Vía: La Gaceta | Gustavo Martinelli

Ópera • © cali.org

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¿Quien dijo que la ópera es aburrida? ¿Quién se atreve a sostener que “La Traviata” o “Tosca” carecen de glamour y sólo pueden exhibir ostentación? ¿Cómo puede ser que hayamos olvidado que la ópera, como cualquier otra manifestación del arte, es ante todo un vehículo para acercarnos a nosotros mismos?. Hoy prevalece la idea de que para poder disfrutar de una gala lírica es preciso pertenecer a una fraternidad de iniciados cuidadosamente escogidos por las musas. Nada más errado. La ópera es un género que divierte y conmueve. Tal vez es ilógico y absurdo, pero entretiene.De hecho, pocas manifestaciones escénicas son tan ilógicas como la ópera. Mujeres que cantan mientras agonizan, hechiceras que se confunden y matan a sus propios hijos creyendo que son los hijos de sus enemigos, brebajes mágicos que unen a los amantes o los separan para siempre, gigantes, dioses, dragones y artesanos que cantan a viva voz. Tanto, que cuando un tenor se entera de que su amada corre peligro se entretiene dando un do de pecho magistral antes de correr en su ayuda… ¡Claro que la ópera es ilógica! ¡Claro que es absolutamente absurdo que alguien cante mientras come o mientras se desploma agobiado por un ataque fulminante de tuberculosis! Pero eso es justamente lo que convierte a la ópera en un género deslumbrante, en una suerte de espectáculo global donde entran en juego todos los sentidos. Porque, si uno lo analiza bien, la ópera no exige verosimilitud en sus historias; sí lo hace con los sentimientos. Las emociones que generan “Aída”, “La Traviata” o “Tosca” , por ejemplo, son imposibles de describir con palabras: hay que vivirlas.

Ojalá que aquellos que nunca han visto una ópera se animen de asistir al teatro así, “a la que te criaste” (como diría Cortázar), sin prejuicios y sin falsas expectativas. Ojalá que podamos aceptar que esta propuesta es tan actual como los musicales “¡Mamma Mía!” o “El fantasma de la ópera”. Y, en este sentido, “Tosca” no pide que tengamos conocimientos previos de música, ni una gran cultura; todos pueden al final quedar enamorados de ella y nunca saber qué es lo que dice exactamente la bella aria “Recóndita armonía”. Incluso hay niños que se enamoraron irremediablemente de esta canción sin saber demasiado sobre ella. Sólo hace falta cerrar los ojos y dejarse llevar por los acordes de Giacomo Puccini. Porque nunca fueron tan verdaderas las manifestaciones amorosas o la pasión vital que cuando fueron cantadas sobre un escenario. ¿Hay alguna forma más precisa de expresar la esperanza que con el arrebatador “Nessun dorma” de “Turandot”? ¿Hay algo más sensual que la habanera de “Carmen”? ¿Hay una expresión más clara del miedo a perder un amor que el aria “Oh mio babbino caro”, de “Gianni Schicchi”?

Esa es la clave de la ópera: llegar a donde la palabra ya no puede. Expresar con música lo que ya no somos capaces de gritar.