Recuerdo a la viuda de Herbert von Karajan capitaneando una evacuación voluntaria de espectadores en Salzburgo. Voluntaria quiere decir que la versión de “El murciélago” propuesta por el fallecido Gérard Mortier irritó al graderío porque el director de escena, Hans Neunfels, había “ultrajado” la edulcorada ópera de Strauss con una explícita bacanal sadomasoquista.

Gérard Mortier

Gérard Mortier

Sospecho que Mortier disfrutaría con la emergencia. Karajan era el tótem de Salzburgo y el símbolo omnipotente y comercial de la música clásica en el siglo XX, de tal forma que la “espantá” de su esposa le proporcionaba una victoria iconoclasta y concretaba la pretensión inconfesable de expulsar a los espectadores del teatro.

Tenía sus riesgos el planteamiento. Empezando porque el público conservador del que abjura el director belga se vacía los bolsillos en la taquilla, porque las instituciones públicas eluden los peligros de opinión y porque los patrocinadores que financian los teatros no exponen su clientela al disgusto de una orgía sodomita, pero la ambición de Mortier consistía en renovar la escena y el patio de butacas también, constriñendo al abonado a una concepción del fenómeno operístico mucho más exigente.
Beligerancia intelectual

Aquí no se viene a bostezar ni a disfrutar pasivamente. Aquí se viene a pensar, reflexionar, irritarse, sobrecogerse, asustarse y enfadarse. De otro podo, pensaba Mortier, se desperdicia la ópera como un espacio insólito de relación cultural y prevalece la endogamia del acontecimiento social en la pasarela de los entreactos.

El concepto implicaba el sacrificio del repertorio melodramático y ahuyentaba a las grandes estrellas operísticas. Mortier, no menos divo, petulante y estrafalario que ellas, abominaba del ‘star system’ en cuanto “execrable reducto de mercaderes”, igual que consideraba a Puccini un impostor y hubiera quemado entre los rescoldos de la pira del “Trovador” todas las partituras del belcantismo.

Se explica así la beligerancia intelectual, dialéctica y hasta propagandística de Mortier, como se entiende la influencia que ha ejercido en la transición de la ópera del siglo XX al siglo XXI. Incluida la crispada experiencia en el Teatro Real, cuyo accidental desenlace trunca un proyecto cultural arriesgado e impertinente que pretendía extinguir a semejanza de una epidemia todos los visones del guardarropa.