Vía: www.elartedelafuga.com | Por DAVID RODRÍGUEZ CERDÁN /

Pianista, clavecinista, director de orquesta, musicógrafo, productor discográfico, arquitecto y operófilo consumado, Félix Ardanaz se antoja, a sus veinticinco años, una rara avis dentro de un sistema cultural que suele desdeñar el talento poliédrico. Bendita anomalía. En una época como la nuestra tan dominada por la sofistería cultural y la imagen de marca, un artista tan libre e irreductible como Ardanaz debe ser considerado en justicia un auténtico “renacentista”, calificativo que el crítico Arturo Reverter no dudó en emplear a la hora de presentarle en sociedad el pasado mes de julio con motivo del lanzamiento de sus dos nuevos álbumes como teclista: un monográfico dedicado a Franz Liszt y un segundo disco en torno a la escuela clavecinística francesa. Residente de la Ciudad de la Luz durante casi un lustro, este vasco sin fronteras ha decidido recientemente hacer patria y establecer su base de operaciones en la capital para materializar sin cortapisas todos sus sueños y proyectos, que no son pocos. Entre ellos, propulsar a la estratosfera su carrera como concertista, triunfar sobre el podio como su admirado héroe Abbado y revolucionar la fonografía española con su editorial Orpheus.  Y si le queda tiempo, por qué no, escribir de ópera.

EL ARTE DE LA FUGA: España y Polonia a los diecinueve años, París a los veintiuno y Londres a los veinticuatro. ¿A qué se deben tantos viajes a lo largo de su formación musical?

FÉLIX ARDANAZ: Desde muy pequeño he intentado trabajar con grandes maestros, porque tuve la gran suerte de darme cuenta muy pronto de que la música era una auténtica pasión para mí. Los primeros años en España fueron especialmente difíciles, porque compaginaba los estudios reglados con largos viajes en tren y en autobús durante los fines de semana para recibir clases.

A los 17 años tuve la suerte de empezar mis estudios superiores con Gustavo Díaz-Jerez en el Conservatorio Superior de Música del País Vasco (Musikene), un pianista brillante de quien aprendí muchísimo. Después, cada uno de esos tres destinos (Varsovia, París y Londres), estuvo guiado por una razón específica.

Lo que me llevó a Varsovia fue sin duda mi pasión con Frédéric Chopin. Él marcó toda mi infancia y mi adolescencia: era el compositor que más tocaba y el que sentía más afín a mi personalidad. Su música, a caballo entre la inspiración vocal belcantista, el nacionalismo polaco y el refinamiento francés me sigue fascinando aún hoy. En ocasiones, me afecta tanto tocar Chopin que me resulta muy difícil de interpretar en público. En la academia Chopin conocí de cerca el historicismo pianístico de las escuelas de Jasinski y Ekier y, en el campo de la dirección de orquesta, el de personalidades como Antoni Wit y Tomasz Bugaj.

Por otra parte, París era una ciudad que me apasionaba desde siempre y que ya conocía, pues desde pequeño había trabajado allí con varios músicos franceses. Creo que desde que tengo uso de razón siento una afinidad especial por la cultura francesa, la literatura, la lengua y, por supuesto, la música: Debussy y Ravel figuran entre mis compositores preferidos. Los cuatro años que pasé en París fueron probablemente los más importantes de mi vida. Abandonar la ciudad fue un auténtico drama para mí y espero de verdad volver a vivir allí.

Finalmente, en el caso de Londres fue el prestigio de la escuela (la Royal Academy of Music) lo que me animó a terminar en esa ciudad mis estudios de Máster.

ADF: Su trayectoria viene marcada por un gran número de primeros premios internacionales en París, Barcelona, Roma, Nueva York, etc. ¿Cómo le han ayudado estos galardones y en qué medida considera que los concursos son importantes en la actualidad?

FA: Es cierto que los premios que he obtenido me han abierto bastantes puertas, sobre todo de cara a conseguir conciertos en salas importantes. La verdad es que siempre he pensado que la música debe ir mucho más allá de la mera competición y de la mentalidad deportiva, por lo que en este sentido nunca me ha interesado especialmente participar en competiciones internacionales.

Desgraciadamente, creo que el mundo de la interpretación actual es tan complicado que ganar algún premio puede que sea condición sine qua non para salir adelante. Sin embargo, del mismo modo pienso que ganar premios ya no garantiza nada, como lo hacían hace treinta años. En este sentido, creo que ofrecer algo bastante original e innovador como intérprete es más importante que acumular premios.

ADF: Ha actuado en salas internacionales tan importantes como la Salle Pleyel de París, Wigmore Hall, la Unesco, el Palacio de la Música Catalana. Además, el pasado mes de mayo tuvo la oportunidad de ofrecer un recital en la mítica sala de Carnegie Hall de Nueva York. ¿Cómo se sintió después del mismo? ¿Qué supone el tocar en una sala tan legendaria?

FA: La verdad es que si me hubieran dicho hace un par de años que iba a tocar en Carnegie Hall no me lo habría creído. Obviamente, esta sala produce un respeto inmenso: desde que puse un pie en el camerino tuve la sensación de estar dentro de uno de los grandes templos del mundo de la música.

Sin embargo, las sensaciones durante el concierto y después del mismo fueron similares a las de cualquier otro. Yo no me siento diferente al tocar en una sala pequeña o en una grande: el mensaje musical de los grandes compositores sigue teniendo la misma potencia. John Cage decía que bastaba con un simple ser humano para ofrecer un recital y yo así lo creo. Además, muchas veces en las salas pequeñas hay una energía muy especial, porque el sonido no se dispersa tan fácilmente y te invade con más facilidad: la música tan intimista de Schubert está hecha para estos contextos.

Por otro lado, mi sensación tras el concierto de Carnegie Hall fue también la misma que experimento después de una actuación: la insatisfacción. Nunca estoy contento con el resultado, siempre creo que hay muchísimas cosas que mejorar y que he de trabajar mucho más. Es esta creencia la que paradójicamente me anima a seguir luchando. A lo largo de los últimos años de trabajo nunca he tenido la impresión de estar mejorando como intérprete en el día a día: es al distanciarme y al escuchar interpretaciones de hace años cuando me doy cuenta de que he cambiado y de  que el esfuerzo merece la pena.

ADF: A sus veinticinco años, ya ha actuado como director con orquestas españolas como la Orquesta Sinfónica de Bilbao (BOS), la Orquesta Sinfónica de Extremadura o la Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias (OSPA). ¿Cómo surgió esta pasión por la dirección de orquesta y qué papel cree que jugará esta disciplina en su carrera en un futuro cercano?

FA: Recuerdo que ya de niño me apasionaba la ópera: me aprendía mis arias preferidas de memoria. Creo que en realidad el canto es mi caso el inicio de todo, ya que la inspiración vocal se proyectó incluso en mis compositores preferidos y en mi forma de tocar (por eso, por ejemplo, Chopin y Liszt han sido mucho más naturales para mí que Bartók).

A los 17 años empecé los estudios superiores de piano y de dirección de orquesta al mismo tiempo y, desde entonces, ambas disciplinas me han acompañado al mismo tiempo. No puedo decir con cuál disfruto más ni cuál prefiero, ya que la sensación es muy diferente en cada una de ellas.

La ventaja del piano es que toda la información sonora proviene de uno mismo. El pianista es el único responsable del mensaje emocional y, en este sentido, tocar el piano es un ejercicio introspectivo fascinante. Al mismo tiempo, tocar el piano implica ahondar en la vulnerabilidad de uno mismo, ya que para tocar es necesario desnudarse emocionalmente hablando y mostrarnos tal y como somos sin ambages.

La dirección de orquesta es muy distinta, pues en realidad y en contra de lo que mucha gente cree, el director no puede imponerse constantemente. De hecho, Celibidache decía que nunca ha de batirse la batuta en contra de la orquesta. En tal caso, es necesario encontrar una especie de compromiso entre la idealización musical de la composición que el director tiene y la información sonora que recibe por parte de los músicos: todo mana de una actitud de diálogo fantástica. Además, la sensación de estar envuelto por la masa sonora producida por tantos instrumentos distintos es sencillamente mágica e indescriptible.

He de confesar que el repertorio sinfónico y operístico me parece aún más atrayente que el pianístico, por lo que espero y deseo compaginar ambas disciplinas en un futuro cercano, e incluso que la dirección vaya cobrando cada vez más peso.

ADF: ¿Cuáles son las figuras musicales que más le han marcado en el campo del piano y de la dirección de orquesta? Sabemos que Martha Argerich es especialmente inspiradora para usted. ¿Qué encuentra en ella?

FA: En el campo de la dirección de orquesta, admiro particularmente a Carlos Kleiber, Sergiu Celibidache y por supuesto, Claudio Abbado, para mí el más grande de la historia. En el piano, la lista es muy grande, pero si tuviera que restringirla también a tres nombres, me quedaría con tres mujeres muy influyentes para mí: Brigitte Engerer, Alicia de Larrocha y, cómo no, Martha Argerich.

Con Brigitte Engerer estudié en Francia, fue muy importante para mí. Ella se formó en Moscú con Neuhaus, así que con ella aprendí de cerca la técnica de la escuela rusa, que me marcó para siempre. Recuerdo que al principio me decía que tenía que tocar el piano sintiendo que le estaba dando un masaje al teclado en todo momento y yo no entendía lo que me quería decir. Ahora intento aplicar ese principio de relajación máxima en cada nota que toco.

Además, ella me enseñó a pensar de manera cinematográfica la música, a elaborar un discurso de imágenes, algo que desde entonces siempre me ha acompañado. Recuerdo sus clases con mucho cariño: a ella le rodeaba siempre un bohemio halo de humo porque fumaba constantemente, y me recibía en su casa incluso si tenía conciertos esa misma semana. Semejante generosidad me abrumaba. Su fallecimiento tan repentino fue todo un acontecimiento nacional en Francia y nos afectó mucho a todos los que la conocíamos.

El caso de Alicia de Larrocha es diferente, porque yo crecí escuchando su música desde que tengo uso de razón. Siempre he admirado enormemente su manera de tocar tan única: su articulación diáfana, la belleza de su sonido, su fraseo…  Al final de su vida trabajé con ella música española, fue una experiencia sencillamente inolvidable, probablemente la más emocionante de mi vida: nunca he conocido a alguien tan genial y humilde a la vez. Recuerdo que tenía que ayudarle a pasar las páginas pero que era capaz de decirme cómo timbrar cada dedo en un acorde de diez notas de la Iberia de Albéniz. Alicia tenía sencillamente la música en las venas. Recuerdo salir completamente emocionado de su casa, pensando que los genios no deberían abandonarnos nunca.

Por último, Martha Argerich es otro caso diferente. Es alguien que me fascina como músico y como persona, por su espontaneidad, su rebeldía y su genialidad. Una vez tuve la oportunidad de conocerla en persona después de un concierto (me la iban a presentar sólo a mí), pero salí corriendo, porque no estaba preparado. Ella siempre ha sido la persona que me ha impulsado a seguir luchando y a trabajar duro: contemplarle al piano es lo más estimulante que cualquier músico puede ver porque, sencillamente, no existe nada comparable. Creo que cuando vi los primeros vídeos de Martha y escuché algunas grabaciones suyas (como Gaspard de la Nuit de Ravel o el Concierto para piano nº1 de Tchaikovsky), mi vida cambió para siempre.

ADF: Las obras que interpreta van desde el barroco temprano hasta la música compuesta hoy pero, ¿hay algún estilo con el que se siente más identificado? ¿Podría decirnos cuáles son los compositores y obras que más le emocionan?

FA: Me gusta interpretar todos los estilos, pero a partir de Beethoven me siento mucho más cómodo, porque creo que los pianos actuales no son del todo idóneos para la música anterior, que prefiero abordar al clave o al pianoforte. En cualquier caso, el romanticismo es el estilo con el que más me identifico, así como el impresionismo francés. Así, Chopin, Liszt, Schubert, Debussy, Ravel y Albéniz (a caballo entre los dos estilos), son mis preferidos. Tchaikovsky ocupa un lugar muy especial en mi corazón, de hecho me atrevería a decir que hoy por hoy es mi compositor predilecto. Con él siento algo inexplicable: bastan algunos acordes de su música para ponerme los pelos de punta. Creo que con los compositores pasa lo mismo que las personas: te llevas bien con ellos o no, y eso no tiene nada que ver con su calidad, sino con la simbiosis que se crea entre ambos.

En tal caso, mi obra musical preferida es la Sexta Sinfonía de Tchaikovsky (la Patética), que considero una gran obra maestra. Me siento muy identificado con el talante trágico de la misma. Además, cómo no, adoro el Concierto para piano nº1 de Tchaikovsky, que he tocado bastantes veces. En él convergen al mismo tiempo el drama típico de su música, la inspiración del ballet y las connotaciones nacionalistas rusas.

Mi ópera preferida es Tristán e Isolda de Wagner (creo que es la última obra que me gustaría escuchar en este mundo), y mis piezas para piano solo favoritas son la Sonata en si menor de Liszt y Gaspard de la Nuit de Ravel, dos grandes cimas de la literatura del instrumento.

ADF: A los 17 años grabó su primer disco actuando como solista con orquesta, interpretando laRapsodie Basque pour piano et orchestre del francés Charles Bordes. A los 19, grabó otro disco para piano solo (Himno a la luz), con el sello discográfico Verso. Ahora acaba de lanzar dos proyectos discográficos con su propio sello: Orpheus. ¿Podría explicarnos por qué creó Orpheus y cuál es su ideario?

FA: En primera instancia creé Orpheuspara gestionar mis propias grabaciones con facilidad, ya que a partir de ahora planeo grabar de media dos nuevos proyectos al año. Poco a poco, conforme fui explicando el proyecto a músicos de mi entorno, la iniciativa fue suscitando más y más interés, así que se me ocurrió la idea de abrir el sello a otros músicos y de contribuir con un granito de arena a aportar aire fresco al mercado discográfico.

Orpheusacaba de nacer, pero las expectativas son bastante altas: se pretende ante todo ayudar a los intérpretes y a los nuevos creadores de gran talento a dar difusión a su música, abaratando en gran medida los costes de producción y ofreciendo una imagen visual lo más atractiva posible. Los proyectos serán distribuidos físicamente a través de Sémele Proyectos Musicales y digitalmente a través de todas las plataformas de internet.

Además, se pretende apoyar proyectos conceptualmente innovadores, sin renunciar a campos como la música improvisada, y se privilegiará especialmente la grabación de recitales en directo o las grabaciones de estudio de una sola toma. Ya es hora de que la naturalidad de hace 50 años vuelva al sector discográfico de la música clásica.

ADF: El disco de piano de Orpheus dedicado a Franz Liszt, que acaba de recibir la prestigiosa distinción Melómano de Oro, da cabida a tres piezas de gran dificultad pianística: el estudio trascendental Mazeppa, una versión en directo del primer Mephisto Waltz y la titánica Sonata en si menor de Liszt. ¿Cuál es su sensación al grabar una obra clave del repertorio pianístico que ha sido abordada por todos los grandes de la historia del piano?

FA: La Sonata en si menor de Liszt la grabé hace cuatro años, aunque vaya a distribuirse a partir de ahora con Orpheus. Es una obra que me ha acompañado mucho tiempo y con la que he vivido un proceso de evolución permanente. De hecho, ahora la tocaría de una manera muy distinta: no tengo muy claro si la nueva versión sería mejor o peor, pero lo que está claro es que mi visión de ver el mundo ha cambiado en cuatro años y eso, naturalmente, se proyecta en la música.

El respeto que uno siente al grabar una obra así es muy grande, pero la verdad es que yo intento abordar cada obra, sea al piano o con la orquesta, con la misma actitud. De hecho, no creo que existan obras más fáciles o más difíciles que otras: todo es, sencillamente, imposible. Uno ha de luchar por un ideal hasta las últimas consecuencias y eso implica no alcanzarlo nunca.

Curiosamente, aunque no creo que haya obras más difíciles que otras, sí que creo en lo natural que puede resultarle un estilo a una persona, y en este sentido creo que Liszt es un compositor con en el que siempre me he sentido bastante cómodo. Desde este punto de vista, cualquier sonata de Mozart me resulta más difícil de tocar que la Sonata en si menor.

ADF: Cuando aborda una interpretación, ya sea en la orquesta o en el piano, ¿cómo lo hace? ¿Cuáles son las etapas de ese proceso?

FA: La primera fase consiste en ser lo más fiel posible al texto musical original. Paso mucho tiempo estudiando la partitura muy lentamente, analizando y memorizando cada signo. Intérpretes como Alicia de Larrocha son un perfecto ejemplo de cómo se puede ser a la vez fiel al texto y enormemente original.

Después, empiezo la etapa que me parece más fascinante: busco mis propias imágenes a las que me adhiero para transmitir un color o una emoción específica. A veces las imágenes no son tan claras (con música totalmente “absoluta”, como la de Beethoven o la de Bach), pero aún así, siempre se puede ahondar en la apasionante búsqueda de un color concreto para cada pasaje y cada armonía. Eso es lo que hace que cada pianista o cada director tenga un sonido propio.

ADF: La música clásica es un mundo en el que cada vez resulta más difícil hacerse un sitio profesionalmente hablando. ¿Qué les diría a otros jóvenes de su generación que anhelan convertirse en solistas o en directores de orquesta?

FA: Creo que casi todos los jóvenes que toman la dificilísima decisión de emprender la carrera musical superior aspiran a convertirse en grandes solistas, directores o compositores. Sin embargo, también creo que hoy en día vivimos una situación muy distinta a la de hace 30 años, y que en consecuencia es muy importante abordar la profesión desde muchos prismas distintos que pueden converger perfectamente al mismo tiempo: la interpretación como solista, la música de cámara, la pedagogía, etc.

Esta ambivalencia ha de aplicarse también al producto musical que uno ofrece. Hoy en día, tocar todos los estudios de Chopin al piano impecablemente sigue suponiendo un enorme esfuerzo, pero ya no tiene el mismo valor que hace unas décadas, porque muchos pianistas en el mundo los tocan. Por ello, considero que es importante encontrar aquello que nos identifique y que nos haga originales: mezclar géneros, atreverse a romper moldes, a inventar, a salir de lo convencional. Es algo que los conservatorios no suelen enseñar y que considero fundamental.

Por ejemplo, últimamente estoy programando recitales de piano temáticos en torno a la música descriptiva, mezclando música para piano muy conocida de Liszt, Ravel y Albéniz con unas obras rompedoras de George Crumb, compositor contemporáneo al que adoro. El público tiene muchas veces miedo de ir a un recital de música contemporánea, por eso creo que estas combinaciones son muy prácticas y funcionan muy bien. Además, cuando contemplan al pianista gritando, tocando en las cuerdas, frotando el cordaje con unos vasos y cantando mantras y, justo después, escuchan una obra tradicional, aprecian mucho el contraste: es una mezcla explosiva.

En definitiva, creo que cada uno de nosotros ha de encontrar su propia voz distintiva, porque todas la tenemos. Todo ser humano tiene la música en su interior: creo de verdad que es el arte más connatural a nuestra naturaleza.

También pienso que no es nada positivo obsesionarse con el éxito y el reconocimiento, pues eso no conduce a nada. Es mucho más interesante amar el recorrido, ya que no se acaba nunca. Además, las grandes obras son las mismas se toquen en la sala que sea y para la audiencia que sea: la motivación de emocionar está siempre ahí.