Vía: El Confidencial | Víctor Lenore

En los últimos tiempos, publicaciones tan distintas como Rolling Stone, The Guardian o Jenesaispop han dedicado espacio a examinar las normas de etiqueta en los conciertos de música popular. Un sector de la prensa considera que cada vez se presta menos atención al escenario, que cierta gente va “a lucir el palmito” y que la capacidad de concentración está “más dispersa que nunca”.  El debate sigue vivo en la calle y en la red: “¿hacer esto es aceptable?” “¿no os molesta cuando…?” “¿qué se creen estos paletos que se han puesto delante?”  Mediten los argumentos y saquen sus propias conclusiones.

Silencio

Silencio

Pasarte el concierto grabando con el móvil

Wendy Fonarow, antropóloga experta en música indie, escribió en The Guardian una defensa cerrada del derecho a abusar del móvil durante los conciertos. Lo define como un comportamiento menos intrusivo que gritar, empujar o salpicar con tu copa al vecino (tres cosas de las que pocos asistentes se libran cada noche). También señala que es una buena forma de pasar el rato cuando llega alguna canción aburrida. ¿Su mejor argumento? “Los músicos espabilan cuando saben que están siendo grabados”. Antes de la expansión de los móviles con cámara, era común que los artistas sólo se esforzasen en las ciudades que consideraban importantes (Londres, Los Ángeles, Barcelona y en general capitales con potencia mediática). “Ahora los artistas no pueden permitirse una noche mala”, apunta. Por otro lado, la revista Rolling Stone ruega a sus lectores que no se pasen toda la noche revisando Twitter, Facebook y el mail. “Distrae mucho: solo es perdonable si eres un cirujano o bombero de guardia”, señalan.

Estar de tertulia con tus amigos

Un concierto no es una iglesia. Hablar no está prohibido. La clave es dosificarse. Más importante aún: hay que tener algo qué decir.  Guille Mostaza, del dúo tecno-pop Ellos, recuerda haberse cambiado de sitio en un concierto de Magnetic Fields porque una espectadora hacía a su amiga un extenso relato de sus vacaciones en Bali. El británico John Moore, ex miembro de los ruidosos The Jesus & Mary Chain, también sufrió al convertirse en cantautor acústico:  “No me importa que el público hable, siempre y cuando sea de algo interesante. Ayer dos chicas en primera fila debatían si devolver un jersey que una había comprado esa tarde”. En realidad, los musiqueros están divididos. Unos defienden que el artista debe ganarse el silencio del público, otros que cualquier conversación puede molestar a quien ha pagado la entrada. Un importante factor externo es la costumbre de las salas españolas de retrasar al máximo los conciertos para vender más cervezas. Eso hace que la gente acabe más agitada, dispersa y parlanchina. También influye la tendencia a desbordar los límites de aforo (haciendo más complicado alejarse de los grupitos que hablan). Mientras esto no cambie: diálogo y buenas maneras.

Pedir tu canción favorita

Nos referimos al tipo que a los cinco minutos de empezar el concierto se pone a reclamar -a pleno pulmón- que el grupo toque su canción más famosa  (tranquilo, Springsteen no se va a olvidar de Born To Run). También está el que se pasa una hora pidiendo el tema más raro  (aviso: nadie cree que seas más guay por conocer una ignota cara b descatalogada). ¿Una anécdota extrema? El concierto de Belle & Sebastian en la sala Aqualung en 2004, donde un eufórico fan se pasó una hora pidiendo “¡la cuatro!”  sin especificar a qué álbum se refería (además es improbable que el grupo sepa castellano). Pedir tu canción favorita es aceptable, siempre que esperes al tramo final del concierto y no lo hagas de forma desquiciada. El problema es que el 99% de los grupos saltan al escenario con el repertorio decidido y escrito en una hoja de papel. Es más práctico gastar saliva solamente cuando el grupo dice “¿alguna petición?” O dar la brasa en Twitter unos pocos días antes.

Abrirte paso a empujones hasta las primeras filas

Por supuesto, no es una actitud admisible, aunque sea práctica habitual entre los varones que no saben medir su aguante etílico. Desde hace años, los conciertos se han convertido en una especie de ley del más fuerte donde muchos asistentes hacen lo que les da la gana (en perjuicio de la gente que llega temprano o que incluso hace noche en la puerta para coger buen sitio). Contra los abusones, solo caben pequeñas venganzas como derramar la copa en su espalda, empujarles fingiendo que eres parte de una avalancha o pisar discretamente cualquier cosa que se les caiga (merienda, lentillas,  iphone 5…). En realidad, no merece la pena enzarzarse, bastante castigo tienen con lo suyo. En los festivales de verano, colarse a empujones es práctica habitual. Si te has perdido a Los Planetas para coger buen sitio para The Cure o Nick Cave lo mejor es hacerte amigo de los que te rodean y pedirles ayuda cuando vengan los brutos de turno agitando sus minis de güiscola. A veces, incluso, funciona.

Cantar a voz en cuello

Por supuesto, no se puede pedir al público que no cante. Algunos artistas, desde Oasis a La Casa Azul, han hecho del karaoke colectivo parte esencial de su show (y funciona). El problema surge con los artistas que requieren silencio, especialmente cuando actúan en formato acústico. El público que paga sesenta euros por ver a Neil Young con una guitarra de palo tiene derecho a enfadarse cuando el único sonido que obtiene son cuatro compañeros de fila desafinando en inglés macarrónico. Si tienes ganas de cantar en un concierto no está mal asegurarte de que es un momento oportuno, te sabes bien la letra y no escupes al vecino más de lo tolerable. Tras veinte años yendo  a conciertos, puedo decir que muy pocas veces se respetan estas reglas. Los recitales rockeros en teatros también dan lugar a enconadas discusiones sobre cuándo es apropiado levantarse a bailar y cuándo no.

Banderas, pancartas, subir a tu novia a hombros….

Durante varias décadas, no ha habido macroconcierto en España donde no ondease una bandera de Asturias (los motivos todavía no están claros).  Cuando My Bloody Valentine debutaron en España, en el escenario grande de Benicàssim 2008, una pareja de veinteañeros rusos (con pinta de hijos de oligarcas) desplegaron una bandera XXXL de su país que desató protestas acaloradas (no por motivos geopolíticos, sino porque tapaba la visión del escenario). Algo parecido ocurre con las pandillitas que acuden con pancarta (“Bienvenidos”, “Os queremos”, “500 kilómetros para ver a Stones Roses”) o cuando una chica eufórica exige a su novio que la suba a hombros. Nada de esto es muy empático con el resto de asistentes (la regla es desistir en cuanto alguien te lo pide). Lo que sí podemos comprender es la nueva costumbre festivalera de tomar prestadas sillas en las zonas de comida y ver así algún concierto sentado. ¿Es normal pagar cien euros y pasar tres días enteros viendo de pie?

Posdata: en realidad, todas estas reglas se pueden resumir en una: los conciertos son una experiencia colectiva y cuanto mejor se lo pasen los demás, mejor será el ambiente, con lo que se disparan las posibilidades de que la noche resulte satisfactoria para todos los implicados.