Vía_ El mundo.es | Ahora que se han cumplido cinco años de la muerte de Pavarotti, me pregunta un lector si no considero “honestamente” que ha sido el mejor tenor de nuestro tiempo. Honestamente creo que sí y creo que no.

Luciano Pavarotti

Sí.- Podría decirse que Pavarotti ha cantado mejor que nadie. La afirmación entraña todos los riesgos partidistas a la usanza en las disputas de los güelfos y los gibelinos, pero el maestro de Módena ha tuteado la perfección cada vez que interpretaba L’elisir d’amore (Donizetti), La Bohème (Puccini), Tosca (Puccini) o Rigoletto (Verdi). Era una cuestión de naturalidad, de afinidad estilística, de sensibilidad solar. Tanto en el vértigo de los agudos como en el fraseo y los pasajes declamatorios.

No.- Podríamos acusarlo de conformista y de indolente. Hizo bien en abstenerse de cantar los papeles dramáticos -excluida la experiencia circunstancial de Otello-, pero Luciano Pavarotti ha puesto límites a su propio talento por negarse a estudiar otros idiomas y por resistirse a ampliar el horizonte natural de su voz. Tenía el talante lírico para haber cantado las obras de Massenet, Gounod y Bizet. Podía haberse esforzado más en Mozart. Incluso estaba naturalmente dotado para atreverse con el lied. Historia de lo que pudo ser y no fue.Sí.- El título apócrifo de “el más grande” se relaciona igualmente con la personalidad artística. Pavarotti era un excelso comunicador. Sabía llegar al público, administraba su instinto, descollaba por la naturalidad y la espontaneidad de su vis escénica. Fue un ídolo de masas, un patriarca de la ópera, un fenómeno popular legitimado en las listas de ventas. La sonrisa, el pañuelo y los brazos abiertos de par en par inmortalizan su recuerdo.

No.-Puede cuestionársele a Pavarotti cierta incoherencia artística. No tanto por su predisposición a mezclarse con los ídolos del pop a beneficio de nobilísimas causas, como porque las tentaciones publicitarias y la llamada de los estadios descuidaron demasiado su carrera. Llegando, incluso, al extremo de romper relaciones con los teatros históricos. No volvió a La Scala después de haber galleado en Don Carlo (1992) y terminó en los juzgados contra el Metropolitan por rajarse de sus últimas funciones de Tosca que debía haber cantado (2002). Pecados de cierto peso que destiñen la redondez de un mito y que han encontrado en las páginas de L’osservatore romano la caja de resonancia inquisitorial: “A Pavarotti lo raptaron las sirenas del éxito popular. La máquina de los negocios arrastró todo. Incluida la música”. Amén.

Sí.- La grandeza de Pavarotti va a medirse por el espacio que deja vacante. No existe ningún tenor, ninguno, que haya ocupado su plaza en cuanto concierne a la calidad vocal, la expresión artística, la capacidad emotiva, la dimensión solar y talento comunicador. Hay voces extraordinariamente interesantes como la del argentino Marcelo Álvarez. También hay tenores ligeros de talento aristocrático, como el de Juan Diego Flórez, pero la muerte del Big deja sin solución la cuestión sucesoria.

No.-Conceder el primado a Pavarotti implicaría desclasar a Plácido Domingo. El tenor madrileño puede decir ahora, con razón, que es el número uno, aunque también tendría sus razones para reivindicar la misma plaza cuando Luciano Pavarotti vivía. Nadie ha cantado tantos papeles como él -más de 140- ni ha abierto en más ocasiones la temporada de los grandes teatros. Sin olvidar que Plácido ha sido tenor wagneriano en Bayreuth, ha cantado Otello durante 30 años y se ha mudado de voz hasta convertirse en barítono polifacético.