Vía: www.elmundo.es/  Por LUIS MARTÍNEZ

Don Cheadle ‘reinventa’ la figura de Miles Davis en un retrato que se mueve tan libre como su música. A la vez, Lav Diaz retrata el tortuoso camino de la utopía en un monumento de ocho horas de duración que hace respirar a la pantalla como un ser vivo.
No está claro que Borges escribiera El etnógrafo pensando en Miles Davis. Y, la verdad, hay muy pocas posibilidades de que el primero supiera una sola palabra de la música del nacido en Illinois. Y, sin embargo, cuando el personaje del relato del argentino habla ante los académicos, alguien estaría tentado a pensar que las palabras son del trompetista. “El secreto, por lo demás, no vale lo que valen los caminos que me condujeron a él. Esos caminos hay que andarlos”, dice. Lo que quería demostrar el científico, después de pasar años entre chamanes, tribus y paisajes inhóspitos, es que el conocimiento adquirido, el secreto, no valía nada comparado con el propio viaje hasta llegar a él. Y quizá, y sin pretenderlo, ahí daba con la mejor definición de, quizá, el propio arte, del cine de Lav Díaz, del hombre que compuso Kind of Blue… Y así.

Las dos películas protagonistas del día en la Berlinale obedecen, cada una a su manera, a la reflexión del etnógrafo. De un lado, Miles ahead, dirigida y protagonizada por un Don Cheadle pletórico entregado a la labor de capturar el genio que despreciaba el pasado; del otro, A Lullaby to the sorrowful mystery (Una canción de cuna para un misterio doloroso), dirigida por un Lav Diaz empeñado en convertir la sala de cine en la antesala de un descubrimiento, la puerta de entrada a un misterio más grande que el mayor de los misterios.

Suena tremendo y, en efecto, tras ocho horas de pautada respiración dentro del cine, lo es. “Esos caminos”, que diría aquél, “hay que andarlos”.

“Si quieres contar una historia, hazlo con la actitud correcta”, dice el personaje de Miles al periodista que le entrevista. Antes de soltarle tan depurada sentencia, le ha partido la crisma de un puñetazo. Cosas del temperamento. Y la frase que vale como consejo para cualquier plumilla sirve exactamente igual para la propia película. En efecto, lejos de Miles ahead la fea tentación del biopic. “Prefiero pensar”, dice Cheadle ya en directo y caracterizado como Cheadle, “que se trata simplemente de la expresión impresionista de un hombre que luchó toda la vida contra cualquier tipo de definición. Se pasó la vida reinventando todo lo que tocó, toda la música que compuso…”. Se para, toma aire y concluye: “Reinventó su propia vida a cada paso. Su única preocupación era lo siguiente por hacer y jamás repetir nada”. Y le creemos.

De hecho, la película se detiene en la fractura exacta de sus años más duros. A mitad de los años 70, el hombre que tras llegar al punto más alto del bebop se atrevió a abrir de par en par los límites del jazz de la mano de la fusión, pasando antes por el cool jazz, el modalismo hardbop y el funk jazz; ese monstruo llamado a inventar mundos a su paso, decíamos, se detuvo. Las drogas, el recuerdo quizá de un amor maltratado (Francis Taylor) y una vieja lesión en la cadera le enterraron en un silencio de años. Pues bien, justo en el inicio de los 80 vuelve y es ahí, en el día exacto en el que nació de nuevo, donde la cinta de Cheadle hace pie.

Para un artista como yo, no hay nada más misterioso que el silencio de otro artista. Vives deslumbrado por su trabajo, pero te ciega aún más el silencio”, razona el director para intentar dar la razón de su trabajo. “Él decía siempre que sólo le interesaba lo que no sabía hacer. La suya es mi motivación también”, añade.

Mientras intentan la más azarosa entrevista de la historia, Miles y el periodista son asaltados por un productor que, harto quizá de contemplar tanta improductiva inactividad, le roba unas cintas; una grabaciones donde tal vez ensaya su siguiente reinvención. Y así, las cintas, como si se tratara de un McGuffin, se convierten en el centro de una historia que navega entre la realidad, el recuerdo, la ilusión y, en efecto, el sueño. “Para contar bien una vida no valen ni nueve horas de película. Para contar bien una vida hay que inventársela. Miles me daría la razón. Estoy seguro”, comenta.

Sea como sea, Cheadle se las arregla para sacar adelante una intensa y hasta divertida pieza que, a su visceral manera, consigue reproducir el movimiento libre de un solo de trompeta de su protagonista (no queda claro de qué época, eso sí). Por momentos, la cinta se quiere violenta; a ratos, con la melodía de Sketches of Spain de fondo, melancólica; ocasionalmente, frenética (merced, sin duda, al impulsivo trabajo de Ewan McGregor como el reportero), y siempre intensa en su sinceridad. Puro Miles. “Ha sido un largo proyecto de cinco años. He leído todo sobre él, he escuchado sus discos mil veces, me he entrevistado con todos los que le conocieron y la sensación siempre fue que, a medida que más cosas sabía de él, menos le conocía”, confiesa el actor-director y claro no queda otra que acordarse del etnógrafo. “Esos caminos hay que andarlos”.

Cuando al final y ya sobre los títulos de crédito, el propio Cheadle toque acompañado de Herbie Hancock, Wayne Shorter, Esperanza Spalding y Gary Clark Jr. entonces ya no queda más remedio que rendirse. Sin duda, una película (o una herida, como se quiera), tal y como exigía Miles-Cheadle, con la actitud correcta.

A su lado, el día programó la mayor atracción sin duda del festival. Aunque sólo sea por lo azaroso de los números. A Lullaby to the sorrowful mystery dura exactamente 482 minutos. De todas formas, la película anterior del filipino Díaz,From What Is Before, ganadora en Locarno, discurría por 338 y Norte, the End of History alcanzaba los 250. Como diría un viejo profesor: “No fue Somero el escritor de la Iliada“. Es decir, ocho horas con una pausa en medio para contar el dolor de una utopía, la herida de la historia en carne viva del mito de Andrés Bonifacio, el padre de la revolución que independizó a Filipinas de España.

Compuesta por no más de 200 secuencias cada una de ellas de un único plano detenido en un blanco y negro de alto contraste, la película sigue el rastro de varios personajes, todos ellos encendidos por la amargura de una visión, de un sueño. De un lado, la viuda del libertador que se adentra en el bosque a la búsqueda de su amada. Le acompañan una traidora a la causa y un enfermo. Del otro, un viejo compañero del héroe que peregrina acompañado por un poeta detrás de algo, por pequeño que sea, que le redima. Antes vimos al gobernador aliado con tres formas distintas del mismísimo demonio. El valor de la utopía, la culpa de la responsabilidad individual, el poder de los sueños y el misterio de lo que se quiere misterioso conviven sobre la pantalla como heridas, otra vez, encendidas.

La estrategia de Lav Diaz es detener la mirada del espectador en aberturas perfectas desde las que contemplar el alma de sus personajes. Su encuadre preferido siempre incluye una puerta, una ventana, un resquicio y al fondo el paisaje de un bosque inescrutable. Los actores entran y salen como sonámbulos. Cada escena obedece a una íntima coreografía de gestos mínimos. La teatralidad de la puesta en escena contrasta con la composición casi agónica de cada plano.

De repente, todo se para y alguien canta. No hay más movimiento que la propia respiración de la pantalla. Y así hasta convertir a la propia película en un animal extraño y herido que impone o, mejor, crea su propio tiempo.

Al final, los personajes siguen su búsqueda. El espectador sabe que es un esfuerzo inútil. Su deseo no son más que cadáveres devenidos en mitos. Pero nada les detiene porque todo (la lucha, los pesares, las renuncias y las heridas) debe continuar. El viaje, tal vez quiere decirnos, la película es lo que cuenta. Y de nuevo: “El secreto no vale lo que vale el camino que conduce a él”. Miles, di algo.

FUNDIDO EN NEGRO

Miles Davis (1926-1991) saludaba a la década de los años 70 tras abrirle al jazz un mundo sin horizontes, y a la buena música un espacio donde podían reconocerse todas las sensibilidades y emociones. La publicación en 1969 de su álbum Bitches brew (Columbia) colocó al trompetista en la cima en la cima de todas las aficiones, gracias a sus incursiones en el rock. Ya fuera incomprendido por unos ya idolatrado por otros, quedaba claro que Miles lo tenía todo a sus pies. Y de pronto, el infierno, o lo que algunos llamaron “viaje al lado oscuro de la luna”; cinco años aciagos, de 1975 a 1980, un desastre vital y artístico en toda regla.

Bitches brew, el álbum que prolongaría este fundido en negro del jazzista y que tuviera justos antecedentes en otros trabajos como Miles in the sky o In a silent way, supuso un punto de inflexión en la modernidad del jazz, encumbrando al artista como el genio que había demostrado ser ya en otros títulos, hoy universales, como Kind of blue, el disco más vendido de toda la historia del jazz.

A comienzos de los años 70, Miles se enfrentaba al difícil reto creativo de volver a superarse, de no repetirse, de seguir avanzando. Esa actitud estuvo generalmente presente en toda su carrera, apuntándola con frases lapidarias como “el ayer está muerto”. En este sentido, la sequía de ideas marcó al Miles Davis de aquel tiempo, desazonándolo obsesivamente. Nunca fue amigo de atender a los comentarios de la prensa, pero tampoco debió de encajar del todo críticas a su aventura jazzística-rockero como la que formulara el periodista Stanley Crouch; “El mejor traidor de la historia del jazz”, llegó a decir. Y, por supuesto, la azarosa y convulsa vida de aquellos años no ayudó.

En 1972, tras un accidente de coche con uno de sus Ferrari, Miles Davis fue tocando poco a poco esa cara oscura de la luna. El percance automovilístico lo tuvo en la cuneta, siendo intervenido de la cadera y sufriendo todo tipo de secuelas, incluso algunas que le afectaron a los labios y, por tanto, a su capacidad de tocar con naturalidad la trompeta. Miles, que ya había coqueteado temerariamente en la década de los 50 con las drogas, se entregó entonces al viaje sin freno de la cocaína, fiestas hasta el alba llenas de mujeres y alcohol… Una caída libre en toda regla.

“No me sentía en absoluto capaz de tocar la trompeta. No quería saber nada de la música: no la quería escuchar, ni siquiera oírla distraídamente, no quería verla, respirarla; no quería tener el menor interés”, comentó posteriormente Miles en su autobiografía escrita por Quincy Troupe. “Mi actividad principal consistía en tomar 500 dólares diarios de cocaína y coger a todas las mujeres que lograra llevarme a casa”. Incluso, en aquella etapa, llegó a ir a la cárcel por no pasar pensión a una exmujer, y al Pabellón Psiquiátrico del Roosevelt Hospital por presuntos síntomas paranoicos.

La recuperación de Miles a la primera línea musical, se dice, fue motivada gracias a una de las pocas cosas por las que en aquel tiempo sentía pasión, su sobrino Vincent Wilburn. Miles compartió con él un montón de conversaciones musicales, inquietudes, dudas…. Miles adoraba a su sobrino y fue la afición de éste por la música, y la veneración por su tío, lo que en buena medida motivó que el trompetista diera un golpe encima de la mesa y decidiera reconducir su vida.

Miles regresó en los años 80 con nuevos y exitosos discos como Tutu, así como proyectos inacabados como el que inició junto a Prince. Fue una época, hasta su muerte en 1991, en la que no llegó a alcanzar la altura artística que había venido presumiendo su trayectoria, pero desde luego nada despreciable, a pesar de los detractores que también tuvo sus últimas aventuras musicales. Lo mejor de todo es que Miles volvió a mirarse al espejo, a la vida. “Estoy aquí para tocar música. Y es lo que hago. Es todo lo que quiero hacer. Y lo hago bien. Podría hacer un montón de cosas, pero lo fundamental, lo que me gusta, lo que está antes que todo, hasta respirar, es la música”. / PABLO SANZ