por Peter Aspden, (Financial Times)

Sus edificios son íconos culturales, pero el arquitecto reniega de la celebridad.

Un hombre que lo conoce me dice que Frank Gehry es malhumorado. “Malhumorado, pero dulce”. Tengo esa descripción en mente cuando me presentan al arquitecto en la oficina de su estudio en Los Angeles y le explico de una manera educada mi función como periodista de arte del Financial Times. “Así que usted no sabe nada acerca de arquitectura”, me dice en un tono que, con toda honestidad, no transmite dulzura. He recogido algo de experiencia en el camino, le digo. “¿Entonces no piensas llamarme ‘starchitect’? Eso no me agrada”, advierte.

Frank Gehry Foto sean frego

Frank Gehry Foto sean frego

Gehry, de 84 años, es un arquitecto de no poca reputación, cuyos logros con seguridad se pueden describir como estelares. Pero sus sentimientos sobre esa pequeña palabra, aparentemente inofensiva, encapsulan el debate sobre su posición en el panteón de los arquitectos contemporáneos.

Los espectaculares edificios de Gehry -entre los más famosos están el Museo Guggenheim de Bilbao y el Disney Concert Hall en Los Angeles, dirigido por el venezolano Gustavo Dudamel- son criticados por abrumar el entorno donde aparecen. El estilo de su firma -que tildan de “metálico-sensual”- es, dicen, repetitivo y falto de respeto de su contexto local. Diseña edificios arrugando papeles. Disfruta de su fama, y sus clientes disfrutan de la asociación con lo que se ha vuelto una de las marcas líderes de la cultura mundial.

Imagen-arquitectura-clásica-de-Frank-GehrySiempre he tomado esas críticas como malintencionadas o simplemente tontas (la definición del papel arrugado apareció como una broma en el cameo de Gehry en Los Simpson). Pero ese epíteto de “starchitect” evidentemente le provoca escozor. “Usted sabe, los periodistas lo inventaron, y ahora lo utilizan para condenarnos”, afirma a la defensiva. Me encanta su arquitectura, digo con honestidad. Me encanta desde que fui asignado para cubrir la inauguración del Museo Guggenheim, en 1997. Fue la primera vez en mi vida que vi cómo la cultura puede señalar con tanta claridad el futuro: “El nuevo siglo llegó y pasó por aquí”.

La mención del Guggenheim tiene un suave efecto. “Alguien me dijo que ese edificio ayudó a cambiar el clima político en el País Vasco. Una vez que fue construido, este movimiento separatista que estaba buscando su propia identidad tuvo de repente un ícono. La verdad, nunca lo pensé de esa manera”, dice Gehry. “La gente hablaba de sus esperanzas de un levantamiento comercial. Para mí era como si todos creyeran de nuevo en el hada de los dientes… Un edificio no era capaz de hacer eso”. Sin embargo, lo hizo: el 80% de la actividad económica de la ciudad tiene que ver con el museo, el que atrae a cerca de un millón de visitantes al año.

¿Su nombre es una marca?

La gente dice eso, pero no creo que sea así. Es cierto que uno no puede escapar de su firma. Uno de los más grandes arquitectos del siglo XX, Mies van der Rohe, se repetía sin cesar. Si algo es bueno, es bueno. Existe este tipo de noción de que yo sigo una receta, como si hiciera mermelada. Eso está muy lejos de la verdad. Mi gratificación está en trabajar con la gente, interpretarla y hacerla feliz.

Gehry nació en Toronto como Frank Goldberg, hijo de padres polacos judíos, que cambiaron su apellido a mediados de la década del 50 en respuesta al antisemitismo. “Crecí leyendo el Talmud (texto central del judaísmo), y en él la regla de oro es hacer a los demás lo que te gustaría que te hicieran a ti. Tienes que tener respeto por el hombre que está al lado tuyo”.

Sin embargo, su arquitectura se considera controversial. ¿Disfruta a veces de la polémica?

¡No! Me gusta la interacción con el cliente. Yo interpreto sus criterios financieros, prácticos, de fecha límite, y trato de explicarles sus opciones para que puedan decirme: “¡No, yo no quiero eso!”.

Lo cierto es que el mundo parece disfrutar diciéndole que sí a Gehry. Entre los proyectos que ya tiene en carpeta están otro Museo Guggenheim en Abu Dhabi; la sala de conciertos Dudamel en Barquisimeto, Venezuela; un memorial para el ex Presidente de EE.UU. Dwight D. Eisenhower en Washington D.C.; una serie de edificios de apartamentos en la central eléctrica de Battersea de Londres, y el nuevo campus para Facebook en Silicon Valley.

Gehry me lleva a su taller, donde hay imágenes aparentemente inconexas y dibujos repartidos en cada estación de trabajo. No puedo dejar de notar pedazos arrugados de papel verde en todas las maquetas. ¿Así que sí hace uso de papel arrugado después de todo? “Son árboles”, responde Gehry, inexpresivo.

El proyecto Eisenhower es el que le ha dado la mayor cantidad de dolores de cabeza, con la familia del ex presidente en su contra, quienes insisten en enfatizar en la obra la modestia de sus orígenes. “Es complicado”, dice el arquitecto. “Se trata del gobierno, de una figura histórica que ya no está aquí y de su familia. A mí me parece que he hecho un retrato honesto”. Luego, el tono de su voz se apaga repentinamente: “No sé si voy a conseguir construirlo”.

Gehry también me muestra la maqueta del campus de Facebook. A rasgos generales, no tiene mucho de la marca que lo ha hecho famoso. Se trata de un largo e inclinado complejo de estructuras con jardines en el techo y una biblioteca de un solo ambiente. “Un centro de investigación no tiene por qué ser un edificio emblemático. Mark Zuckerberg me habló mucho sobre lo que ama, y ama caminar. Es un chico que aprecia el aire libre. Así es como él ejercita, así es como él piensa. Por supuesto que he tenido en cuenta eso para el edificio. Soy un buen oyente”, dice Gehry, casi lastimeramente. “Presto atención”.