Por Andrés Montes | laopiniondemalaga.es

La mezcla y la movilidad forman parte de la vida de Calixto Bieito desde su mismo origen. Hijo de padre gallego y madre sevillana, nacido en Miranda de Ebro, Burgos, en 1963, recriado desde los quince años en Cataluña, se mueve con la facilidad propia de alguien con vínculos de pertenencia muy livianos. Este director de escena de marcada tendencia a agitar el patio de butacas, con una capacidad constante para darle la vuelta a los clásicos que ha llevado a algunos de sus críticos a identificarlo como una franquicia de la provocación, vive fuera de España desde hace más de quince años. Ahora es artista residente en la ciudad suiza de Basilea, y habita, con su mujer y sus dos hijos, una casa desde la que ve el Rin los escasos días del año que no está trabajando en otro lugar. Pero la lejanía y el mundo no han conseguido borrar la marca genética, visible también en la cabeza desnuda y rotunda, a la que alude de forma reiterada, que le imprime «una melancolía de vaca gallega». Tampoco los cinco idiomas en los que se maneja ocultan del todo un tono galaico que a veces se le escapa, aunque él lo atribuye al uso continuado del inglés. Su visión de España en la distancia le hace ser pudoroso al opinar sobre el momento actual, lo que no le impide ensayar una explicación sobre la procedencia de nuestros males: «Hemos tenido un Romaticismo muy corto». El fin de semana pasado fue para Calixto Bieito un viaje de ida y vuelta entre Oslo, donde trabaja en el montaje de una obra de August Strindberg, y Oviedo, para recoger el premio lírico «Teatro Campoamor» a la mejor dirección de escena de 2013 por Pepita Jiménez, la ópera de Albéniz basada en la obra de Juan Valera.

Calixto Bieito

Calixto Bieito

Con tanta movilidad, ¿no acaba por tener sensación de estar en una burbuja, de que nunca toma tierra?
Ahora tengo un casa en Basilea, donde soy artista residente. Me quedan tres años, y luego ya veremos dónde voy a parar. Es un buen sitio para vivir, para mis dos hijos, a los que trato de dar una buena educación y ofrecerles toda la cultura posible, porque ricos no van a ser. Basilea tiene la feria de arte contemporáneo más importante del mundo. Estoy en el centro de Europa. El mismo tranvía me lleva a Alemania, a Francia, y tengo cerca un aeropuerto que me comunica bien con todos los países en los que trabajo.

¿Todo eso desborda las expectativas que tenía en sus comienzos?
No recuerdo bien mis expectativas, pero esto sí que me desborda. A veces digo que la vida me da más de lo que esperaba, pero también tengo mis momentos bajos, aunque no obedecen a cuestiones profesionales, en los que me asalta una melancolía de vaca gallega.

¿Considera que ha llegado ya a un estadio difícil de superar en lo profesional?
No tanto. Soy muy curioso, me gusta hacer cosas muy diferentes. Hago ópera y teatro, pero también escenografía e iluminación, ahora he empezado a trabajar en instalaciones. Leo muchísimo. Me gusta escribir, sólo para mí. Eso me da un cierta paz.

El suyo parece un trabajo muy absorbente e intenso, difícil de compatibilizar con otras actividades…
Sí, es difícil de compatibilizar, porque, además, soy una persona muy emocional. Lo mío es un trabajo en el sentido más positivo, es una actividad que me permite expresarme y, algo muy importante, me da una libertad que uno no tiene cuando vive de otra manera, yo disfruto cuando me muevo en ese espacio de creación compartido con otras personas que es el escenario. Para mí cada nuevo proyecto no es empezar de cero, pero sí una aventura. Viajo mucho, no sólo por Europa, también por Estados Unidos, por Sudamérica, por Asia. Esto te alimenta mucho. Yo no trabajo sólo a partir de la ópera o el teatro, me aprovecho también de otras artes, de la literatura, de la fotografía y el cine. Encuentro inspiración en otras disciplinas.

¿Existe un estilo Calixto Bieito o su estilo consiste en que el espectador sabe que va a encontrarse con algo imprevisible?
No sabría decirlo. Con los años uno tiene capacidad de ver las cosas de una forma global o más abstracta. Ésa es una de las ventajas de hacerse mayor, un proceso que tiene muchas desventajas que no hace falta explicar. Lo que busco es una cierta autenticidad en lo que hago. Lo del estilo puede que buscas una repetición de lo que estás haciendo. Mis espectáculos cambian mucho, hago cosas muy diferentes, aunque, aquí, en España, se ven de una manera muy reducida. Trato de ser leal conmigo mismo y crear algo de verdad en el escenario.

De forma más agradable o desagradable, según quien juzgue, pero usted suele sorprender, su trabajo no deja indiferente…
Algo muy importante para un director, para alguien que trabaja en las artes escénicas, es conseguir que, aunque se trate del montaje de una obra de siempre, el público tenga la sensación de asistir a un estreno, que no presencia la repetición de algo que ya ha visto. Este gusto por lo ya visto antes es más característico del sur de Europa que del norte, propio de un tipo de público que se irá acabando con los años. Las nuevas generaciones de espectadores tienen más curiosidad. Todo el arte en general es una reinterpretación. Cuando alguien afirma que se limita a hacer lo que está escrito recurre a un argumento con poco peso intelectual. Lo que está escrito no se sabe muchas veces quién lo ha hecho. Shakespeare no puntuaba sus textos, eso ha sido obra de los editores, lo que ya supone una forma de interpretarlo, porque la puntuación puede alterar por completo lo escrito.

Usted no es de los que se casa con el cliente, con el espectador.
Nunca especulo con la reacción del público, y sólo diez minutos antes de salir a saludar pienso en lo que puede pasar. Rechazo proyectos porque no puedo hacer algo en lo que no crea o que la música no me conmueva. No puedo renunciar a lo que quiero hacer. Es una cuestión de carácter, casi genética, como ser calvo. Eso no significa ignorar al resto de las personas con las que trabajo, una ópera funciona bien cuando todos los elementos que intervienen son creativos y aportan algo.

¿Hay un público que tiene un sentido patrimonial de las obras, que las considera suyas y no admite que nadie se las toque?
Hay dos grandes tradiciones, la italiana y la centroeuropea. El público cambia mucho en estos dos circuitos, es muy diferente. Sí es cierto que hay quien quiere ver un Tannhauser de una forma determinada. Igual estoy equivocado, pero ése es un público en vías de desaparición. También existe un perfil de espectadores que valoran la ópera como evento social y no lo asocian con el arte. Esto es más una cosa de finales del siglo XIX y principios del XX, cuando se da un contraste más abierto entre burguesía y vanguardia. Al final, las que han hecho avanzar la ópera han sido las vanguardias. Admiro mucho al director de escena Wieland Wagner, a quien, como es lógico, sólo conozco por sus notas de trabajo. Convirtió las obras de su abuelo Richard Wagner en algo profundamente psicológico, y al mismo tiempo recurrió a la abstracción en el aspecto plástico.

¿Los clásicos lo soportan todo?
Shakespeare aguanta mucho, tiene unas grandes tragaderas y puedes reinterpretarlo con amplitud, de hecho, Verdi lo hacía. Hagas lo que hagas al final es Shakespeare. Comprender el pasado es una parte importante de mi trabajo, entender el contexto en el surge la obra que tengo entre manos. Los grandes compositores ayudan mucho. Las obras de Alban Berg, por ejemplo, tienen una dramaturgia perfecta, el director sólo tiene que poner su paisaje, porque la obra funciona casi sola. Los directores de escena tampoco somos tan importantes, es un trabajo apasionante porque te hace tocar muchas teclas, pero debe valorarse en su justa medida. Hace poco Plácido Domingo decía que se ha terminado la época de los divos, y es cierto, el divo hoy resultaría ridículo en un ensayo.

Sin ser divos, ¿su manera de trabajar ha chocado alguna vez con la resistencia de los intérpretes?
Muy pocas veces. He trabajado sin ningún problema con Roberto Alagna, con Angela Gheorghiu y con Jonas Kaufman, un tenor preparadísimo para la escena, que trabaja con los directores más vanguardistas. Los cantantes también tienen ganas de hacer cosas distintas, y las nuevas generaciones, los jóvenes entre 30 y 40 años, llegan con una gran preparación, y supongo que valoran que yo no les voy a proponer cualquier cosa, creo que me toman en serio en el buen sentido.

¿Por qué ese recurso continuo a una estética contemporánea en sus montajes, ese romper la imagen de época que muchas veces tiene el público?
El espectáculo de Pepita Jiménez es un montaje de época, de una época que yo no viví, pero de la que escuché hablar a mis abuelas o a mis padres, y que respiré en novelas como La tía Tula y la película de Picazo. Dicen que la infancia y la adolescencia son claves en la formación de las personas, y al haber tenido una educación muy estricta mi imaginación siempre ha buscado vías de escape. Fue una educación que me enseñó a pensar por mí mismo, pero con la carga ideológica propia de la escuela católica. También ocurre que a veces veo las cosas de la forma más sencilla. Lo último que hice fue LadyMacbeth de Mtsensk, de Shostakovich, y para mí se trata de una historia de amor, aunque esté cargada de violencia, pero no es el Macbeth de Shakespeare, una historia sobre la maldad. El siglo XX ha sido el siglo más violento de la historia de la humanidad, y eso deja su impronta. Esas intuiciones, esas imágenes que uno tiene son instantáneas, surgen de la conjunción de lo que uno ha visto con la música, con el texto.

España se encuentra ahora en una atonía cultural que sufren de forma especial quienes se dedican a las actividades escénicas. ¿Desde fuera usted lo percibe así?
Los alemanes dicen que lo que se recorta en cultura nunca vuelve a la cultura, y eso se cumple, pero me cuesta no hablar bien de España. A tenor de lo que percibo por los medios, no tengo mucho más que aportar, me da cierto pudor. El error de los sucesivos gobiernos es no haber construido la base sólida de un sistema, de corte liberal o estatal, como se decida, pero que cuando viene una crisis muy fuerte impide que se caiga todo. Una de las catástrofes del país es la de la educación. Rafael Chirbes lo explica mejor que yo, sobre todo en su última novela. La frase de Machado «me duele España» ahora cobra otro sentido. España es un país de mucho talento, pero también hay ideas arraigadas, que vienen de muy atrás, y que se sustancian en el discurso de quienes consideran que la cultura es prescindible. En mi caso, yo no soy ningún emigrado cultural. Emigrante era mi padre. Yo me siento un privilegiado por estar donde estoy.

¿Cómo nos ve desde fuera?

No venía desde las Navidades pasadas. Sé que las cosas no están bien, porque si mi suegra y mi madre compran comida para ayudar a familias de clase media es que algo falla. O que seamos el segundo país de Europa en pobreza infantil. Creo que en España hemos tenido un Romanticismo muy corto, el Romanticismo entendido como momento de modernidad, de exaltación del individuo. Los problemas para otros son distintos. A los noruegos les digo que entienden lo que es tenerlo todo y no ser felices.