Por  revistadiners.com.co/

George Gershwin, un solterón empedernido que murió hace 80 años, aceptó el reto de Dvorak de componer con base en la música de los negros y creó algunas de las más famosas comedias de Broadway, como “Porgy an Bess”. “Un americano en París”, “Rapsodia en azul” y “Una damisela en apuros”.

Publicado originalmente Revista Diners No. 208, julio de 1987

A 50 años de su muerte, escuchar la arrolladora música de George Gershwin produce tanto placer como la de Bach, Debussy o Sibelius. ¿Habrá entrado ya en la inmortalidad?

La vida del talentoso músico se ha convertido en una leyenda tan espectacular como sus mismas obras, debido a su prematura muerte, ocurrida justo cuando estaba en la cima de la fama. En ese momento, en 1937, muere a los 39 años a causa de un tumor cerebral. Era un solterón empedernido que solía enamorarse con frecuencia más del amor del arte que de las mismas mujeres.

Además de ser muy atractivo físicamente, era dueño de una personalidad magnética. Derrochaba vitalidad, entusiasmo y un fino sentido del humor. Si estuviera hoy vivo y aquí en Colombia, habría gozado viendo que su música sirve de tema de fondo en una propaganda, muy sugestiva, de camisas de hombre, que aparece en nuestra televisión.

A pesar de haber nacido en una oscura calle de Brooklyn, en un modesto hogar de inmigrantes judíos-rusos, que en un comienzo se apellidaban Gerhovitz, sus padres lo enviaron al conservatorio a estudiar piano a los diez años. En plena adolescencia, le alcanzó a decir a un compañero: “No estoy estudiando para ser pianista, sino para un gran compositor de música popular”.

George Gershwin tenía 18 años cuando entró a trabajar a la firma Remick, donde se creaba música popular. Con su primera canción “When you want’em, you can’t get’em”, ganó cinco dólares. Este fue el comienzo del gran músico.

En 1919, la industria grabadora estaba en pleno auge. Para esa fecha se habían fabricado dos millones de fonógrafos y las ventas de discos llegaron a los cien millones de dólares. Es en este año que Gershwin escribe su primera partitura para una comedia musical “La, la Lucille” y su primer éxito disquero “Swanee” interpretado por Al Jolson, del que se vendieron millones de copias.
En los años siguientes, produce un número considerable de canciones populares, que ahora Barbra Streissand retorna en su último álbum “Broadway”, con el que este año obtuvo el Grammy. Sin lugar a duda, 1920 fue el año decisivo en Estados Unidos desde todo punto de vista. Aparece la radiodifusión y, con ella, la música se convierte en artícu­lo de primera necesidad.

Sin embargo, en un país de inmigrantes, las condiciones no favorecían el surgimiento de la música como arte nativo. La música “seria” se importaba de Europa. Mientras tanto, la mayoría de los músicos norteamericanos despreciaban la música negra y nativa.

El origen del cambio

Por eso no puede pasarse por alto la enorme influencia que ejerció Anton Dvorak sobre Gershwin, cuando él estaba aún en su período de formación y atento al proceso histórico que se vivía.
Es importante recordar el cambio que originó Dvorak en la mentalidad de los músicos americanos. Dvorak era un músico consagrado a nivel mundial cuando llegó a Nueva York a dirigir el Conservatorio Nacional. Descubrió la melodía de los negros y se asombró ante las perspectivas que esos elementos podían aportar a la música.

Cuando se estrenó su bellísima sinfonía “Nuevo Mundo”, le dijo a la prensa: “Estos temas, tan bellos y variados, son el producto del terruño. Son americanos.

Son las canciones del folklore americano, y vuestros compositores deberían acudirá a ellos. En las melodías negras de América encuentro todo cuanto es menester para una escuela de composición musical y noble”.

Esta declaración produjo una polémica que duró muchos años entre los músicos conservadores y germanófilos. Edward Mac Dowell se lanzó en picada diciendo: “Aquí en América se nos ha ofrecido el patrón para un traje de música nacional americana, por el bohemio Dvorak, aunque la relación que pudieran tener las melodías negras con el americanismo en el arte queda todavía en el misterio… Estos medios para crear una escuela nacional de música son pueriles”.

Después de esta gran controversia, los compositores, y en primer término Gershwin, se dan cuenta de la importancia y riqueza de la música típica de su país. Comienzan a acercarse a las melodías indígenas, a los cantos religiosos de los negros, a las baladas de origen anglocéltico, a las canciones de los vaqueros del Lejano Oeste y a la música popular del ragtime, el blues y el jazz.

Una rapsodia que dio la vuelta al mundo

“Considero el jazz como una música popular norteamericana, no la única pero sí una muy poderosa, que probablemente esté en la sangre y los sentimientos del pueblo norteamericano más que cualquier otro estilo de música popular. Creo que puede convertírselo en base de obras sinfónicas serias de valor permanente”. Este fue el primer planteamiento que hizo Gershwin sobre el jazz.

En 1924, el rey “del jazz” y director de una orquesta popular, Paul Whitman, le encargó una obra para piano y orquesta, que demostrara las posibilidades sinfónicas del jazz. Así nació, en sólo tres semanas, la famosa “Rapsodia Azul”. Lo extraordinario es que en ese momento, el jazz no era la música “respetable” que es en la actualidad. Se tocaba en cantinas y burdeles y sólo algunos bohemios blancos lograban cierta compenetración con su ritmo.

Como Gershwin no había cautivado el arte de orquestar, Ferde Grofé, el autor de la conocida suite “El Gran Cañón”, quedó a cargo de la orquestación. Gershwin demostró con esta maravillosa rapsodia que el jazz podía aportar algo al “vocabulario” de la música tradicional.

Pero no sólo la relación entre el jazz y arte musical prendió la imaginación del famoso músico, sino que si gran motivación fue liberar a su país de ese sentimiento nacional de “inferioridad cultural” en que se encontraba en relación con Europa en el campo de la música.

Los mismos europeos habían comprendido, incluso antes que Gershwin, que el jazz era un “plato exótico” que podía dimensionarse a otro nivel. Ernest Ansermet lo llevó a París e Stravinsky escribió en 1918 “Ragtime para once instrumentos!, sin haber oído siquiera una banda de jazz. Milhaud también se aventuró con el jazz en su obra “La creación del mundo”, e incluso Debussy y el mismo Satie. Para Gershwin, en cambio, el jazz tenía espíritu propio, era su modo natural de expresión, en el que él había crecido estéticamente.

El estreno de la rapsodia fue muy curioso porque el concierto tenía el suge­rente nombre de “Experimento sobre música moderna” y se dio en el Aeolian Hall de Nueva York para un público exclusivo, donde estaban acomodados en primera fila Sergei Rachmaninoff, Leopoldo Stokowski, Walter Damrosh, Fritz Kresiler, entre los que se recuerdan.

Fue un concierto histórico, monumental. Se dejó establecido que en los Estados Unidos comenzaba a desarrollarse una nueva música que seguía el pulso, la inflexión y la polirritmia del jazz.
Gershwin emplea la rapsodia porque es la más libre de las formas románticas y la que mejor se prestaba para su propósito. A pesar del jazz, el músico se volvió hacia el siglo XIX para tomar esa forma, y encuentra en Liszt su modelo ideal. Por eso su rapsodia es espectacular, se confunde “el pianismo lisztiano” con la locura y la euforia del jazz. Con esta pieza se desvanecen los límites entre lo popular y lo clásico.

Después del fenómeno musical que fue la “Rapsodia en Azul”, el director norteamericano Walter Damrosh le pidió que escribiera un concierto para piano y orquesta, que dio origen a su conocido “Concierto en Fa”, el cual no fue del todo comprendido en su época.

Gershwin había probado para entonces que el jazz era una fuente musical inagotable, y continuó en su empeño de llevar la música vernácula hacia las grandes formas sinfónicas.

Un americano en París.

A los 30 años, Gershwin visita la capital francesa por primera vez. En este poema sinfónico trató, según él mismo lo explica, de “retratar las impresiones de un visitante norteamericano en París, mientras vaga por la ciudad, escucha los diversos ruidos de las calles y absorbe la atmósfera francesa”.

Según los críticos “Un americano en París” carece del desarrollo orgánico de temas y motivos que constituyen la médula del poema sinfónico tal como lo creó Liszt. Sin embargo, este poema es impetuoso, alegre, a mitad de camino entre el jazz y el can-can. Su estreno en el Festival de Londres en 1931 produjo tal impacto que Gershwin logró total reconocimiento en Europa.

“Esta nueva pieza -escribió Gershwin- es en realidad un ballet rapsódico. Está escrita con suma libertad y es la música más moderna que haya intentado hasta ahora. La rapsodia es programática sólo de una manera impresionista general, por lo que el oyente individual puede leer en la música los episodios que su imaginación describa para él”.
Fue en la década de los 50 que Gene Kelly llevó esta obra magistral al cine.

“Porgy”

De las doce óperas compuestas por Gershwin, la que ha sido más veces presentada y la que es considerada como “un clásico norteamericano” es “Porgy and Bess”.
El músico se basó en la novela del mismo nombre de Dubose Heyward, aunque fue su hermano Ira con quien compuso las canciones. Como se recordará, en esta ópera todos los personajes son negros.

Luego se hizo una película donde Sidney Poitier alcanzó la fama.

Gershwin pasó el último año de su vida en Hollywood, donde escribió música para dos películas de Fred Astaire: “Bailamos” y “Una damisela en apuros”. En el fondo no le satisfacía ese ambiente y tampoco trabajar para el cine. Sentía una gran nostalgia por Nueva York, por su medio. Jamás regresó, pues no pudo sobrevivir a la operación de aquel 11 de julio de 1937.

Técnica y espiritualmente la música de Gershwin rompió con el pasado y abrió un inmenso horizonte a los músicos que vendrán detrás.