El prestigioso director de orquesta ruso vuelve a dar muestras de su amplio abanico estilístico en el heterogéneo repertorio de sus tres conciertos en España.

“Es una idea estupenda lo de la hermandad de las naciones, pero el peligro está en cuando una de estas hermandades empieza a sentir aversión por otra, a desafiarla, e incluso a atacarla”

Vía: www.elmundo.es | Por DARÍO PRIETO

Valery Gergiev (Moscú, 1953) llega a España al frente de la Filarmónica de Múnich para ofrecer tres conciertos en España, dos en el Auditorio Nacional de Madrid (este viernes y sábado, dentro de la programación de Ibermúsica) y otro en L’Auditori de Barcelona (este domingo). Tres paradas dentro de una extenuante agenda en la que el director ruso parece aislarse de un mundo convulso y de unos aficionados que, tarde o temprano, le acaban reprochando su amistad con Putin.

En el primero de sus conciertos de Madrid dirige piezas de Debussy, Shostakóvich y Berlioz, con Janine Jansen como solista. Al día siguiente cambia a Wagner, Scriabin y Chaikovski, que repetirá en Barcelona. ¿Cómo vive estos ‘saltos’ de repertorio?

No puedo encontrar interés alguno en lo de repetir el mismo repertorio. Incluso si son piezas de Chaikovski, Shostakóvich o Stravinski. Si cada vez que saliese al escenario interpretase a los dos o tres compositores de siempre, mi vida sería mucho menos interesante. Es algo que aprendí de cuando estudiaba piano de niño. Y ahora, con la Filarmónica de Múnich, o con la Orquesta Mariinsky, o con todas las orquestas de esta gran gira que he dado a lo largo del último año [el Concertgebouw, las filarmónicas de Berlín y Viena], he intentado programar de manera muy variada. Beethoven y Prokófiev. Wagner con Stravinsky. Shostakóvich y Debussy. Esta variedad es muy interesante. Y quizá para el público también es interesante escuchar música que no conoce tan bien.

¿Y en ópera? ¿Cuál diría que es el mínimo común denominador de las que escoge?

He dirigido muchísimas óperas. Y las óperas tienen, por supuesto una música, pero también una historia. Ni me acuerdo de las veces que he dirigido Otelo, la mayoría de ellas con Plácido Domingo, en funciones en Japón, Londres, España, Estados Unidos… Y siempre me he sentido enormemente feliz y vigorizado, por el poder de la música y el poder de la historia. Te imaginas que Otelo está ahí contigo. Es un gran acontecimiento. Y es imposible dirigirlo adormilado, porque la obra te levanta hasta el cielo.

¿Se podría hablar de una dimensión espiritual de su bagaje musical?

En muchos sentidos, la música rusa está basada en el folklore de la tierra y los coros de la Iglesia ortodoxa. Si escuchas Glinka, Músorgski, Chaikovski, Stravinski… están totalmente influidos por esta música religiosa. Y eso es así porque es parte de la historia del país y, sobre todo, porque la experiencia musical en Rusia, desde muy pequeños, se ha basado en ir a la iglesia a escuchar estos coros, lo que supone una experiencia muy diferente a estar en un auditorio. De ahí viene este sentido de la música como algo sagrado, que habla del nacimiento y de la muerte, que no se limita a ser un eco, sino que guía los momentos de la vida. Por eso siento que la tradición musical de mi país es tan fuerte y por eso no se ha apagado durante el siglo XX y seguirá sin apagarse en el XXI. Hace apenas dos semanas hicimos la première de la nueva ópera Shchedrín, que tiene 83 años y que ha hecho un trabajo espectacular, con la orquestación, pero sobre todo con los coros. Porque este hombre, después de una larga vida, vuelve a aquella iglesia donde escuchó música al principio del todo.

¿Cómo ve la interacción europea con otras músicas?

El jazz es fantástico. Una música profundamente estadounidense, afroamericana más exactamente, un fenómeno que consiguió logros extraordinarios. De igual forma que los compositores estadounidenses se interesaron por la tradición clásica europea, los compositores de nuestro continente también sintieron interés por el jazz. Un legado que puede sentirse en Rajmáninov, Shostakóvich o Bartók, absolutamente seducidos por aquella nueva forma. Por eso defiendo que el jazz enriqueció nuestra tradición musical europea y que hay que reivindicarlo. La Música, con ‘M’ mayúscula, sucede cuando la tocan grandes músicos. Y esto es algo que se siente al escuchar a Oscar Peterson.

¿Cree que la música puede ayudar a la hermandad de los pueblos?

Este mundo se enfrenta a peligros increíbles. Y siento que los políticos no están a la altura. Es una idea estupenda lo de la hermandad de las naciones, pero el peligro está en cuando una de estas hermandades empieza a sentir aversión por otra, a desafiarla, e incluso a atacarla. Me encanta oír lo de la “Unión Europea”, los “Estados Unidos” o la “Unión Soviética”. Pero cuando una de estas uniones entra en conflicto con otra, me suena a muerte.