Vía: www.codalario.com  |  Por Aurelio M. Seco

Si tuviéramos que hacer una lista con los nombres de los compositores más injustamente olvidados el siglo XX, Franz Schmidt ocuparía uno de los primeros lugares. Clasificado con frecuencia al lado de aquellos cuyo estilo reconocemos menos puro, Schmidt se ha convertido en un desconocido incluso para muchos de los más prestigiosos directores de la actualidad. Quienes se hayan acercado a él, seguramente lo habrán hecho a través del Intermezzo que escribió para la ópera Notre Dame, pieza que ayudó a popularizar Karajan en su día al grabarla, – con poco cuidado, a juzgar por algún error en la edición de la partitura- y que, con los años, ha adquirido cierto protagonismo en algunas salas de conciertos. Nos parece curioso que , entre lo poco que grabado hasta la fecha Kirill Petrenko el nuevo titular de la Filarmónica de Berlín, se encuentre la Cuarta sinfonía de Schmidt, por cierto, en una versión de expresividad un tanto fría, sobre todo si la comparamos con la de Zubin Mehta, maestro que no siempre hace gala de una gran musicalidad pero que aquí está especialmente acertado.

   Schmidt no ha dejado escrita mucha obra. Cuatro sinfonías, alguna pieza de cámara y música para órgano, dos óperas, una cantata y un gran oratorio, son suficientes sin embargo para constatar a un artista de gran sensibilidad y formación técnica, a un hombre de su tiempo que, si recogió el testigo estético de Bruckner y Mahler casi de su propia mano,  fue capaz de interpretarlo a su modo.

   Casi desde sus primeras obras, Schmidt da la sensación de ser un compositor del siglo XX  anclado en la sensibilidad del XIX, y  un músico que parecía sentirse más a gusto dentro de las grandes formas que en el repertorio de cámara.  No asimiló el vanguardismo en música. Más bien se puede considerar un fiel seguidor de los postulados musicales vieneses que van de Schubert a Strauss, pasando por Brahms. Quiere decirse con esto que Schmidt fue un continuista del XIX siguiendo a Mahler por el camino de Bruckner, al que mira de reojo sin hacerle mucho caso, salvo para epatar. Y es posible que en el camino se acabara convirtiendo en el más romántico de los “tonalistas” austríacos de principios del XX. Se sugiere al escucharle ciertos fragmentos donde, sobre todo, manda la melodía y la estructura corta y eufónica, como el ya citado Intermezzo de su ópera Notre Dame (a partir del minuto 2:19) o el tema principal de suCuarta sinfonía  (a partir del minuto 4:26), verdaderos hallazgos conductores de la belleza de ambas partituras, presentados en ambos casos tras un silencio elocuente y dramático.

Franz Schmidt realiza sus primeros estudios musicales con su madre, una excelente pianista que le introduce en la obra para teclado de Bach,  autor al que admiraría durante toda su vida y del que tomaría su afición por el contrapunto. Prosigue su formación con el padre franciscanoFelizian Moczik, organista de la iglesia franciscana de Pressburgo, y estudia piano con Theodor Leschetizky hasta que, en 1888, se traslada a Viena con su familia, en cuyo conservatorio estudia teoría de la música con el gran teórico Robert Fuchs, violonchelo con Ferdinand Hellmesberger y contrapunto nada menos que con Anton Bruckner, graduándose con las mejores notas en 1896, tres años antes de componer su primera sinfonía.

Ya en estos primeros años se nos presenta el órgano como un instrumento importante en el que también se fijaría como compositor, aunque sus Preludios y fugas no nos parezcan lo mejor de su producción, siendo expresivas y refulgentes y habiendo dejado alguna bella perla musical reutilizada más tarde en su famoso oratorio. En 1899 compone su Primera sinfonía, en la que la impronta de Bruckner y Richard Strauss es tan evidente que salta a la vista. También su carácter germano y la melodía diatónica, trufada de un color orquestal verdaderamente maestro, otra de su virtudes como compositor. Schmidt fue un gran orquestador. De los mejores que encontramos en todo el siglo. 

Desde 1904 a 1906 escribe la música para Notre Dame, una ópera corta que recuerda a la opereta vienesa en su estilo sin renunciar a la ambiciosa manera de escribir de Wagner. Toda la obra respira el perfume de un tema principal, hermosísimo, que se repite en varias ocasiones en la orquesta, sin que por ello pierda interés la escritura vocal.

Su Segunda sinfonía es la más larga del conjunto y una composición extraordinaria, que vuelve a recordar a Mahler puntualmente pero que también encuentra la personalidad de Schmidt en un sentido de la continuidad temática tensa y grandilocuente que tampoco renuncia a la inspiración folclórica. (A partir del minuto 11:00) Al igual que Vaughan Williams, que podría haberse convertido en el inglés más romántico del siglo XX si no hubiera sido tan exasperadamente británico, Schmidt también podría haber sido el Vaughan Williams austríaco si no hubiera conocido a Bruckner y Mahler. Viena siempre marca por el peso de su tradición. Es en Viena donde obtiene el puesto de violonchelista de la Orquesta de la Ópera de la Corte, donde a menudo toca bajo la dirección de Mahler. Parece que, dada su calidad como solista, con frecuencia el propio Mahler le hacía tocar todos los solos de chelo aunque Schmidt no fuese el violonchelista principal.

En 1914 asume el cargo como profesor de piano en el Conservatorio de Viena  y, en 1916, compone su segunda ópera: Fredigundis, una obra que, de momento y que sepamos, no se ha grabado en disco de manera oficial. Según la enciclopedia New Grove, su escasa aceptación desde el mismo día de su estreno quizás pueda atribuirse al hecho de que Fredigundis(Fredegunda), la viuda de Chilperico I, se presenta en ella como un monstruo femenino asesino y sádico. También apunta la publicación a determinados problemas estructurales con el libreto.

En contraste con sus enorme éxitos profesionales, la vida privada de Schmidt estuvo ensombrecida por la tragedia. Su primera esposa fue, desde 1919, confinada en el hospital mental Am Steinhof de Viena y, con posterioridad, asesinada bajo las leyes nazis de la eutanasia. Su hija Emma murió de forma completamente inesperada después del nacimiento de su primer hijo. A pesar de su delicada situación personal, en 1925 acepta el puesto de director de la Academia y, desde 1927 hasta 1931, el de rector.

La tristeza y melancolía marcaron buena parte de su composiciones, como su Cuarta sinfoníay, sobre todo, su oratorio El libro de los siete sellos, una excepcional obra sinfónico coral que cuenta con algunos de los momentos más espectaculares de la historia del género, entre los que se sitúa este bien trazado Hallelujah. La obra se nutre del Apocalipsis, tema que pareció anticipar los desastres que poco tiempo después traería la Segunda Guerra Mundial. El  oratorio de Schmidt se encuentra dentro la tradición austro-alemana que se remonta a la época de Bach y Haendel y se podría definir como una especie de contemplación mística, una advertencia horrorizada, en fin, una oración de salvación, si cabe.

En 1933 compone su Cuarta sinfonía, una obra maestra del género y su sinfonía más conocida. Titulada por el propio compositor como  “Un réquiem por mi hija”, la obra presenta muchos momentos de singular belleza. Comienza con una larga melodía de 23 compases de un solo de trompeta melancólico y profético que vuelve justo al final de la obra. Pero más bello incluso resulta el tema principal, que se presenta en el primer movimiento pero que permanece vivo a lo largo de toda la partitura, contagiandola con su perfume triste. El Adagio es una estructura ternaria, ABA, buena muestra del gusto del compositor por las formas compositivas del XIX. La sección B es una marcha fúnebre, puede que recordando a la Tercera sinfonía de Beethoven, y el tercer movimiento, una especie de recapitulación del primero, que concluye de manera íntima y serena tras expresarse, una vez más, con un clímax orquestal similar a los que solemos encontrarnos en las sinfonías de  Bruckner.

Cuatro años más tarde de concluir su sinfonía, Schmidt se casa por segunda vez con una joven estudiante de piano, una relación un tanto inestable que acentuará sus ya de por sí preocupantes problemas de salud. La situación le obliga a jubilarse de la Academia a comienzos de 1937. En su último año de vida, Austria se anexiona al Reich alemán y Schmidt es considerado por las autoridades nazis como el más grande compositor vivo de la denominada Ostmark. Se le encargó escribir una cantata titulada La recurrección alemana que, después de 1945, tras la muerte de Hitler, fue tomada como excusa para tacharlo de colaboracionista. Sin embargo, parece que Schmidt dejó la obra inconclusa y, en el verano y otoño de 1938, meses antes de su muerte, prefirió apartarla para dedicarse a componer para Paul Wittgenstein, el pianista manco de ascendencia judía, hermano del famoso filósofo, a quien también dedicó suQuinteto para clarinete en la mayor y la Toccata en re menor. Murió poco después, el 11 de febrero de 1939.