El experto en música Nicholas Kenyon publica en “The New York Times” una amplía crítica al libro de Geoffrey Baker, “El Sistema: Orquestando la Juventud de Venezuela”.

Vía: www.eluniversal.com/

Venezuela, con sus agudos problemas económicos y políticos, difícilmente sea un país para imitar o envidiar. Sin embargo, en los últimos 40 años, a través de una sucesión de regímenes políticos a menudo controversiales, se ha dado a conocer por un sistema altamente desarrollado de orquestas y educación musical social que ahora se está adaptando y se imita mucho. El Sistema, como se conoce el programa, es la criatura de un músico, economista y político venezolano, José Antonio Abreu. Él ha perseguido decididamente la quijotesca idea de vigorizar a la gente de su país a través de un movimiento masivo de música orquestal.

El Sistema se autodefine como “un programa musical intensivo para jóvenes que se propone llevar a cabo un cambio social a través de la búsqueda ambiciosa de la excelencia musical”. Las palabras cuidadosamente escogidas demuestran un equilibrio sutil dentro de los fines del proyecto. Inicialmente, el programa era financiado casi íntegramente por el Estado venezolano como iniciativa social, aunque ahora se beneficia de un apoyo empresarial significativo. Ha construido una gran sede en Caracas, y más de 400 centros musicales comunitarios, o núcleos, en toda Venezuela. Cada uno de ellos ofrece educación musical gratis extracátedra cuatro horas diarias en la tarde como norma, seis días a la semana a unos 500.000 estudiantes. Los núcleos se ubican en cualquier espacio que esté disponible aulas que no se utilizan o casas alquiladas. El programa acoge a todos los participantes y no exige ninguna forma de audición. Muchos núcleos son dirigidos por músicos que alguna vez tomaran parte en el programa cuando niños.

En sus comienzos, alrededor de 1975, el proyecto no empezó desde cero. Necesariamente se dirigió a músicos adolescentes que ya tocaban algún instrumento; Abreu los aupó a trabajar juntos para formar una orquesta. La naturaleza idealista y semipolítica de este proyecto, y su posterior impacto internacional, han dado lugar a una visión cada vez más objetada acerca de sus orígenes y desarrollo. Es difícil reconstruir los primeros años de El Sistema porque muchos de los registros del movimiento lo han descrito con admiración incalificable, con títulos tales como Venezuela sembrada de orquestas, por Chefi Borzacchini o el más reciente Cambiando vidas: Gustavo Dudamel, El Sistema y el poder transformador de la música, por Tricia Tunstall.

Estos recuentos han sido tan positivos que sorprende un poco que ahora haya versiones contrastantes que apuntan a actuar a manera de correctivo. Sin embargo, es lamentable que el libro de Geoffrey Baker, El Sistema: Orquestando la juventud de Venezuela, no intente un juicio ponderado o matizado. En su lugar, Baker trata de compensar el desequilibrio al ofrecer una crítica completamente desfavorable, donde cuestiona los motivos y los métodos de Abreu y todo su sistema, en particular “la idea de la orquesta como una herramienta poderosa para la inclusión social”. Tiene un tono acusador, y en el fondo poco convincente, pero plantea algunos aspectos importantes.

Por lo que puede descubrirse de los orígenes de El Sistema, está claro que no era en sus comienzos el proyecto social y educativo de gran alcance en el que se convirtió. Antes bien, se enfocaba fuertemente en la formación orquestal. Baker describe a Abreu como un “director, tecladista, profesor de música, economista, político, hombre de letras”. Nacido en 1939, en Valera, Venezuela, sus abuelos eran inmigrantes italianos y ambos profundamente musicales. Su abuelo fundó en Trujillo, donde se radicó, una banda que existe hasta la fecha, y su abuela era una músico consumada que se sabía de memoria las óperas de Verdi. Abreu rememora que de niño se quedó una temporada donde sus abuelos maternos y luego regresó a su  hogar con la firme determinación de estudiar música, una decisión que apoyaron sus padres, quienes eran músicos aficionados.

En 1957, se mudó a Caracas para estudiar teclado y composición en el conservatorio. Allí también estudió Economía en la Universidad Católica Andrés Bello, y consiguió su primer cargo en la política en el Ministerio de Relaciones Exteriores, en la división de política económica. Tras su graduación, fue electo al Congreso venezolano, donde se mantuvo activo durante la década de 1960. Siguió trabajando para el gobierno hasta 1973, cuando una cirugía lo obligó a pasar un año de convalecencia. La música formó parte de su vida había aparecido como director invitado y ofrecía recitales periódicamente y durante su año de reposo, de visita en Estados Unidos, observó los métodos estadounidenses de práctica orquestal y educación musical, lo que pareció ejercer una influencia decisiva al sugerir el potencial de su país natal.
De regreso a Venezuela en 1974, Abreu sintió que tenía la oportunidad de utilizar su conocimiento y experiencia para ayudar a los músicos venezolanos. Según él mismo cuenta, a mediados de la década de 1970,  no estaba satisfecho con las oportunidades que ofrecían las dos orquestas sinfónicas del país conformadas principalmente por europeos y norteamericanos para dar trabajo a jóvenes músicos venezolanos. Para abordar este problema, decidió fundar una orquesta juvenil. Esta agrupación tendría sus legendarios orígenes en un ensayo para 11 adolescentes que conocieron a Abreu en un garaje subterráneo en Caracas, el 12 de febrero de 1975. Se dice que el grupo creció a 25 integrantes en el siguiente ensayo, y luego a 46, hasta alcanzar 75 músicos a la vuelta de un mes.

Tunstall, en Cambiando vidas, escribe que este primer grupo no tenía presupuesto ni afiliación institucional, pero que los jóvenes de las escuelas locales de música se sintieron llamados a formar parte por ser una agrupación juvenil que era “una orquesta de puros venezolanos en una cultura donde los miembros de orquestas, casi por definición, no eran venezolanos”. Baker, en su libro, pone en entredicho aspectos de esta versión y apunta que el trabajo de Abreu no fue un hecho aislado. Escribe que “había otros proyectos de orquestas juveniles en ese momento, en particular la Orquestra Experimental de la Orquesta Sinfónica de Venezuela… También existían orquestas juveniles en Carora y Trujillo”. Esto es verdad, pero fue el proyecto de Abreu, con su dirección intensa y perseverancia, lo que atrajo la atención en general.

Abreu mantuvo visible su incursión con interpretaciones constantes en público que a la larga captaron la atención de figuras prominentes en el mundo musical, así como de funcionarios gubernamentales. No había pasado un año de su fundación cuando Abreu llevó la entonces Orquesta Nacional Juvenil de Venezuela al Festival Internacional de Orquestas Juveniles en Aberdeen, Escocia los primeros representantes de Suramérica donde fue un éxito instantáneo. Varios de sus integrantes fueron escogidos como miembros de una orquesta combinada del festival que se presentaron en Londres, incluido su concertino Frank Di Polo, quien fuera uno de los pocos músicos nativos en la profesional Orquesta Sinfónica de Venezuela. Él pasó a ser uno de los primeros aliados de Abreu.

Tunstall cuenta que fue debido a este éxito que se recibieron ofertas de apoyo financiero por parte del gobierno venezolano, que percibió al grupo como una forma de promocionar la cultura venezolana en el exterior. Abreu aceptó la oferta de financiamiento y utilizó el dinero para abrir los primeros núcleos de El Sistema. No obstante, Baker sugiere que esta primera orquesta juvenil en 1976 tuvo éxito solo porque Abreu “tomó a los músicos de las escuelas existentes de música… seducidos [típica insinuación de Baker] por la promesa de dinero, giras, publicidad y, sobre todo, éxito rápido”. Cita para sustentar esto a un “músico más viejo” que recordaba que Abreu había asegurado para ese momento dinero de una institución financiada en última instancia por el Ministerio de Educación Superior, como si esto fuera en cierta forma una actividad sospechosa.

El mismo Abreu, citado por Tunstall, fue claro y franco en su llamado al entonces Presidente Carlos Andrés Pérez: “Le dije que necesitaba que el Estado asumiera la responsabilidad financiera de la orquesta como para considerarla un proyecto estatal. Lo que es más importante, le dije que necesitaba el apoyo, no ya como un proyecto artístico, sino como un programa de desarrollo juvenil a través de la música. En ese momento había un Ministerio de la Juventud, y sabía que era el lugar ideal para nosotros”.

Durante 30 años, Abreu recibió el respaldo de los sucesivos gobiernos socialdemócratas de Venezuela, y fue en gran parte debido a sus relaciones con estos gobiernos que floreció el movimiento. Según Baker, el compositor René Rojas dijo en referencia a  Abreu que “cuando hay cambios de gobierno o de gabinete, lo primero que hace es ofrecer un concierto a las nuevas figuras dirigentes”. (No sería el primer artista en la historia que lo hiciera en busca de padrinazgo). Cuando Hugo Chávez ascendió al poder en 1999, Abreu obtuvo su respaldo al enfatizar que El Sistema era un proyecto social que debería apelar al régimen socialista de Chávez. Todo esto lo presenta Baker como si tuviera un tufillo de corrupción. Sin embargo, estaba en completa consonancia con los esfuerzos de Abreu por sostener la visión básica de El  Sistema.

No es de sorprender que hubiera oposición a los nuevos métodos que Abreu predicaba por parte de las instituciones convencionales de educación musical y formación orquestal, especialmente debido al alto nivel de respaldo financiero que se le brindaba. Abreu pudo desarrollar el movimiento tan rápido como lo hizo porque el sistema educativo venezolano les dejaba a los jóvenes tiempo libre en las tardes que podía pasarse en los núcleos.

En la formación de nuevos líderes, creó un modelo de desarrollo orquestal que podía copiarse. Tenía la ventaja de fomentar el aprendizaje en grupos, en contraste con el modelo de práctica solitaria de una sola clase de los conservatorios. El violinista inglés Marshall Mar cus, quien llegó a Caracas en 1979 como concertino de una nueva orquesta venezolana no vinculada con El Sistema, ha narrado cómo después de unas cuantas semanas, Abreu le pidió que enseñara y preparara a jóvenes de entre 14 y 18 años en lo que denominaba El Juvenil. Baker da a entender que los estudiantes provenían mayoritariamente de familias acomodadas, una sugerencia que Marcus refuta con vehemencia: “[Eran] de contextos muy diferentes… Estos no son niños modositos clase media”.

Si bien Abreu ha sido elogiado por identificar y desarrollar el talento, también se le ha criticado por dejar de lado a los menos talentosos. Marcus opina que la competitividad intensa pero muy positiva que presenció en el proceso de selección para la Orquesta Nacional de Niños una orquesta nacional en la que pueden hacer audiciones los estudiantes de todos los núcleos refuerza el compromiso de los músicos. Añade que estas orquestas nacionales eran más bien la excepción, y muchos estudiantes no hacían audiciones para ellas; él piensa que los que permanecían en los núcleos sacaban mucho provecho de la experiencia.

Baker utiliza estas vivencias para dar a entender que Abreu es implacable. En 1999, Abreu reemplazó a uno de sus colegas más antiguos, Gustavo Medina, como director de la Orquesta Nacional de Niños, una medida que fue bastante polémica y que llevó a Medina a criticarla públicamente. Sin embargo, el substituto fue el carismático y talentoso Gustavo Dudamel, uno de los productos más exitosos de El Sistema, ahora director musical de la Filarmónica de Los Ángeles, y principal defensor de la educación musical para todos. Difícilmente se pueda argüir que Abreu escogió erróneamente.
El pico de la excelente actividad artística e internacionalmente visible de El Sistema ha sido la creación de las orquestas  Simón Bolívar. Los adolescentes que formaran la Orquesta Juvenil Simón Bolívar original se convertirían en los maestros y preparadores de una segunda orquesta que pasó a constituir la base de la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar, ampliamente conocida en la actualidad. Bajo la dirección de Dudamel, esta es la orquesta que ha hecho famoso a El Sistema en todo el mundo. La que fuera una orquesta juvenil ha conservado a muchos de los músicos y se ha convertido en una agrupación profesional a carta cabal con una agenda de giras y presentaciones que rivaliza con otras, amén de aparecer en los principales festivales de música y producir videos y CD que se venden al igual que los de las grandes orquestas del mundo. Cómo  se distingue esa orquesta de otras y se desarrolle en el futuro es una gran pregunta estratégica para El Sistema que Baker no considera lo suficientemente profunda.

Abreu enfatiza siempre que el éxito internacional de la orquesta fue parte de la extensa actividad en Venezuela. “Desde el principio, percibí a las orquestas como la expresión más hermosa de un país unido”.

Vi una Venezuela vibrante, llena de voluntad y energía para alcanzar lo que quisiera”. Con los cambios de régimen, se metía en el ánimo político prevaleciente, y la retórica del movimiento se desplazó de la música alentadora como beneficio en sí misma a una proclamación del bien social que había hecho. En un artículo de 2012, la erudita italiana María Majno describe cómo El Sistema se convirtió en una “oferta alternativa que podía ser más atractiva que las bandas (de delincuentes), el tráfico de drogas y la violencia”.

Con la extensión del programa hacia la generación más joven, ahora hay (según el sitio web de El Sistema) niños participantes que se inician desde muy temprana edad, incluso desde los dos o tres años, y prosiguen hasta la adolescencia. Comenzando con los conceptos más básicos del ritmo, luego avanzan hacia el trabajo coral y sea la flauta dulce o la percusión a los cinco años, y a los siete ya pueden escoger su primer instrumento de cuerda o de viento, que El Sistema suele proporcionar. El programa pone mucho hincapié en el desempeño de la agrupación: los músicos más jóvenes adquieren destrezas técnicas con los estudiantes mayores y de más experiencia, mientras que los estudiantes mayores también imparten talleres donde participan los más jóvenes. Cada vez más, a medida que se expande el proyecto, hay grupos especializados: orquestas de niños con necesidades especiales, ensambles juveniles, grupos corales.

La cercanía de Abreu a los sucesivos gobiernos en Venezuela se convirtió en un tema prominente en 2013, con su rápido cambio de lealtad de Chávez a la nueva administración de Nicolás Maduro, quien prometió seguir apoyando a El Sistema.

Algunos alegan que los ideales del movimiento se han comprometido con su apoyo al gobierno de Maduro en un momento de gran agitación política, causada en parte por el colapso en los precios del petróleo, que representa 95% de las exportaciones del país. Los músicos, particularmente la pianista Gabriela Montero, han criticado a los líderes de El Sistema por no asumir una postura independiente del gobierno. Recientemente, la violencia ha perturbado el programa de El Sistema; ha trascendido que dos de sus estudiantes adolescentes fueron asesinados, uno murió en un robo y el otro quedó atrapado en medio de una balacera. De hecho, este es un momento crítico para el futuro de El Sistema, particularmente en vista de la precaria salud de Abreu.

Baker alega haber comenzado su estudio desde una postura positiva. Es académico en Londres que estudió música en Suramérica: remonta su implicación en el tema a los Proms de la BBC en agosto de 2007, evento que llevó a la Orquesta Juvenil Simón Bolívar a Londres por primera vez. Describe el concierto como “electrizante” y manifiesta que lo dejó “tonificado”. Ya que ese concierto tuvo lugar cuando yo era director de los Proms de la BBC, difícilmente pueda proclamarme como un espectador desinteresado, aunque pienso que vale la pena indagar qué hubo de excepcional en ese evento que llevó a un crítico citado por Baker a preguntar: “¿Fue este el Prom más grande de todos los tiempos?”. Porque Baker en ninguna parte trata de abordar el verdadero carácter musical del fenómeno acerca del cual escribe. En toda la interpretación de la orquesta esa noche hubo una pasión física, una sobrecogedora profundidad de compromiso y energía, que inmediatamente la marcó como excepcional. Esto quedó demostrado no solo en la música de Leonard Bernstein y de compositores sudamericanos ejecutada en la segunda mitad del programa, sino también en la contundente versión que quitaba el aliento de la Décima Sinfonía de Shostakovich en la primera mitad, bajo la conducción incisiva de Dudamel.

Cuando alcanzaron las varias encores que siguen siendo accesibles en YouTube, descritas como “de vértigo” por Alex Ross de The New Yorker, se pusieron las chaquetas con los colores nacionales de Venezuela y la coreografía (sin duda bien practicada) de sus movimientos y danza extrovertida ejercieron un efecto electrizante en toda la audiencia. Evidentemente, se trataba de un tipo diferente de agrupación que parecía representar una idea jovial de cómo podía reinventarse la orquesta.

Durante el Festival de Salzburgo de 2013, que ofreció una extensa presentación de los grupos de El Sistema (desarrollada con una presentación de varias orquestas de El Sistema en La Scala de Milán en agosto y septiembre, bajo la dirección de Dudamel y otros), el pianista Alfred Brendel asistió a una ejecución de la Primera Sinfonía de Mahler por los músicos de nueve a 13 años de edad de la Orquesta Nacional Infantil de Venezuela, bajo la dirección de Simon Rattle. La describe como “una de las interpretaciones más impresionantes que he presenciado en Salzburgo en medio siglo… desde mi escepticismo, miro el milagro venezolano con asombro… ¿Acaso el poder de la música ha generado un provecho social tan exhaustivo?”.

El júbilo que sintió Baker en 2007 evidentemente no duró; su investigación lo ha llevado a desconfiar profundamente de los procesos que ha creado El Sistema. Ocasionalmente habla de la boca para afuera con el hecho de que “los logros de El Sistema son impresionantes… Ha dado trabajo a muchos músicos y abierto la música clásica a mucha más gente”, pero hay que esperar hasta la página 308 para llegar a este breve reconocimiento. Baker viajó a Venezuela para escribir su libro y habló con mucha gente que había participado en el programa; pero  es desconcertante que, como lo admite, no intentara hablar con Abreu en ningún momento durante su investigación; a menudo se basa en los comentarios de críticos anónimos que aparentemente preferían no identificarse. Incluso los comentarios citados de Abreu con frecuencia son de segunda mano y no sacados de sus propias declaraciones. Se trata de una metodología dudosa: podrían formularse  preguntas significativas acerca de El Sistema, pero son empañadas y comprometidas porque Baker no toma en cuenta ningún método riguroso para presentar su investigación.

La verdadera experiencia que tiene Baker acerca de la labor de El Sistema en Caracas parece haberse limitado a un solo día de las actividades de la organización. Sus encuentros con otros núcleos son tan inespecíficos que inventa una ciudad de ficción, “Veracruz”, como la fuente de su información para “propiciar el anonimato de los informantes de la investigación”. Esto crea un patrón lamentable de insinuaciones sin fuentes en todo el libro.

Algunos aspectos significativos de El Sistema se beneficiarían de mayor investigación. La evaluación de su impacto posiblemente haya sido limitada por las normas europeas y norteamericanas, por lo que debería asumirse de manera más rigurosa. Un aspecto cuestionable del enfoque venezolano es el punto hasta el cual su repertorio musical está enraizado en la tradición clásica occidental. Cuando Abreu habla acerca de su propio entusiasmo musical, comienza con Bach, Vivaldi, Mozart, Ravel, Debussy, Wagner y Bruckner. Solo después se refiere a la música folklórica venezolana y latinoamericana, y a las obras contemporáneas. Esto proporciona el basamento para el trabajo conjunto en que se desarrolla el concepto que tiene Abreu de la orquesta. La conclusión tranquilizadora de que los jóvenes aún pueden sentirse atraídos hacia Beethoven puede tomarse como una convalidación de acogida de los valores tradicionales de la vida cultural de Occidente, y sin lugar a dudas ha contribuido así a obtener la aceptación internacional del movimiento.

Baker cuestiona lo que denomina “las suposiciones culturales ortodoxas y consagradas como la universalidad de la música artística europea y su efecto civilizador en las masas”. Sin embargo, el objetivo debe ser más preciso. Baker no aclara si es la música en sí, las instituciones que la promueven o solo la forma en que se aprende lo que halla cuestionable. Los principios pedagógicos de El Sistema expresan claramente las virtudes de la disciplina y de la agrupación, al repetir material y mantenerse fiel a la partitura y a las notas escritas en procura de la perfección. Para Abreu, y por ende, para sus seguidores, esa férrea disciplina y preparación intensa de los jóvenes músicos es un ejercicio productivo y admirable. Para sus adversarios, puede parecer opresivo y controlador. Baker, por ejemplo, alega que “el proceso de aprendizaje de El Sistema…coloca en primer plano ciertos valores estéticos y sociales, tales como la uniformidad, la jerarquía y la obediencia, mientras que le resta importancia a otros…, tales como la creatividad, la libertad, la exploración y el juego”. Sin embargo, esa visión ciertamente no se compagina cuando uno se topa con lo mejor de sus interpretaciones lúdicas y exploratorias.

Paulatinamente, en las últimas décadas, otras prioridades, aparte del apego riguroso a una partitura, emergen en la ejecución musical de los jóvenes: la creación, la improvisación, el empleo de fuentes no clásicas y el quebrantamiento de barreras entre la música clásica y otros géneros se reflejan todos ellos en los contextos y disciplinas cada vez más mixtos de donde surgen estos músicos. La opinión de Baker es que El Sistema “es, en su forma original, un programa conservador y hasta regresivo”. Si él fuera a desarrollar ideas acerca de que la práctica orquestal sugiere la necesidad de que los músicos participen de la composición y la improvisación, así como de la enseñanza y  la ejecución, esa podría ser una reflexión fructífera en los métodos de El Sistema. En su lugar, Baker socava un tanto su caso al tratar de demoler toda la estructura de la ejecución orquestal al remontarse a Lully en el siglo XVII. Para él, ser un músico en una orquesta es simplemente que otro le diga a uno lo que hay que hacer, y eso es inaceptable.

Para este argumento, Baker apela a fuentes tan dudosas como la biografía barata de Blair Tindall, Mozart en la selva: Sexo, drogas y música clásica(2005) a fin de criticar las estructuras dominantes de la vida orquestal. La naturaleza esencialmente colaboradora de tanta composición musical de orquesta es algo que no logra, o que no quiere, reconocer. La idea de la asociación voluntaria subyace a la formación de muchas orquestas en el siglo XIX, como el mismo Baker menciona, y es una cruda tergiversación manifestar categóricamente que “la esencia de una orquesta es obedecer, no acordar”. Solo a través del acuerdo musical se realizan las mejores interpretaciones  como lo atestiguará cualquiera que haya presenciado ejecuciones musicales donde hay falta de acuerdo.

Las orquestas han estado reformulando sus prácticas y procesos, satisfaciendo las necesidades y aspiraciones de los músicos de nuevas maneras, tales como, principalmente, involucrándolos en la toma de decisiones, la retroalimentación artística y el trabajo educativo con jóvenes que cada agrupación adopta ahora como parte central de su misión. Efectivamente, la orquesta es un organismo venerable, un hecho que Baker continuamente parece resentir, y ha estado sujeta a grandes desafíos económicos conforme cambian los patrones de educación artística, asistencia del público y el consumo cultural. No obstante, la institución ha demostrado ser extraordinariamente elástica y flexible.

Lamentable sería que la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar y los productos de El Sistema, en su búsqueda de la excelencia y el impacto, pasaran a formar parte de un establishment incondicional. Este es un aspecto que confronta en algún momento cualquier movimiento revolucionario artístico exitoso: formadas en férrea oposición a la corriente dominante, tales empresas gradualmente pasan a formar parte de esta, como ha pasado, por ejemplo, con el minimalismo musical o el movimiento musical temprano. La adhesión creciente del repertorio centroeuropeo a gran escala frente a la exclusión de su música nativa, y la adopción reciente de la costumbre de vestir de frac y corbata para las giras de Wagner y Tchaikovsky en las principales salas de concierto de Europa sugieren un convencionalismo que no concuerda con el espíritu en el que fue concebido El Sistema.

Lo que sí ha fomentado El Sistema es un amplio debate, más allá de Venezuela, sobre la educación musical y la participación en las artes, sus metas y sus recompensas. (En www.sistemaglobal.com se halla un examen exhaustivo de la bibliografía). Ha renovado en muchísima gente el amor por la música y ha involucrado en la composición y ejecución musical a cientos de miles que de otra forma no habrían tenido esa oportunidad. Por todo ello, se merece una investigación mejor y más sutil que el libro tendencioso de Baker. Con todo, su trabajo inadecuado constituye un aporte a ese debate que merece atención.

El caso de fomentar y apoyar la creatividad como elemento fundamental en la educación, y así formar a ciudadanos más comprometidos y responsables, es abrumador, incontestable y elemental. Como lo señala la novelista Jeanette Winterson, en su artículo en el diario londinense The Guardian en febrero pasado: “Todo niño que nace desea pintar un cuadro, bailar, cantar, escuchar un cuento, construir un reino a partir de ollas y cacerolas”. Al perseguir resueltamente el objetivo de desentrañar la creatividad musical en los jóvenes, El Sistema, con todo y los defectos que pueda tener, no ha estado equivocado: ha mejorado el mundo.