La joven violinista estadounidense Esther Yoo muestra este domingo y lunes en la Fundación Juan March todas las posibilidades de su ‘stradivarius’.


Vía: www.elmundo.es | DARÍO PRIETO

“Mi violín es mi compañero… en muchos sentidos. Experimento enormemente con el instrumento: en el escenario, en los ensayos, en mi práctica diaria, y atravesando todo tipo de emociones mientras hago música con él. Creo que es como una conexión casi humana. Por lo general, nos sentimos cerca de las personas con las que podemos compartir de manera cómoda nuestras emociones, y creo que es lo mismo para el violín. Tengo muchísimos recuerdos cariñosos junto a él”.

Esther Yoo (1994) vive el violín como algo más que un oficio. En sus palabras se cuela la pasión con la que se entrega al instrumento, un stradivarius con el que se ha enfrentado a alguna de las piezas mayores del repertorio. Por ejemplo, las que componen su último disco, publicado por Deutsche Grammophon y grabado junto a la Orquesta Philharmonia , dirigida por Vladimir Ashkenazy con piezas de Chaikovski, desde fragmentos de El lago de los cisnes al Concierto para violín en La menor op. 82. De Chaikovski, y también de Mendelssohn, Debussy y Glazunov, sonarán piezas en los dos recitales que ofrece la joven intérprete este domingo y lunes en la Fundación Juan March, en un recital acompañada del pianista Robert Koenig.

Yoo explica que ella y su acompañante están deseosos de actuar en Madrid, dentro de una gira que les ha llevado por Seúl, Oslo, Birmingham y Miami, así como un debut juntos en el Lincoln Center de Nueva York. “El programa te lleva en un viaje a través de varios períodos de la Historia de la música y todas las piezas tienen una conexión especial para mí”, explica la violinista.

Para Yoo, “es muy diferente tocar con una orquesta que en un espacio de música de cámara, pero ambas experiencias son igual de agradables”. En ese sentido, guarda un buen recuerdo de su última experiencia discográfica: “He estado colaborando con la orquesta Philharmonia durante muchos años, así que tenemos una conexión cercana y siempre es un gran placer hacer música con artistas tan fantásticos”.

Pero, sobre todo, insiste en la huella que le ha dejado trabajar con uno de los grandes pianistas y directores de las últimas décadas. “Siempre estaré agradecida por haber podido conocer al maestro Ashkenazy y por tenerlo como uno de mis mentores”, asegura. “Lo he admirado desde que era muy joven y, como mucha gente, crecí escuchando sus increíbles grabaciones al piano”. Cuando lo conocí en persona y llegó a tratarle en profundidad, comprendió que “es una persona sincera y generosa. Y me sorprendió la energía y pasión increíbles que tiene todavía por hacer música. A veces, todavía me parece un sueño que pudiese girar con él y que grabásemos dos álbumes juntos para Deutsche Grammophon”.

Gracias a ésta y otras experiencias, Yoo ha conseguido alcanzar una madurez musical estando aún en su primera juventud. Y desde esa perspectiva, reflexiona sobre la importancia que se le concede, o no, a la música en nuestros días: “Creo que la música puede y debe tener un significado individual para cada persona. Si un concierto es un medio de escape para ciertas personas, o si pueden relacionar la música con los acontecimientos de la vida actual, o si, simplemente, disfrutan escuchando música… todas esas interpretaciones son geniales”, considera. “Definir el propósito de la música como si fuese sólo uno sería un poco como decir que el lenguaje verbal que hablamos sólo sirve para un único propósito. La música es como otro idioma: es fluido y podemos darle forma según lo que sintamos que es su propósito en cada momento”.