Itzhak Perlman, uno de los más distinguidos violinistas del último medio siglo, cumple setenta años. Para celebrar la efeméride, Warner ha remasterizado todas sus grabaciones para EMI

Vía: www.abc.es/ STEFANO RUSSOMANNO

Lo más parecido al paraíso es el violín de Itzhak Perlman en el último movimiento del Concierto nº 1 de Prokofiev. Desde el minuto 6 hasta el final, Perlman trepa por el registro agudo del instrumento: trémolos, trinos y arpegios suenan como voces de otro mundo, totalmente transfigurados. Nadie más ha alcanzado aquí esas alturas celestiales. Escúchenlo, sobre todo ahora que Warner ha conseguidomejorar el sonido de una grabación de por sí excelente y el coloreado tapiz orquestal de Gennadi Rozhdestvensky tiene todavía más transparencia.

Antes que un músico, Perlman es un sonido: cálido, luminoso, aterciopelado, de afinación purísima. Por supuesto que supone una indudable ventaja el tocar un Guarneri del Gesù (el «Sauret» de 1743) o el Stradivarius «Soil» de 1714 (que Perlman compró en 1986 a Yehudi Menuhin y es uno de los mejores violines de todos los tiempos). Pero los instrumentos no explican por sí solos el milagro de ese sonido único e inconfundible.

Nacido en 1945 en Tel Aviv de padres judíos procedentes de Polonia, Perlman fue un niño prodigio a pesar de que su infancia estuvo marcada por la desgracia: desde los cuatro años, cuando la poliomielitis le quitó la movilidad de las piernas, el músico utiliza muletas para desplazarse y sólo puede tocar el violín sentado.

Perlman se sobrepuso a la adversidad y a los trece años fue invitado a Nueva York para tocar en el Ed Sullivan Show, uno de los programas de mayor audiencia de la televisión norteamericana. Aquella actuación le permitió instalarse en Estados Unidos y perfeccionarse en la prestigiosa Juilliard School. Ahí se pusieron los cimientos de una carrera que le ha coronado como uno de los grandes violinistas del último medio siglo. Dotado de una notable versatilildad y curiosidad, Perlman domina un repertorio «clásico» de lo más extenso, pero ha protagonizado también incursiones en el jazz, en la música klezmer y en territorios menos comprometidos. Algunos, sin saberlo, han escuchado su violín en la banda sonora de La lista de Schindler, de Spielberg.

Talante apolíneo

Perlman es, asimismo, uno de los músicos más prolíficos en cuanto a producción discográfica. Con motivo de su 70 cumpleaños, el sello Warner ha recogido en una caja todos los registros que el violinista realizó para EMI junto a alguna grabación suelta para Erato y Teldec. No se trata ni mucho menos de la totalidad de su legado, pero las grabaciones de EMI –que cubren un arco temporal desde 1972 hasta 2002– constituyen sin duda la parte más cuantiosa y sustancial de su extensa discografía.

Igual que hizo el año pasado con Callas, Warner no se ha limitado a reeditar las grabaciones que tenía en catálogo, sino que las ha remasterizado de acuerdo a las últimas tecnologías, lo que supone una mejora ulterior en la calidad de tomas que ya eran de por sí buenas. La caja incluye un lujoso libro en tres idiomas (inglés, francés, alemán) con un amplio material fotográfico, declaraciones de otros músicos sobre Perlman, un ensayo sobre su vida y una entrevista con el violinista.

En los casi sesenta álbumes de esta caja uno puede encontrar de todo: obras conocidas, páginas raras, curiosidades e incluso alguna excentricidad (la que más: Perlman cantando el papel del carcelero en la Toscadirigida por James Levine). Entre los discos memorables cabe señalar los conciertos de Beethoven y Brahms bajo la batuta de Giulini. Son versiones que revelan a un intérprete de técnica inmaculada y talante apolíneo, como desprende también su grabación referencial de los Caprichos de Paganini, donde el virtuosismo extremado que demandan estas páginas nunca despeina la profunda musicalidad de Perlman. «Ahí donde otros músicos dan a veces la impresión de afanarse demasiado en la interpretación (o en las notas), Perlman parece apuntar directamente a la esencia de la música», afirma con razón Yehuda Shapiro.

A gran altura raya también la colaboración con André Previn (conciertos de Mendelssohn, Bruch, Bartók, Goldmark y Korngold), mientras que algo inferiores -pero siempre notables- me parecen las grabaciones efectuadas bajo la dirección de Barenboim y Mehta. Distinguido por cantidad y calidad es el apartado de la música de cámara. Además de los Caprichos de Paganini, modélica puede considerarse su versión de las Sonatas y Partitas para violín solo de Bach y no menos fundamentales sus colaboraciones en dúo con Pinchas Zukerman (Bartók, Prokofiev, Shostakovich) y Ashkenazy (sonatas para violín de Brahms). Junto a este último y al violonchelista Lynn Harrell, Perlman ha formado un relevante trío con el que ha interpretado páginas de Beethoven, Brahms y Chaikovsky, aunque personalmente nunca me ha convencido del todo la mezcla entre el sonido purísimo de Perlman y el más rudo de Harrell.

Entre las sorpresas más gratas que ofrece la caja, está la recuperación del descatalogado y espléndido monográfico Stravinsky con Bruno Canino al piano: uno de los discos al que el propio Perlman tiene más cariño.