritani» y su descomunal Fa sobreagudo en el aria final, se hizo un nombre en los teatros. En 1984 debutó en Europa en la Ópera de Niza, y su primer papel en España sería dos años después en Valencia.

Tras una «Italiana in Algeri» en el Teatro de la Zarzuela en 1994, le fue detectado un cáncer de testículos. Después de un tratamiento agresivo que pensó que le impediría volver a cantar, lo superó y volvió a los escenarios en el mismo teatro, en 1996, con «Don Pasquale». Apenas unos años más tarde comenzó a notar que su voz cambiaba, que perdía las condiciones necesarias para el repertorio más ligero, y necesitó reinventarse para seguir siendo cantante de ópera. Primero con Berlioz y posteriormente con los roles de baritenor de Rossini. Se consagró en la cuna de este compositor, Pésaro, debutando en 2007 su «Otello» junto a Juan Diego Flórez. En la función del estreno, entre ovaciones y con el telón bajado, el peruano le dijo: «Has renacido». Así era.

Kunde no habla de superación, sino de trabajo, esfuerzo y de «tener estabilidad». «Necesitas gente que se preocupe por ti, como mis agentes y una mujer en casa que entiende lo que hago y me apoya», asevera. «Sin estos dos pilares no podría hacerlo. Y tampoco me importa decirlo, con una gran fe en Dios. Soy un gran creyente y rezo para pedir ayuda todos los días, porque todo esto queda fuera de mi control».

Desde aquel campanazo en Pésaro, la voz ha seguido su madurez hasta permitirle entrar en un repertorio que ignoraba casi por completo: las óperas de Verdi. Con el respaldo de la crítica italiana, ha debutado ante el exigente público italiano los papeles protagonistas de «I vespri siciliani», «Un ballo in maschera» o el mismísimo «Otello» en la Fenice de Venecia. Gregory Kunde recibió la llamada de la Scala veinte años después, cosechando sendos triunfos con «Les Troyens» y un reciente «Otello» rossiniano. Acaba de cantar «Aida» en la Arena de Verona, y su siguiente salto serán los héroes puccinianos y el verismo, que ya degustó con éxito en Bilbao la pasada temporada. En los últimos tres años ha debutado más de quince personajes. «Cuanto más lo haces, más fácil resulta», bromea. «La clave está en elegir cuándo cantarlos».

España le «relanzó»
Estos días ensaya «Il Trovatore» en La Coruña, con el que abrirá la Temporada Lírica de la ciudad. En esta urbe asegura que «relanzó» su carrera, tras un inolvidable «Guillaume Tell» en 2010. Su siguiente cita es el Teatro Real a finales de septiembre, con su debut en «Roberto Devereux» junto a la última gran diva italiana del belcanto, Mariella Devia. En el Liceo todavía recuerdan un imborrable «Il Pirata» que ambos cantaron hace tres temporadas. Después de Madrid llevará su «Otello» a Sevilla, posteriormente cantará por primera vez el «Sansón y Dalila» en Valencia y volverá en febrero a Barcelona para la versión rossiniana del moro celoso.

En su agenda a corto plazo hay una fecha señalada el próximo verano. A sus 62 años se subirá por primera vez a las tablas del Covent Garden londinense para cantar el Manrico, que se escuchará en La Coruña los próximos 3 y 5 de septiembre con un reparto de primer nivel. Y, curiosamente, solo una cita en su América natal, un «Otello» en concierto en Cincinatti, «invitado por el maestro James Conlon». El olvido de su país le entristece.

Dice no tener una respuesta para explicar por qué no es profeta en su tierra, a pesar de que siempre se dio por sentado que las compañías americanas protegían a los cantantes patrios. En teatros como los de San Francisco o Chicago hace más de veinte años que no canta; en Dallas, más de diez, y cerca de una década sin que le llame el Met de Nueva York. «Quizás se quedaron con que yo era un tenor belcantista, y ahora que he cambiado de repertorio no me tienen fichado», intenta razonar, «pero si estuvieran realmente interesados, irían a escucharme, porque precisamente no es que no cante en ningún sitio». «O quizás ya me han escuchado y no les intereso», se dice a sí mismo, «porque esta profesión funciona a base de opiniones».

No tiene miedo a dejar de cantar. Además de tenor es director de coro y orquesta. La música es su vida. «Y el golf», matiza entre risas. «No quería acabar vendiendo coches el día que no pudiera cantar más; quiero seguir con la música en alguna posición», y seguir con otra pasión suya: «Ayudar a los jóvenes porque tenemos que conservar el arte de la ópera».