Vía: www.lanacion.com.ar/ Por Pablo Gianera | LA NACION

Ya celebramos el centenario de la voz de Frank Sinatra, quizá no tanto los 150 años de las invenciones sinfónicas de Jean Sibelius, pero, por lo menos en el plano musical, creo que no nos ocupamos lo suficiente del siglo de las manos del pianista Sviatoslav Richter. Hay que acordarse pronto, ahora que los días del año corren rápidos como la última arena en el cuello del reloj.

De la irreprochable lista de pianistas preferidos que Julio Cortázar hace en Un tal Lucas (“larga es la lista como largo el teclado”, dice Cortázar, aunque no llega a los 88 nombres) siento tan cerca como él a Margarita Fernández y Dinu Lipatti. Pero falta Richter. Además de los divinos Fernández y Lipatti, mi propia lista, nada original, debería incluir a Wilhelm Kempff y Claudio Arrau, Glenn Gould y el otro rumano, Radu Lupu, András Schiff y Pierre-Laurent Aimard. Y Richter. Es de él de quien hay que acordarse ahora.

A propósito de recuerdos, la memoria de Richter era prodigiosa. Recordaba todo y, a los 80 años, estaba harto de recordar. Habría querido que envejecer fuera olvidar y perdonar. Tocó siempre de memoria. Hasta que un día tuvo una laguna y ya no volvió a sentarse al piano sin la partitura a la vista. De otras cosas tuvo en cambio recuerdos muy vívidos hasta el final de su vida.

Si se era músico en la Unión Soviética no resultaba fácil sustraerse de la política, aunque, como era el caso de Richter, no se tuviera el menor interés en ella. El 5 de marzo de 1953, cuando murió Stalin, el régimen solicitó sus servicios musicales. Richter estaba en Tbilisi, Georgia, y recibió un telegrama que le ordenaba tomar el primer avión a Moscú. No había aviones disponibles y el clima impedía además cualquier despegue. Por fin, lo subieron a él solo a un avión que no transportaba nada más que cantidades de coronas fúnebres. Aparte del perfume de velorio de la cabina, Richter guardó también un recuerdo musical no menos desagradable: el modo violento en el que, más tarde, la marcha fúnebre de Chopin tocada por una banda militar interrumpió el desarrollo del tema en el primer movimiento de la Sinfonía “Patética” de Tchaikovski.

A Richter le gustaba el cine, pero no la cámara. Tampoco los estudios de grabación. Por eso grabó poquísimo en estudio y la mayoría de sus registros discográficos (magistrales como esa versión de Cuadros de una exposición de Mussorgski que tocó en Sofía en 1958) son tomas defectuosas de concierto, llenas de toses y ruido ambiente, tentativas para ese concierto ideal que nunca consumó: tocar lo que se le diera la gana en el momento sin avisar al público.

Pero Richter era antes que nada un artista del silencio. Como dijo Daniel Barenboim, otro pianista de mi listado ideal, “el silencio puede ser más poderoso que el máximo volumen”. Nadie llegó más lejos que Richter en eso que Barenboim pidió muchas veces y que él mismo hizo muchas otras: sostener un silencio hasta que ese silencio se vuelva intolerable y aun así seguir sosteniéndolo. Más que preparar con sonido la irrupción del silencio, Richter cargaba del mayor sentido posible el sonido que sobrevenía después el silencio. Decía que Heinrich Neuhaus, su maestro, le había enseñado a hacer que se oigan los silencios.

En tiempos muy anteriores a YouTube y Spotify, busqué sin tregua su grabación de la Sonata en si bemol de Schubert. Encontré por fin una de las varias que hizo, de 1960. Nunca fue más prolongado y conmovedor el silencio que sobreviene después de los trinos en el primer movimiento del testamento schubertiano. Se escucha como un auténtico salto al vacío. Esa misma sonata usa Bruno Monsaingeon para abrir y cerrar The Enigma, su documental sobre Richter. Con parte de los testimonios de la película, Monsaingeon hizo también un libro, Notebooks and Conversations, cuya parte más interesante es la primera del título, es decir, no las conversaciones, sino los apuntes: anotaciones y comentarios marginales que el pianista fue dejando acerca de grabaciones y conciertos propios y ajenos.

En la película, el pianista, ya viejo, con l a cara de ángulos menos constructivistas que en la juventud, habla de sí mismo. La insatisfacción es la misma de siempre. “Me pareció un buen concierto, pero al escucharlo… En general las cosas son desagradables. Hablo de la vida en general, no de la música. Todo lo que distrae… No me gusto. Nada más.” Esa imagen del titán, del Goliat del piano del siglo XX vencido pero entero es tan difícil de olvidar como sus silencios.