Pasó por todos los estilos, participó en grabaciones clave de los años 60 y 70 y consiguió hacer un jazz tan propio y reconocible como una huella digital


Vía: www.lanacion.com.ar | Por Ernesto Jodos

Leandro “Gato” Barbieri siempre ha sido una figura enigmática para mí y muchos músicos argentinos de mi generación. El gran saxofonista, que vivía en Nueva York, era una leyenda viviente. Y su sonido está en varios de los grandes álbumes de la historia del jazz de los años 60 y 70. Algunas de esas grabaciones, especialmente las que hizo con los grupos de Don Cherry y con la Liberation Music Orchestra de Charlie Haden y Carla Bley, representan un logro artístico y espiritual que sigue siendo un objetivo para muchos músicos en todo el mundo.

Tengo la impresión de que el Sonido (sí, con mayúsculas) del Gato fue lo que lo llevó a tantos lugares. Como si ese sonido fuera la embarcación en la que él se subió para ir a vivir a Buenos Aires, a Roma y luego a Nueva York. Por ese mismo medio, su sonido, los que lo escuchamos somos llevados también a muchos lugares maravillosos.

Gato Barbieri trabajó durante mucho tiempo en conseguir ese sonido personal, que es como una huella digital: único, inconfundible, admirado por Keith Jarrett, Jan Garbarek y Tony Malaby; y que lleva toda la historia de su búsqueda musical grabada en él. Desde parecerse a Lee Konitz a tocar con la orquesta de Lalo Schifrin, pasando por Charlie Parker y transitando la gran figura de John Coltrane, todos esos sonidos están ahí presentes.

También su visión del repertorio tradicional de varios países de Sudamérica todavía sigue siendo única. Una especie de Latin Jazz completamente fuera de los cánones de ese estilo: mucho más salvaje, directa e inclusiva que las innovaciones de los músicos del free jazz de los años sesenta, el movimiento del cual él llegó a ser una pieza fundamental luego de la “segunda revolución” de ese lenguaje.

Últimamente no puedo dejar de pensar en que varias de las características de la música de Barbieri se mantienen, casi como “rasgos fundacionales”, en gran parte del jazz y la música improvisada que sucede en Argentina: el respeto y estudio de los grandes maestros del pasado, la necesidad de crear una música y un sonido personal, y una energía que es en parte generada por las situaciones políticas y sociales que vivimos los músicos en un país tan alejado geográficamente de los centros tradicionales de creación jazzística.

Sólo lamento, quizás como muchos otros músicos de mi generación, la lejanía que mantuvo con la escena del jazz argentino de los últimos 25 años. Podríamos haber aprendido tanto de él teniéndolo cerca. Por suerte, están todavía sus grabaciones, y todas las historias de los músicos que lo conocieron y pudieron trabajar de cerca con él en distintos momentos de su carrera.