Vía: Salta 21.com | José Mario Carrer

Si el mérito de Izcaray fue evidente, también notoria fue la respuesta de la orquesta en una partitura cargada de dificultades muy bien resueltas.

El Maestro Izcaray presentando el repertorio

No hay muchos directores de orquesta en nuestro continente, que se hayan propuesto, como el Maestro Felipe Izcaray, dar a conocer la música sinfónica latinoamericana que hace cincuenta años, por señalar un lapso, casi ni se conocía en los repertorios más importantes del mundo. Entre muchos otros méritos, éste es incuestionable en el conductor venezolano, director honorario de la orquesta local. Lo ha hecho siempre, en su tierra, en el tiempo que le tocó vivir en nuestra ciudad y seguramente lo seguirá haciendo en cuanto lugar del planeta le toque dirigir. Para esta noche, trajo tres de las cuatro obras con las características señaladas.

Hay hombres y mujeres de tan alto vuelo, de tal elegancia, dedicados a escribir música popular o académica, que trascienden su lugar de origen. Aldemaro Romero, hombre culto, escribía muy bien y componía mejor. El sabía perfectamente que su intimidad transformada en sonidos, iba a llegar mucho más allá de su Venezuela natal y a pesar que su reconocimiento vino primero desde fuera de su país, su particular ego le decía que iba a estar dentro de los próceres musicales de su tierra. Escribió y arregló valses que tras esa labor llegaron a las salas de concierto. Pero también se dedicó a la expresión sinfónica. Su veneración por la música de Bach y por las raíces del sonido propio de su ámbito, generó, por ejemplo, la Tocata de esta noche que reúne el arte de la fuga con las particularidades del llano venezolano. Sus combinaciones permitieron reunir al famoso “pajarillo” con el academicismo del contrapunto.

Si lo anterior se basaba en ideas del barroco, lo que siguió fue barroco puro. Premio para un muy buen ejecutante de oboe como el armenio Saro Danielian, pero además, una de las personas de carácter bondadoso y amable con que cuenta la orquesta. Se podrá decir que esto ultimo tiene poco que ver con sus dotes musicales y sin embargo estoy convencido que su arte es tal, además de sus condiciones, precisamente por el mencionado detalle de su personalidad. Resolvió con solidez, articulación sin fallas y buena técnica, el atractivo concierto para oboe del italiano Albinoni que contiene dos vivaces “allegros” y un “adagio” central propio del lirismo y delicadeza de este compositor. Su bis fue un melancólico y sentimental tema de su tierra usando un antiquísimo instrumento de viento llamado “duduk”, construido en madera de damasco, que cuando lo conocí en el famoso Museo de Instrumentos de Munich, jamás hubiera imaginado lo escucharía alguna vez, acompañado con una nota sostenida en el teclado por Javier Anderlini.

Llegó Juan José Castro, probablemente el mejor director de orquesta que dio nuestro país pero además, poseedor de un sinfonismo injustamente olvidado. En 1947 Castro escribió su “Dos Corales Criollos” para piano de raigambre vernácula. Seis años después compuso el nº 3 para orquesta sinfónica, también con las mismas raíces pero con un lenguaje más complejo y trascendente. Con él obtuvo en 1954 el primer premio del Festival Latinoamericano de Música llevado a cabo en Caracas. El jurado -se cita para entender de qué premio hablo- estaba integrado por Vicente Emilio Sojo (Venezuela), Heitor Villa-Lobos (Brasil), Edgar Varese (Francia-Estados Unidos), Erich Kleiber (Austria) y Aaron Copland (Estados Unidos). Jurado indiscutible y de lo mejor en su época. Su esquema de tema coral y luego seis variaciones (lejanias, rústico, quenas, fanfarria, tango, pastoral) y una danza -según el maestro Izcaray, “un malambo asimétrico”– constituyen una obra episódica pues cada variación es una modificación temática que vale por sí sola. Tiene notable colorido, sorprendentes disonancias, bitonalidad y una rítmica fantástica y a pesar de ello subyace un sonido nacionalista fino y elegante. Hay varios solos pero dos de gran belleza, el piccolo de Cecilia Borzone y la trompeta de Juan Pablo Mayor. Pero si el mérito de Izcaray fue evidente, también notoria fue la respuesta de la orquesta en una partitura cargada de dificultades muy bien resueltas.

Finalmente la suite que en homenaje del compositor venezolano Luis Larrain, escribiera el notable contrabajista, arreglador, compositor y director de orquesta Pedro Mauricio González. Larrain llevó la música popular caribeña a la “high class de las big band” que finaliza con un poderoso “mambo” del extraordinario percusionista Tito Puente. Parecía que todo había terminado cuando el maestro Izcaray contó que deseaba regalar algo a Salta y relató que le había pedido a su amigo González, le hiciera un arreglo sinfónico de “Balderrama”, la archiconocida zamba de Leguizamón y Castilla. La emotividad llegó al maestro, de allí a la orquesta y finalmente al público. Creo que Salta esperará siempre su regreso. Que sea así.

Salta, jueves 8 de agosto de 2013. Teatro Provincial. Solista: Saro Danielian (oboe). Orquesta Sinfónica de Salta. Director Honorario Maestro Felipe Izcaray. Aldemaro Romero (1928-2007) Tocata bachiana y gran pajarillo aldemaroso. Tomaso Albinoni (1671-1751) Concierto para oboe y orquesta de arcos en re menor op. 9 nº 2. Juan José Castro (1895-1968) Corales Criollos (*). Pedro Mauricio González (1959). Homenaje a Luis Alfonzo Larrain (*). Aforo 80%. (*) Estreno en Salta.