A propósito de la culminación de la temporada de obras y musicales en el país, la actriz y cantante lírica Fanny Arjona analiza el tema de las producciones de espectáculos, que se debaten entre la urgencia por producir ganancias y la necesidad de mostrar calidad artística


Por Ana María Hernández Guerra | Venezuela Sinfónica

La improvisación –como algo no previsto o no preparado- no forma parte del vocabulario de Fanny Arjona.

A la cantante lírica y actriz, con sólida formación artística, le preocupa el devenir de las puestas en escena que se ofrecen en Venezuela. Y sí, por una parte, está el llamado “tema país”, del que por mucho padecerse, no se describe; también está el hecho de que los espectáculos, precisamente, por garantizarse un aforo repleto, buscan abastecerse con más nombres de estrellas del firmamento farandulero que de talentos, lo cual da, como resultado, obras que no satisfacen plenamente el requisito artístico y de calidad.

Este es un aspecto que a Arjona le preocupa, y del cual conversa.

-¿Qué importa más en las obras, en los musicales? ¿la capacidad actoral, la taquilla, el talento para cantar?

-A ese punto hay que responder con total sinceridad. En un medio artístico lógico, lo que primero se tomaría en cuenta es si los candidatos en cuestión tienen la facultad para cantar, unida a las necesarias condiciones actorales. Pero en un medio tan exótico como éste, la primera consideración que se tiene en cuenta es la ganancia. Lo que se busca primordialmente es que el elenco esté conformado por actores que sean “caras conocidas”, preferiblemente con proyección en televisión para asegurar una buena taquilla. Si cantan o no, es algo que después se ve en el camino y se soluciona según sople el viento. No hay mayor consideración más allá de si básicamente afinan o no. Clases o talleres, ensayos y profesores de ocasión, están considerados para salir del paso.

-¿Cree que hay un problema de formación artística en el país?

-Hay un problema grande y evidente en relación con la formación y salida a la palestra por afán de figurar, apremio alimentado por la presión de producciones y productores inescrupulosos, con objetivos claros de rentabilidad comercial. Y hacia ese punto están enfocadas también muchas “escuelas integrales” actuales, que le hacen el juego al sistema comercial.

-¡Claro que hay un problema, uno enorme! Hay profesores, referentes serios y sustentados, claro que los hay, pero de los que el comercio huye por impaciencia y obligación de “marketing”. Lo importante es producir rápido y cobrar, no importa qué. Gracias al bombardeo sistemático basado en la pobre concepción de cartelera y oferta teatral, el público ya está lo suficientemente atontado, aburrido y carente  de opciones, como para aceptar cualquier oferta al paso.

-Mucha improvisación…

-Últimamente la gente “se forma a sí misma” de la noche a la mañana, sin referentes, en tiempo récord, instantáneamente. “Hay que resolver” es la consigna y sobre ese parámetro se sustenta la medianía, que no exige ni es exigida pero sí vendida. Si alguien sale bien librado del compromiso, es debido al sustento de su formación particular anterior a estas décadas. En un entorno inmediatista como éste, es fácil encontrar jóvenes aspirantes, espontáneos, animadores, modelos, dilettantes y ganadores de concursos de belleza que de pronto son “actores” que “hacen teatro” y  “cantan”. Allí yo diría que lo más propio es llamar las cosas por su nombre para decir en toda regla que lo que hacen es comercio. “Ganapanes” los llamaba mi maestro…

-Y lo ideal sería contar con talentos formados tanto para la música como para la actuación.

-En el ámbito del canto lírico, hay excelentes cantantes que nunca han sido formados ni entrenados actoralmente, pero al menos son músicos, tienen escuela e instrumento a punto, restaría aportarles seriamente lo que les falta. Como contraparte, del lado teatral hay estupendos actores, unos pocos con condiciones idóneas para el canto y formación leve, y otros a los que sencillamente natura negó toda posibilidad con el canto y la música. Muy contrariamente de lo que sucede en el ámbito del canto académico, en el canto popular “canta” quien sea, cuando sea, sin importar el parche en el ojo.

-Como formato, el musical tiene presente y futuro en otras partes del mundo ¿lo tiene realmente en Venezuela?

-Toda forma artística depende de sus intérpretes y su supervivencia, de la calidad de los intérpretes mismos, tanto como del soporte económico para su proyección. Cuando hablas del musical, estás hablando de un gran género, muy exigente, de un esquema pre-establecido y formateado en Broadway, como ineludible referencia. Sería aventurado afirmar si el musical tiene o no futuro en el país, donde su aparición en cartelera ha sido más bien azarosa en el tiempo, si bien con más presencia en los últimos años. En el presente hemos visto grandes producciones esporádicas de gran formato y muchos yerros unas, con mayores aciertos otras, pero siempre de carácter transitorio. También hemos visto iniciativas de pequeño formato de cámara, conformadas por un ensamble instrumental ad hoc, de carácter monologal prácticamente, con clara proyección comercial y de calidad variable, que no pueden ser identificadas con el término de “musical” en toda regla.

-¿De qué dependería ese futuro?

-El futuro del musical depende de muchos factores, principalmente, el del aspecto de formación individual del artista para ofrecer un producto acabado, cualquiera sea su especialidad. Esa es la base sobre la que se asientan otros importantísimos condicionantes como viabilidad económica, realización, costo de los boletos y permanencia en cartelera, aspecto éste que en Venezuela es absurdo y totalmente contrapuesto a la naturaleza esencial de ese tipo de espectáculos.  Aquí se han hecho grandes esfuerzos tratando de elegir buenos casts para grandes títulos ocasionales, inversiones millonarias en meses de ensayos y pocas funciones; más publicidad han obtenido los preparativos que el espectáculo mismo. Muchas veces, con resultados muy discutibles.

-Por lo general -y he allí la razón de ser de un musical-, un título dura años en cartelera y con elencos intercambiables, que van renovándose y sustituyéndose según pasa el tiempo. En el país se han hecho inversiones importantes en musicales con ciclos fugaces, con suerte llegan a uno o dos meses en mini-temporadas de fines de semana; complementadas luego con representaciones aisladas, dentro o fuera de la capital. El único musical que conozco estuvo a sala llena y con una larga temporada en su momento, fue “Historia de un Caballo” de León Tolstoi/Rajatabla con un récord de 100 funciones continuas.

-Ignoro qué pueda deparar el futuro, pero mirando bien la situación actual y en medio de una crisis económica creciente, el gran musical es un formato arriesgado con pocas posibilidades de subsistir, tanto por sus exigentes niveles de inversión y preparación, como por cast idóneo y co-responsabilidad profesional. Por los momentos, está destinado a ser materia media de consumo masivo, es decir, a ser un espectáculo con medianías, para hacer negocio y no arte, no en el mismo empaque. Con honrosas excepciones.

-Si para los productores, lo comercial se impone a la calidad de la obra ¿cuál podría ser una salida honrosa, desde su punto de vista?

-Ya el hecho de que la calidad sea soslayada en una propuesta para ser ofrecida al público no es sólo un contrasentido, sino un irrespeto. Salidas honrosas creo que es precisamente el slogan detrás del que se han amparado muchos productores y directores con afán comercial para ofrecer espectáculos de dudosa calidad. En mi opinión, creo que en principio el problema debería enfocarse en depurar el medio profesional en lo posible para luego pensar en los títulos, y llegados a ese punto, pensar en un esquema adaptado a este medio, con sus posibilidades y limitaciones y en el que puedan tener cabida las producciones de compositores venezolanos. ¿Por qué no? Pero lo principal, y creo que eso responde a tu pregunta, es que los productores salgan de su estrecho cerco de farándula y miren más allá de la televisión y se documenten, vayan al teatro, a la Ópera, al ballet, a los conciertos, a ampliar su cultura, su nivel de información y sus radios de acción.

-¿Cómo hacer para que un productor sepa, conozca sobre el trabajo de los artistas, de los músicos formados?

-El ámbito de los productores comerciales es un ghetto cerrado poblado por misses, modelos, figuras del momento, cronistas de chismes y lugares de moda. Interesar a un productor para que acceda al mundo desconocido del espacio sinfónico por ejemplo, es ardua tarea. Sinceramente no sé de ningún productor de ese medio que vaya motu-proprio a ningún concierto, allí todo depende de su interés individual. Pero creo que allí los periodistas tienen un importante papel para dar a conocer e informar a ese sector tan desasistido y colaborar en las mejoras estructurales de esa dinámica, haciéndoles conocer de alguna forma quién es quién y el trabajo que ha realizado. Una sección configurada en alguna página web al efecto, una revista, alguna publicación, es lo que se me ocurre pudiera servir para esos fines. En ese sentido, creo que los profesionales de la comunicación social podrían servir igualmente como catalizadores sinérgicos e interactivos para las secciones gerenciales de teatros por ejemplo, aportándoles a éstas los nombres de distintos productores. Esto, con el fin de que puedan serles extendidas invitaciones a aquellos para sus programaciones.

-Usted es un referente artístico en este tipo de obras ¿dónde están otros artistas así?

-Gracias por lo de referente artístico. Los otros artistas como yo, según expresas, lamentablemente no abundan. Aclaro esta afirmación rápidamente, primero, porque muchos actores reconocidos han hecho sus carreras teatrales sin cantar nunca ni pretender hacerlo, y segundo porque muchos cantantes sólidos han mantenido como norte principal su carrera musical, sin preocupación ni ocupación manifiesta por su parte actoral.

-También debo aclarar que en lo que a mí respecta, lo digo no por ego, sino porque yo me exigí no sólo profundizar en mi formación teatral integral con los mejores maestros del momento, sino que también me esforcé y mucho, para no conformarme con cantar en rango genérico -y aquí debo disculparme por la libertad de tan largo paréntesis-. Yo me negué rotundamente a cantar boleros que es lo que la mayoría de las actrices hace, con más o menos fortuna, con más o menos habilidades, con más o menos talento y es lo que abunda. Desde mis inicios en el Teatro, me apasionó el canto lírico y paralelamente hice mi formación técnica a la par del desarrollo de mi carrera teatral, cosa para nada fácil. Una obra tras otra, desde los clásicos del Siglo de Oro español hasta los musicales precisamente, los ensayos, las giras, todo tuve que intercalarlo con mis clases de canto, de danza y de música.

-Comencé con el maestro Francisco Kraus y pasado el tiempo con la profesora Yazmira Ruiz, a la que debo tres Premios Nacionales de Canto Lírico y otros reconocimientos internacionales. Ingresé al IUDEM y luego hice muchas master-class dentro y fuera del país, la más reciente con la soprano Rayna Kavaywanska en Italia. Con ello quiero decir que llevo igualmente la vida de un cantante lírico, vocalizando, leyendo música, montando repertorio, trabajando con un repertorista, haciendo Ópera sobre un escenario, por lo que considero anexé esa herramienta a mi condición originaria de actriz. Eso me ha permitido continuar con la inserción de mi trabajo y enfoque actoral en el ámbito de la música académica y llevar mi oficio teatral a la Ópera, lo que me resulta apasionante.

-Pero la formación necesaria, por fuerza y límites del medio, ha debido ser y sigue siendo de índole personal y parcelada, de modo que si un actor quiere cantar, depende sólo de su legítimo interés y disciplina individual lograrlo. En el país encontrarás, por ejemplo, en el canto académico magníficas voces sin bases actorales, pero con talento -eso es redimible- y buenos actores con condiciones básicas para el canto, pero todo en medida potencial, medianamente desarrolladas según las circunstancias. Son pocos los actores que pueden cantar seriamente.

-Creo que son precisamente los proyectos los que impulsan al crecimiento profesional en este sentido y es mucho más fácil encontrar a actores que puedan cantar y vayan paulatinamente cumpliendo etapas evolutivas en ese sentido, que a cantantes que actúen. Y definitivamente, vas a encontrar a esa clase de profesionales en el Teatro.

-Aparte del talento artístico ¿podría ser que haya también algún problema de dirección escénica, dirección artística, concepto de montaje, cantidad de ensayos, nivel de compromiso de los talentos?

-Comenzaré diciendo que todos los elementos que confluyen para un montaje, están inevitablemente entrelazados y son interdependientes. De este modo, no es posible catalogar de “bueno” en su totalidad un espectáculo si el vestuario o la escenografía por ejemplo, son de mediocre realización, todo cuenta, todo está involucrado. Iré por partes.

-En el campo de la Dirección Escénica que mencionas, hay un enorme bache, con bases profundas en la ausencia de formación teatral. Hoy día pululan las agrupaciones teatrales unas con más trayectoria que otras, con directores más o menos formados, pero el musical es otra cosa, otro estilo, otro género. Y tal como sucede en el terreno de la Ópera, aquí hablamos de un lenguaje escénico especializado, en el que el Director no sólo debe manejar los elementos básicos de un montaje teatral, sino que debe rebasarlos, pues hay otros componentes en el conjunto –aquí necesariamente de gran formato de la escena-, que deben ser manejados (cuerpo de baile, figurantes, músicos, etc) y otros profesionales con los que se trabaja en estrecha relación (coreógrafos, compositores, directores de orquesta, etc).

-Actos de fe…

-Con ello quiero decir que quien asume este rol, debe por fuerza no sólo poseer una sólida información sobre el género que lo respalde para su resolución, sino que también -e idealmente-, debería ser capaz de leer una partitura o al menos de seguirla si no sabe leer música, conocer de danza, de canto y tener buenas bases de manejo de masas sobre el escenario. Eso como cuestión básica. Pero lo que realmente sucede en la realidad es que muchos directores espontáneos asumen tal responsabilidad en la total ignorancia del género y sus requerimientos, confiando en que “funcionará” por la dinámica misma del montaje, por la fe sobre su fuerza de voluntad, la pericia o proyección de sus protagonistas o en la ingenuidad de que “el paquete” que viene comprado por fuerza y que obliga sea remontado sobre sus cánones originales, se limitará al poco esfuerzo de la copia. Los más hábiles y con más oficio, son quienes salen bien librados del asunto, pero la gran mayoría que aborda el género lo hace una vez más, basado en la improvisación, pensando más en el interés económico que en la calidad sustentada de lo que pueda ofrecer. Honrosas excepciones incluidas.

-Faltan los talentos…

-Del terreno de la producción artística hemos hablado suficientemente, de la cantidad de ensayos y el nivel de compromiso profesional falta otro tanto, teniendo en cuenta que ambos están íntimamente relacionados. Es este último el que marca la pauta, tanto como para la selección del cast, como para establecer cuántos ensayos son necesarios para lograr un buen resultado. Con esto quiero decir que la honestidad profesional juega un gran papel a la hora de aceptar un compromiso y que a pesar de la impronta extravagante que denota este medio, lo ideal es que para un musical, los involucrados canten. Pareciera una perogrullada, pero el contexto demuestra justo todo lo contrario.

-¿Eso qué implica?

-Un profesional sin técnica ni oficio para el canto, pero presionado por su imagen a participar en un montaje de esta naturaleza, requerirá obviamente un mayor número de ensayos que otro mejor formado para alcanzar un resultado aceptable. Pero sucede que “aceptable” no debería existir ni en el léxico ni la dinámica de un profesional que se precie, no puede haber medias tintas ni autocomplacencias cuando se trata de ofrecer un espectáculo al público, cualquiera sea su naturaleza. Para mí es sencillamente inadmisible. Y allí, justo en el ejercicio de ese concepto, comienza la mediocridad a bullir y corroer lenta y profundamente.

-¿Podría ser más específica? ¿Cuál ha sido su experiencia?

-Sucede que según los cronogramas aleatorios de producción “no hay tiempo” para más ensayos, hay que quedarse con éste o con aquella “porque es la que resuelve”, “el que se lo sabe” y no hay más chance “para que otro se lo aprenda”. Cuando la realidad abruma como una ola y el montaje “no camina”, entonces emerge la salida desesperada de lanzar el anzuelo a un profesional a última hora, para que “resuelva” en veinte días o menos, lo que aquél no pudo en tres meses. Y lo digo con todo el peso de la experiencia propia. Eso, en el caso de una resolución feliz. Cuando no, vemos lo que abunda: un musical en el que sólo dos actores de un elenco de cuarenta, pueden cantar realmente.

-He sido sorprendida en estos meses, constatando que una conocida actriz que no posee ni instrumento, ni técnica, ni training para cantar, ha logrado una cierta salida digna de su embrollo, entonando rítmicamente con la orquesta su parte musical y dotándola de fundamento netamente actoral, lo que lo hizo creíble. Claro, es un asunto muy bizarro ese de no cantar en un musical, pero así van las cosas y esa es la realidad de este medio, en líneas generales.  Llegados a este punto, hay que echar mano del célebre dicho que reza “no es culpa del ciego, sino el que le da el garrote”.

-Es grave la situación…

-Creo que una anécdota cercana puede ayudar a resumir en una, todas las preguntas que has hecho y que me parece son un fiel reflejo del laxo estado actual de respeto al público y la relación -inexistente hoy día- entre formación, desempeño profesional y oferta comercial. No hace mucho, asistí por invitación a un musical muy promocionado por estos días y lo menos que puedo decir es que acudí a una experiencia surrealista (a precios injustificadamente elevados y pleno de caras conocidas). Una corrompida copia foránea en la que el protagonista no era actor, ni director y muchísimo menos cantante, pero asumía todas esas facultades alegremente, recién aterrizado de la nada; con extrema improvisación y muy poca honra. Lo primero que el señor de marras (que no nombraré) hizo tan pronto apareció, fue salmodiar un texto ininteligible, desafinar al punto de escándalo y estar a contratiempo con la Orquesta, con la cara más dura que he visto nunca en escena. Un verdadero faux-pas que no figuraría ni un día en los predios off-off-off-off Broadway, una verdadera vergüenza.